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Relatos

proyecto hermano menor Marte

A la orilla de la playa habían estado llegando botellas de cristal de Coca Cola tapadas. Había días que llegaban una, otros días llegaban dos, y ha habido hasta un día en que llegaron cinco, pero la norma general era uno. Como era de esperar, algo que no es coetáneo iba a impactar en los habitantes de la aldea pero pude calmarles rápidamente y pedirles además que no los destruyeran ni los guardaran, que cualquiera que encontraran me los entregaran a mí o a mi esposo. Y obedientemente sin atisbo de maldad fuese uno u otro, siempre nos lo entregaban.

Nuestra casa estaba situada al norte de la aldea, una aldea de pescadores situada a lo que había sido el otra ocasión una de las islas más al sur del Japón. Conforme había ido pasando el tiempo nuestra casa se había ido haciendo más grande apoyado también sin duda por como iba trascendiendo nuestra condición. Una pareja de jóvenes que nunca envejecen y viven para siempre podría parecer designios de dioses y en la aldea nos trataban como tales, pero nosotros no hacíamos milagros más bien ayudábamos en todo como humanos que éramos y nunca tratamos ni usamos esa condición a nuestro favor. Eso si, el secreto del mundo siempre estaba bien guardado y con lo a gusto que estábamos, a pesar de la pérdida de grandes amigos y de otras tantas cosas que han pasado, no queríamos que nada perturbara esa tranquilidad que habíamos estado disfrutando.

Durante siglos todo estaba yendo felizmente hasta el día que llegó la primera botella. Salir de casa y ver a casi toda la aldea reunida en un solo punto me dio muy mal presagio y así fue. Cuando pude abrirme paso entre todas las personas y ver la botella en mano del niño, supe perfectamente que era ella quien lo había enviado. No sé de que manera logré convencerles, quizás que los guardáramos nosotros les tranquilizó bastante. Durante días fue la comidilla de la aldea, pero pasado el tiempo y según iban llegando más, la cosa se tranquilizó.

Una botella de cristal de Coca Cola tapada de origen sin nada dentro, quién lo iba a decir… y como lograría que llegaran hasta aquí era para mi también todo un super misterio. Sabía que contactarían de alguna forma con nosotros, pero no esperaba que fuese por mar y de esa forma.

Todas y cada una de ellas tenían valor, o eso presentí. Todas estaban en la sala trasera guardadas ordenadas de manera que fuese fácil de contar, había nueve filas y cada fila tenía doce menos la última que solo había ocho. Debía de llegar una que fuese la clave, seguro.

Y lo seguro se convirtió en cierto la mañana en que mi esposo entró por la puerta con una en la mano. Yo estaba preparando el desayuno y él, que había despertado pronto, había ido a la playa a pasear. Cuando me la enseñó, pudimos observar a trasluz que dentro había una especie de nota enrollada. Apagué el desayuno y nos pusimos a abrir la botella.

Después de un buen rato logramos sacar el rollo de papel de dentro. Era una carta.

“Queridos Centeno y Ceromi, ¿cómo os va? ¿Habéis disfrutado de vuestro tiempo en la isla?

Sabed que estoy bien y también que ha habido bastante trabajo desde que os marcharais…

Es mentira lo segundo, solo quería haceros sentir mal. Lo cierto es que las hermanas Gen decidieron que debía ser yo quien se encargara de ir erradicando sabios puntualmente hasta lograr hacernos con el último viejo que quedaba. Y lo logré, vaya que si lo logreé, a la quinta.

Como puedes haberte dado cuenta, escribo desde mi forma corpórea, dejé de ser solo un programa un mes antes del cambio de sabio. Ahora soy como tú Ceromi, ya no soy SiRi el servidor sino Sirine, así que no se te olvide dirigirte a mí de esa forma, ¿entendido?

Bueno voy al grano. Imagino que no esperabas que me pusiera en contacto contigo para contarte esto. Algo más gordo os aguarda. Creo ya lo intuyes, creo ya debes saber el motivo de haber enviado todas esas botellas, pero para que no quede una sola duda te diré que la fase dos del proyecto hermano menor se ha completado y que las hermanas Geno necesitan pasar a la fase tres, y para ello tenemos que contar con vosotros.

La alineación sucederá pronto, durante unas horas el portal estará activo y podréis comenzar en el momento que lo crucéis. Pasado eso habrá que esperar veinticuatro meses hasta que se vuelva a producir la alineación. Y en esa alineación debe estar todo conectado o el proyecto no finalizará, y creo saber que intuyes que sucederá si no lo está.

Sin presiones Ceromi, en tus manos queda. Forma un círculo con las botellas y da el salto o quédate en la isla y vive plácidamente con Centeno.”

La carta no podía ser más directa. Centeno la leyó conmigo y claro, no tardó en preguntarme que haríamos. Él sabe de sobra que se trata el proyecto hermano menor, no podía ocultarle esa información eternamente. Por otra parte sabía que una vez dejara de hacer la tarea, la siguiente sería SiRi. Ahora es como yo, y eso me daba un poco de escalofríos a la vez que me alegraba por ella.

Proyecto Hermano Menor Marte es el nombre completo del proyecto, ni más ni menos es un proyecto para limpiar completamente la Tierra del anterior pasado, trasladándolo todo lo que quedó del otro lado a Marte, lo que implica también trasladar todos los instrumentos con los que Gen 38 y 76 se apoyan. En el segundo paso se completa todo el traslado pero solo es eso, un traslado, necesitan que alguien lo conecte manualmente todo. Tendríamos que recorrer un planeta entero como Marte en dos años para conectar todos los sistemas antes que la Tierra y Marte se alineen. Si eso no sucede perderán mucho de su control sobre la protección del planeta y si se completa, se desbloqueará sacar a la humanidad de la era medieval en que se ha estancado durante todos esos siglos.

Le pregunté a Centeno si estaba preparado para llevar a cabo una tarea titánica en un lugar completamente desconocido, y me respondió cogiéndome de las manos con un sí. Entonces todas mis dudas se desvanecieron.

“Prepárate Centeno, si logramos completar este proyecto, algo increíble nos sucederá.”

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la noche de los mil relámpagos

Parte 1, abre los ojos y el libro.

Entonces desperté en mi cama. Mi cómoda cama de matrimonio. Miré a mi izquierda y vi a mi esposa, pero no estaba echada a mi lado, estaba dormida sentada en una silla. Que había pasado para que estuviera de esa manera y no echada conmigo. Me moví lo suficiente por la cama hasta llegar a su lado y cariñosamente la desperté.

– Leri cariño, que haces así dormida.

Cuando logró abrir un poco sus ojos, me miró primeramente como si viera un fantasma y luego parece se dio cuenta que no lo era.

– Minito, ¡por fin despiertas! ¡Que alivio! -Y se abalanzó hacia mí abrazándome, y yo no pude evitar en absoluto sin saber que estaba pasando a abrazarla fuertemente.

– Cuanta efusividad… parece que lleváramos años sin vernos. -La pregunté mientras me abrazaba. Creo estaba llorando.
– Han sido tres días de angustia pero es como si hubieran pasado siglos. -Y me abrazó más fuerte aún.

En ese abrazo fuerte tan cálido y cariñoso, recordé que fui al Reino a consultar un libro a la biblioteca de los sabios… Pero mi esposa se separó de mi y me miró muy de cerca con sus ojos azules y perdí el norte.

– No sabemos que os ha pasado pero eso no importa, lo que importa es que ya has despertado. ¿Qué quieres comamos de desayuno? -Me preguntó con sumo cariño.
– Que tal unos huevos fritos con arroz. -Le encanta, seguro que acepta.
– Me has leído el pensamiento, voy corriendo a la cocina y lo preparo. Tu tomate tu tiempo a quitarte las legañas por favor. -Y me abrazó de nuevo rápidamente y salió corriendo súper alegre de nuestra habitación de matrimonio.

Y allí a solas aún sintiendo el calor de mi esposa, traté de seguir recapitulando. Había ido a leer un libro a la biblioteca de los Sabios, logré tenerlo en mis manos pero luego de eso no recuerdo más. Nada, lo siguiente es aparecer aquí.

Sin encontrar el motivo aparente de por qué había aparecido allí, me levanté de la cama. Miré a la mesilla de la derecha y ahí estaba el libro que había ido a leer. Entonces pegué un bote sin precedentes. ¿Me había traído sin permiso un libro de su biblioteca? Un susto mezclado con miedo empezó a recorrer mi cuerpo. Estaba totalmente prohibido sacar libros y me había traído uno.

En toda la conmoción, no me di cuenta aún estaba vestido de la ropa que llevaba ese día, pero con las manos temblorosas decidí coger el libro y ver si estaba bien o lo había dañado. Si le faltaba una sola página o estaba golpeado, sería mi perdición.

“El extraño caso de la casa Renentes” aún estaba de una pieza, todas las páginas estaban bien. No eran muchas, no llegaban a unas cien, pero es muy antiguo, de unos ochocientos años, y estaba en un estado muy delicado. Todos mis nervios se tranquilizaron al ver que el libro seguía de una pieza. Ya iba a ser algo difícil de explicar la situación como para que el libro hubiera sufrido algún daño. Entonces el olor a arroz hervido entró por la habitación y regresé de mi estado de nerviosismo, pensé era mejor ponerme cómodo y hablarlo tranquilamente con Leri y decidir que hacer.

Parte 2, desmemoria colectiva.

Habíamos llenado nuestras barriguillas de rico arroz con un par de huevos fritos muy ricos. Mi esposa tenía una maña impresionante para salirle siempre rico, el dios de los huevos fritos y el arroz hervido debe estar contento de que mi esposa le de buen uso de su bendición. Siempre le decía eso cuando acabábamos de comer.

– Anda Minito, ya sabes que ese dios no existe. -Me contestaba riendo mientras recogíamos los platos.
– Seguro que sí, un don así debe venir de algún dios o algo, fijo. -La replicaba con una seguridad a prueba de bombas. Entonces ella reía de nuevo.
– Mi bendición es que estés conmigo, lo demás no importan tanto. -Me contestó mientras dejaba los platos y volvía a la mesa. Se sentó a mi derecha.
– Menudo susto entonces os llevasteis todos al vernos venir. -La comenté recapitulando lo que habíamos hablado mientras comíamos.
– Imagínate veros aparecer al pueblo, de noche como personas sin alma, todos caminando y cada uno llegando a su casa a hacer sus quehaceres como si nada de lo que hubiera alrededor os importara. Al menos a ti te dio por dormir, pero otros se pusieron a hacer zanjas…

Yo en ese momento volví a reírme, pero no con las mismas carcajadas de antes.

– Y todo esto después del rato que hubo tantos relámpagos. -La pregunté con la risa más calmada.
– Si, eso fue… impresionante, jamás había visto… eran relámpagos impresionantes pero algunos no venían de arriba, no sé bien como decirlo. Tampoco era algo que pudieras soportar mirando mucho tiempo…
– Debió ser un momento para quedarse petrificada, aunque ahora nos hayamos reído.
– Y tanto que si…

Me levanté y fui de nuevo a la habitación. Cogí el libro y salí al salón comedor con él.

– Ya que le tenemos aquí, aprovechemos para verlo juntos si te parece. -Le fui diciendo mientras me acomodaba a su lado.
– Me parece bien, siempre he querido ver un libro antiguo, me hace mucha ilusión. -Me contestó con los ojos llenos de sinceridad.

Cuando me senté a su lado, pusimos el libro entre medias y empezamos a ojearlo.

– En verdad se ve un libro muy antiguo…
– Tiene por lo menos setecientos años… -Le contesté a mi esposa.

En la primera página aparecía el prologo, parecía del autos, que se prolongaba varias paginas. Luego cuando llegamos al final del prologo había una especie como de dibujo a mano donde aparecía la familia dibujada con estilo casi realista. En el se podía ver a toda la familia Renentes parece ser días antes del suceso. Justo abajo indicaba que fue tres días antes del suceso.

– La familia Renentes tenían una una única hija, Camerina. El resto de personas son gentes del servicio. -Le expliqué a mi esposa.
– ¿Y que les pasó para escribirles un libro así? -Me preguntó.
– Aparecieron todos de un día para otro desmemoriados sin saber quienes eran, y la hija había desaparecido.

Seguimos pasando páginas. Habían empezado los antecedentes y los dimes y diretes de la familia. Existía la sospecha que Camerina era adoptada pero la familia aseguraba que era su hija, a pesar de que nadie había visto nunca a la esposa embarazada.

– Se está centrando todo en la hija, ¿por qué razón?
– ¿Puede que sea la principal sospechosa? -Le pregunté a mi esposa.

Luego hablaban de su historia, era una familia muy adinerada más allá del reino, que les gustaba disfrutar del cambio de sabio. Era tanto así que la hija de ellos iba a leer el pregón ese año.

– ¿Leer la niña el pregón? ¿No siempre corre a cargo del sabio entrante? -Me preguntó mi esposa.
– Es probable la familia tuviera influencia o algo, sigamos leyendo.

Parece según íbamos leyendo, el sabio entrante era conocido de la familia y por eso quiso cederle la oportunidad. Pero según indicaba líneas siguientes ese suceso nunca llegó a pasar ya que la hija no se presentó, con lo que el pregón lo leyó el sabio entrante. En todo el reino se buscó a la hija pero no aparecía por ningún lado.

– La hija desapareció sin dejar rastro, que cosa más rara…
– Bueno, ya sabes como se pone el reino cuando cambian de sabio, se llena de gente que es demasiado. Quizás la raptaron o algo… -Supuse mirando al libro.

Los antecedentes estaban acabado, aseguraban que después de esos días de búsqueda, la hija apareció sin ningún daño aparente.

El siguiente bloque parecía era el último y ocupaba algo menos de la mitad del libro. El título era “la noche de los sucesos”, y según íbamos leyendo, parecía más detallado que los antecedentes. Según podíamos ver, se había echo una reconstrucción de los echos con la colaboración de los trabajadores de la posada donde residían. Según cuentan los testígos, a petición de la hija permanecieron dos días mas en la posada, algo que primeramente los padres no estaban de acuerdo pero al final accedieron. Parece según cuenta el escrito, los padres fueron convencidos bajo el argumento de que nunca habían estado después de que se acabara la feria y la hija pidió a los padres quedarse allí para ver la vida normal después de esos días.

– Es que el reino es otra ciudad después de esos días grandes, ¿a qué si?
– Hay bullicio pero de otra manera. -Le respondí a mi esposa.

El escrito continuaba, parece que esos dos días fueron disfrutados de diferente manera, mientras los padres no entraban a la posada, la hija no salía de ella. La hija había ganado un interés compulsivo por conocer a todos los trabajadores de la posada, llegándose a interesar por un muchacho en concreto.

– Vaya, no me digas que esto se va a transformar en un drama de amores. -Me dijo mi mujer con desaprobación.
– Aún queda libro, veamos que sucede. -Le dije a mi esposa si mostrando interés de que había más interesante por descubrir.

La segunda tarde de que regresaron los padres de visitar el reino, se encontraron a una Camerina dispuestas a pedirles una cosa a sus padres, quería casarse a toda costa con el muchacho que recién había conocido de entre los trabajadores temporeros de la posada.

– Lo sabía, sabía esto acababa en amores y desamores.
– ¿Por qué le daría por algo así? Con un chico recién conoce… -temía darle la razón a mi esposa pero seguimos leyendo.

Según recaba los textos ese muchacho era Jorge Mansés, hijo único de una familia media baja del reino sin mayor aspiración que sobrevivir día a día con lo que vendían del campo. El hijo era bastante conocido por sus travesuras y por haber causado algún problema que otro, pero más allá de eso nada grave. Los padres de Camerina desconcertados y sin dejar de que llegaran a acomodarse dieron un no rotundo a la hija y pasaron de ella.

– Normal, un chico que recién conoces… -Dijo mi esposa.
– ¿Y por qué no? Existe el amor a primera vista, pienso… -Comenté yo.

El libro estaba ya casi concluyendo, así que decidimos llegar hasta el final. Parece que esa misma noche en la habitación, la familia estuvo reunida con el chico incluido sobre el tema, así constataba los trabajadores que aun sin poder pasar a la sala, los escuchaban discutir desde afuera. la discusión duró hasta horas horas incluso molestando al resto de los que se hospedaban allí. Y en una de esas veces, se obró el silencio. No salia ningún sonido de la habitación.

Al día siguiente ya de primer ahora de la mañana, todos salieron de la habitación, pero salían por separado, y sin haber comunicación entre ellos. Las alarmas sonaron cuando el recepcionista del hostal quiso despedirse de ellos y el señor Constantino Renentes aseguró claramente que no conocía nadie así y que solo quería regresar a su casa. Ninguno de los que acompañaban al séquito de la familia Renentes sabia bien quien era, solo quería irse a casa a descansar. Estaban ausentes la hija y Jorge.

– Eso si que es un giro inesperado. -Soltó mi esposa, que si empezó a mostrar mucho interés.
– Ahora si hace honor el libro a su nombre. -Añadí yo.

Después de una ronda de preguntas de los sabios que se personaron allí, admitieron no saber que les podía suceder y que lo mejor que podían hacer era dejarles hacer. Sin haber ninguna objeción por ninguno de los presentes y en vista de que la familia Renentes no se reconocía a ninguno de ellos, les dejaron marchar, no sin ser seguidos de cerca por unos investigadores que los mismos sabios habían elegido.

Llegamos a las ultimas paginas, era una especie de resumen de lo que había pasado con cada uno de ellos. Algunas de las personas del servicio acabaron en monasterios de clausura trabajando, otros fueron a puntos muy dispares y allí se quedaron sentados viendo el horizonte sin mas. Los padres cada uno regresaron a sus respectivos lugares de origen pero fueron a las sendas iglesias de sus pueblos y de allí no querían salir. La familia Renentes estaba totalmente fuera y hacía falta asegurar que ninguno de sus bienes cayeran en malas manos, los sabios en colaboración con el alcalde de la villa de la familia administraron los bienes hasta decidir en años futuros a que dedicarlos. Y el libro acabó concluyendo que ni la hija ni Jorge se les volvió a ver y mucho menos tratando de reclamar la fortuna de los padres. Y entonces cerramos el libro.

– ¿Que sucedió de eso cariño? -Me preguntó mi esposa.
– Pues durante unos cien años los sabios administraron los bienes hasta que decidieron que tres familias de similar renombre se hiciera cargo de sus pertenencias. Parte de ello se donó a las gentes de la villa de los Renentes para que pudieran convertir aquello en un gran parador que a día de hoy perdura.
– Entiendo. Pues vaya… y lo desconcertante del todo es que… se parece mucho a lo que os ha pasado ahora…
– Bien mirado… parece que sí, es como si… ¿como si se hubiera repetido la historia?

En ese momento nos miramos y parece que pensábamos lo mismo, seguramente los de nuestra aldea no serían los únicos que llegaron desmemoriados y que le habría pasado a más gente.

– Que te parece esposa mía, si te preparas y nos vamos al reino. Tenemos que devolverles el libro y contarles lo que nos ha pasado, y quizás podamos saber que ha sucedido de verdad.
– Me parece buena idea. Estoy intrigada, seguro que esa tormenta de relámpagos no era para nada normal.

Y entonces decidimos así mi esposa y yo, ponernos en marcha e ir a visitar a los sabios del reino.

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Camerina Renentes (I)

– Maldita sea, este traje no ayuda nada.

Y allí en la entrada de la boca de metro, aún con la luz del exterior iluminando tenuemente el interior, decidí quitarme el condenado traje emperifollado de ricachón y quedarme en paños menores.

Cuando ya había dispuesto en un solo montón todo lo que me había quitado, lo dejé apartado en un rincón y comencé a caminar en dirección a donde el escurridizo sabio saliente había salido corriendo. Ahora el que estaba en total desventaja era él.

Comencé a avanzar al interior de la estación de Metro sin que la oscuridad impidiera desplazarme sin problemas por allí. Sin ropa que me protegiera, empezaba a sentir frío, uno que quizás llegara a desconcentrarme. Pero no podía permitirme perder la concentración ni tampoco otro error, ahora tenía que jugar al ratón y al gato y no habría tercera oportunidad.

Traté de contactar con SiRi pero nada, era de esperar que entrara en hibernación media y así habrá echo. Con tal de ahorrar batería hacía lo que fuese. Así que debía de apañármelas yo sola. Sólo quedaba la cola y ya sería toda una máquina de dar caza a sabios salientes. Como en dos minutos podría así que no me preocupé y seguí avanzando por los pasillos hasta llegar al andén.

Iba descalza y conseguía evitar cualquier ruido al caminar. Era improbable que estuviera por ahí agazapado con intención de atacarme pero debía ser cauta. Lo más seguro era que había salido corriendo hacia el punto de ascenso al Castillo.

Después de caminar un buen rato sorteando los pasillos, logré dar con el andén de la estación de Opera. Sentí que era el momento de concentrarme y hacer aparecer la cola, y así hice. Apreté un poco los dientes, hice un poco de fuerza y después de un pinchazo de dolor en la rabadilla, la cola ya estaba fuera. Ahora si era una total exterminadora de sabios.

Salté a las vías del tren de aquella estación de Opera, la que tiene total correspondencia con los bajos del Castillo. Todo sabio saliente que vuelve aquí siempre trata de ir a recuperar su viejo instrumento de sabio inmortal y este no sería una excepción.

Caminando a solas por en medio de las vías, me di cuenta que conseguir el silencio total solo era posible si dejaba de caminar. Incluso caminando descalza, se podía escuchar mis pasos. O eso o es que mi percepción se había agudizado al extremo. Sería eso.

No caminaba sin rumbo, iba al lugar que con toda seguridad sería el punto de destino intermedio del plan del sabio escurridizo, la subida oculta. Para lograr que aparezca la subida oculta debía ir a los rieles de toques.

Había un problema, nuestro juego del ratón y el gato nunca acabaría, pues las dos estaciones de alrededor están conectadas entre sí por un triángulo de vías y podría aparecer por cualquiera de los dos sentidos.

No había ya dos opciones para mí, llevaba un buen trecho caminado, iba en sentido horario, así que solo quedaba llegar al lugar y esperar a que apareciera. Si es que no lo había hecho ya.

Llegué a la curva donde estaban los rieles llamados de toques. Se llamaban así pues haciendo toques en un sitio en concreto, se habría justamente encima una obertura por donde se precipitaba una soga que ayudaba a subir. En el momento en que detecta peso automáticamente sube, así que meterme en el hueco y sorprenderle estaba descartado.

Pensé que la única manera de poder saber por dónde aparecería era pegar el oído en las vías del tren y rezar en que el fuese dándole toques con los pies. Él no sabe cómo yo donde exactamente está esa entrada, solo puede saberlo así. Así que me agaché, dejando a mi izquierda por donde había llegado.

Por allí circulaban varias vías de metro, pero solo una de ellas permitía activarlo, así que la incertidumbre aumentaría.

En ese súper silencio no se escuchaba absolutamente nada. Agudicé aun si cabe más mi oído y puse toda mi atención para percibir la más mínima vibración. Incluso llegué a cerrar los ojos para evitar todo tipo de distracción y concentrarme aún más.

Conforme pasaba los minutos más me iba desesperando, pero la idea de acabar con eso y poder salir de allí de una vez me animaba a seguir. Eso y el hecho de que esta sería la última vez iba a hacer un trabajo así. Con la vez anterior y esta ya tengo suficiente.

De la nada una leve clin apareció en la vía del tren, muy leve, pero pude percibirlo. Venía por la derecha. Necesitaba que volviera a sonar para asegurarme que no había sido mi imaginación. Allí no había nadie más, solo nosotros, no había ninguna otra forma de que se pudiera hacer ruido allí. Y no se hizo esperar pues volvió a sonar. Debía ser él, seguro. Esperar a uno nuevo ya sería la confirmación al ciento por ciento.

Esperé un buen rato, pero al final un nuevo clin levemente más fuerte sonó. Confirmado, venia por mi derecha. Había cincuenta por ciento de posibilidades de acertar y acerté.

Me incorporé, y muy muy muy despacio comencé a avanzar. Debía llegar justo a esa parte de la curva donde no alcanzaría la luz de su linterna y donde yo podría darle alcance pegando una buena carrera.

Paso a paso tratando de no hacer ni el más mínimo ruido, alcancé el logar optimo y me escondí.

No necesité mucho más para conformar que era él, percibí un leve destello a lo lejos. La mantenía apagada pensando que yo no lo vería, pero estaba bastante equivocado. Debía de tener cuidado pues era muy astuto y ágil, supo aprovechar bien mi descuido con la falda y eso que tenía todas las de perder, pero esta vez no tendrá tanta suerte.

En el máximo silencio, solo poder ver en la oscuridad marcaría la diferencia. Y yo podía ver claramente en la oscuridad, pero en el ángulo que estaba no podía verle hasta que estuviera debajo del punto de subida. Puse bien el oído, pero ni siquiera podía escuchar sus pasos. No quedaba más remedio que volver a pegar el oído en la vía del metro.

No hizo falta esperar mucho para escuchar los clin de su pie con la vía del metro pero debía esperar a un segundo clin para confirmar que se estaba acercando.

El silencio seguía siendo el factor que gobernaba allí y escuchar los clin metálicos era lo único que hacía ver que allí el tiempo estaba pasando. No podía saber bien cuanto tardo en venir el segundo, pero lo hizo. Allí tumbada en el suelo sabía que si me arrastraba por el suelo haría bastante ruido. Estaba más cerca, el más leve ruido le haría correr o detenerse.

Un nuevo clin más elevado que el anterior, estaba más cerca aún. Miré, pero aún no lo podía verlo. Empecé a pensar cual era el mejor momento para ir hacia por él y lo único que se me ocurría era que debía esperar al momento en que la soga callera del techo, estaría lo suficientemente distraído para poder ir hacia él.

La espera se me hacía eterna, estaba tomándose el dichoso sabio saliente mucho tiempo para llegar al punto exacto. No lograba verle y eso me hacía alterarme algo más. Debía estar cerca pero quizás se estaba tomando muchas precauciones. Miré bien las distancias desde donde estaba hasta donde debía llegar y había cerca de veinte metros. Si corría a toda velocidad lograría estar allí en escasos dos segundos de los aproximadamente seis que le tomaría para desaparecer por el agujero del techo. Cuatro segundos para aniquilarlo tendría.

Ya no debía quedarme mucho más, me levanté, tomé posición de salida, fijé la mirada donde debía llegar. Era el momento en poner toda la concentración en el momento en que pusiera los pies en la soga y empezara a ascender. Sería el disparo de salida.

Mi concentración máxima me hacía ver con suma claridad la aparición de la figura del sabio saliente. Iba con la mirada en el suelo, viendo las vías y dando toques con sus pies calzados. Él no sabía seguramente que estaba a escasos tres pasos de donde debía caer la soga. Seguro le caería en la cabeza.

Tres pasos más el clic que hizo en la vía del tren hizo caer la soga, que fue a caerle de lleno sobre la cabeza. El golpe fue tal que se agacho un poco dolorido. Se toco la cabeza, y en la oscuridad empezó a palpar hasta encontrar donde meter los pies. Entonces se levantó, se agarró bien con las dos manos y puso el pie derecho dentro de la apertura de la soga, se aseguró que estaba bien metido y luego puso el pie izquierdo. Empezó a subir.

Corrí, corrí como nunca, y cuando estaba a una distancia prudente, me abalancé sobre ese sabio que prendía a media altura del techo. Debía tirarle al suelo, inmovilizarlo y eliminarlo.

Me agarré a sus piernas y él que se encontraba bien agarrado a la soga con las manos, no tenía manera de defenderse. Me solté de una mano y le golpeé con toda mi fuerza a las piernas, pero no se desestabilizaba, entonces el soltó una mano y empezó a golpearme para que me soltara. En el intercambio de golpes, seguíamos ascendiendo, a este paso nos terminaría llevado por el estrecho hueco, y yo tenía las de perder. Tirarle y ejecutarlo ya no, ejecutarle allí mismo sí.

Seguía golpeando mi espalda, si hubiera sido la niña melindrosa de costumbre al primer golpe me habría tirado de allí, pero contaba con todas mis facultades de erradicadora de sabios, así que empecé a subir más por su cuerpo y agarrarme con más ímpetu. Aunque el trataba de evitarlo con la mano suelta no pudo conseguir que mis pequeñas piernas le rodearan por la cintura. Apenas le podía abarcar, no soy más que una niña de catorce años, pero contaba con la fuerza de un titán. Veía su cara de miedo y su aliento frente a mí, con la poca maniobra que tenía y con el techo ya tocándonos la cabeza y la cuerda que seguía subiendo, no me quedo más remedio que emplear a fondo mi cola. Solo tenía en mi poder una descarga eléctrica así que en toda la confusión palpé una parte de su cuerpo sin protección, y le solté toda la descarga eléctrica que pude. Su grito de dolor reverberó por toda la vía del tren y luego dejé de ver su mirada de miedo, se había desmallado y empezó a soltarse. Me solté yo también y caí de pie la suelo, el calló boca arriba totalmente inconsciente. Miré arriba y la soga ya había desaparecido.

Cuando percibí que únicamente era yo quien respiraba, empecé a caminar hacia la salida. Tenía la certeza y la seguridad de que el sabio ya no iba a moverse más. Le había dejado frito por dentro con la descarga eléctrica. Lo único que quedaba era que SiRi contactara conmigo.

Caminé un rato y al ver que SiRi no conectaba, recordé que tenía que constatar con la cola su fallecimiento. Me di la vuelta.

Cuando llegué a donde estaba el sabio saliente inerte, miré arriba y el hueco de la soga habían desaparecido. Miré al suelo y vi la expresión inerte del sabio saliente. Me agaché a su lado y le cerré los parpados. Entonces con la punta de la cola toqué el pecho del sabio saliente. Estuve así un largo rato hasta que entró la esperada comunicación.

– Enhorabuena Cero, lo has vuelto a lograr. -Fue lo primero que me dijo SiRi.

Despegué la cola del sabio saliente y comencé a caminar dejándole atrás. Estaba decidida a decirla a SiRi en cualquier momento que esa era ya la última vez. No la contesté.

– Parece que todos tus parámetros están correctos. ¿Has tenido muchos problemas para conseguirlo? -Volvió a decir directamente a mi mente. Yo podía contestarla igual, pero quería que las mismas palabras que quería decirla también salieran por mi boca.

– Si, he tenido algunos. -La conteste mentalmente y hablando.

– ¿Qué es lo que ha pasado? -Me preguntó con autentica preocupación.

– Nada, no contaba con la ropa adecuada para lograrlo y fallé cuando más cerca lo tenía y al final he tenido que liquidarlo de mala manera. -La contesté calmada. Estaba preparándome mentalmente para decirle que no iba a hacer más. Debía decírselo abajo o en cuanto saliera es probable que no podría hablar con ella.

– Entiendo. No te preocupes, la próxima ocasión estaremos mejor preparadas. -Se le ocurrió contestarme secamente. -Ah me dice nueve que saludos. No puede entrar a hablar directamente o gastaríamos más rápido la batería.

– Salúdala de mi parte. Y oye, tengo que decirte algo. -La solté.

– ¿De qué se trata? -Me preguntó secamente.

– He decidido sea esta la última vez que haga este trabajo. En cuanto salga de aquí viviré una vida normal. No más matar a más sabios. -Y logré soltar todo lo que tenía en mente.

– Nadie más puede hacerlo, solo tú cuentas con las herramientas adecuadas. No es aceptable tu decisión. -Me contestó fríamente.

Sin dejar de caminar por las vías del Metro, logré llegar al andén. Debía ir a la máquina expendedora de billetes y esperar a SiRi sacara los tres que necesitaba para salir de allí.

– No expenderé los billetes hasta que me digas que has cambiado de idea. Y si me quedo sin batería posiblemente te quedes encerrada ahí para siempre. -Me contestó con aún más frialdad.

– No me importa, -la contesté, -echo tanto de menos a mi Centeno que no tenerlo conmigo es como estar muerta, así que si me quedo aquí será igual a eso. -Entonces caminé hacia donde había dejado la ropa y comencé lentamente a vestirme.

– Eres muy cabezota Cero. Deja de hacer estas cosas y ve a la máquina expendedora. Anda que ya están allí los billetes. -Me contestó ahora si con otro tono de voz. Era verdad que estaban los billetes pues había oído la máquina funcionar.

– Igualmente no saldré de aquí, ya lo he pensado, no quiero estar en un sitio donde no está él. -La dije con la tristeza que estos días estaba corriendo por dentro de mí.

– Venga sal- me dijo, – igual… puede que llegues a verle de nuevo. -Me detuve un poco de vestirme, pero luego seguí como si nada.

– No digas insensateces SiRi, murió hace cuarenta años. Es imposible esté con vida. -La contesté con mucha ira, no la iba a permitir hablar de ese modo de mi Centeno.

– Te ha estado buscando créeme, él sabe que estas con la familia Renentes, sabe dónde te hospedas. Logró que le admitieran y está trabajando allí. Es más, incluso quizás te hayas cruzado con él. -Me dijo SiRi con toda la tranquilidad del mundo. -Si no confías en mí hazlo en nueve, ella ha sido la que ha obtenido su paradero.

– No puede ser SiRi, te digo está muerto, yo le vi morir. No juegues con mis sentimientos. – La contestaba mental y por medio de mi voz. De rabia empecé a llorar y me detuve de terminar de vestirme.

– Te diré algo que seguramente él nunca te ha llegado a decir. -Me contesto SiRi con tono de madre. – Ambos sois la excepción a la regla de la vida común en el nuevo mundo, solo que el sí muere… su cuerpo quiero decir.

En el silencio roto por mi sollozo, SiRi seguía hablándome en mi cabeza. Debía de darme una buena explicación a esa insensatez que me había dicho o cortaría la comunicación.

– No cortes la comunicación, te diré algo que seguramente él nunca te quiso contar. Aunque su cuerpo fallece, su ousía retorna siempre a una cúpula en concreto y habita allí hasta que un nuevo cuerpo donde habitar le atrae y vuelve a la “vida”. Usualmente algún niño recién formado en el vientre de su madre que transite por allí.

No podía creer lo que me estaba contando, pero pensé fríamente que desde que el mundo se reformuló, cualquier cosa podría ser verdad. Yo soy una de ellas. Debía creer en lo que me dice SiRi, pero si era cierto…

– Entonces si salgo, voy al hostal y le busco, ¿estará allí esperándome? -Solo logré preguntar.

– Si, pero ten en cuenta que no será en aspecto el Centeno que vivió contigo, tendrá otro.

Terminé de vestirme y comencé a ir donde estaba la máquina expendedora de billetes. Las lágrimas aun rondaban por mis ojos y mis mejillas.

– Me autodestruiré si me estas engañado, créeme lo haré. Puedes jugar conmigo, pero no juegues con eso SiRi. -La dije con mucha contundencia estando a pie de la máquina.

– Si me crees puede que te cuente algo más.

– No te creo, necesito verlo con mis propios ojos. -La iba diciendo mientras recogía los billetes del metro de Opera.

– Entiendo. Como si es verdad, cuando nos volvamos a escuchar dentro de unos cien años, te diré todo lo que sé.

– No habrá próxima vez te lo aseguro. Y en cuanto vea a Centeno le voy a poner los puntos sobre las ies. -La dije con los billetes en la mano.

– No te enfades mucho con él Cero. Por cierto, recuerda que antes de salir de la cúpula recoger la cola o provocarás una rotura en la cúpula y se escapará el aire contaminado. -Me dijo con tono de máquina recepcionista.

– Ya gasté toda la electricidad en aniquilar al sabio saliente. -La dije mientras me metía dos de los billetes por entre los tobillos y el calzado.

– Aun así, por favor, la mínima chispa puede causar problemas. -Me dijo ahora con tono de madre protectora. -Me voy a ir de nuevo a dormir antes de que la batería se acabe del todo.

– Adiós SiRi, hasta nunca. -La dije mental y vocalmente. Y entonces se cortó la comunicación. Miré más adelante y pude observar que estaban cerca las escaleras que daban al exterior. Comencé a caminar en esa dirección centrándome en recoger la cola.

Cuando subí las escaleras, mis ojos se adaptaron a la luz del exterior del interior de la cúpula. Entonces pensé en Centeno y en cómo se sentiría al regresar siempre a un sitio así, vivir en un lugar muerto como ese donde las personas avanzaban como si allí no existiera nada. Recordé que no debía estar mucho tiempo allí o el propio aire contaminado me empezaría a afectar ahora que paulatinamente iría recobrando mi cuerpo de jovencita. Fui avanzando de frente con las manos extendidas buscando el bode de la cúpula.

No hizo mucha falta caminar, aquella cúpula era de las más pequeñas pues estaba cerca del castillo de los sabios. Cuando logré palparla, me di la vuelta y me puse el billete de metro que me quedaba en la nuca, apoyé los talones en la cúpula y cuando empecé a sentir el cosquilleo, apoyé rápidamente la nuca en la cúpula con el billete, entonces hice un poco de fuerza y la resistencia se desvaneció yéndome al suelo de espaldas. Aparecí en medio del tumulto que caminaba en los alrededores del castillo de los sabios.

Una mano de un adulto fue lo que empecé a ver.

– Discúlpame, seguramente andaba distraído y le he empujado. – Me dijo una persona mayor. Era la prueba de que había regresado al Reino.

Tomé la mano y me ayudo a levantarme. En su cara la típica sorpresa de creer que levantas a alguien de poco pero en verdad ser lo contrario.

– ¿Se encuentra bien? -Me preguntó.

– Si, no se preocupe, muchas gracias. -Contesté amablemente. Me atusé un poco y me despedí de la amable persona. Debía ir a la posada donde mi familia se alojaba, y ver si de verdad estaba allí esperándome Centeno.

Aproveché que aún no se había completado la fase de readaptación para caminar lo más rápido que podía, ya que quedaba un largo recorrido desde donde estaba el castillo de los sabios hasta la posada. Quizás unos dos kilómetros o así. Deba ante todo salir de aquel lugar tan revuelto de personas y poner mis pasos en dirección a la vía secundaria que llevaría a la posada. No sabía si SiRi me había engañado, la única manera era llegar allí y… bueno allí ya vería que hacer.

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Trumun Tretum

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Trumun tretum es una sociedad secreta donde sus integrantes nacieron con el don de ver el futuro.
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Ese don está sujeto a una ley, solo les es posible ver de 100 en 100 años cada año transcurrido.
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Aún atados a esa ley, su determinación por dar a ese don un buen uso siempre ha sido inquebrantable. Mantenerlo en secreto es otra de sus leyes. Siempre en las sombras, siempre en secreto y sin compartir ninguna información con ningún tipo de persona, velan por el bien general de la raza humana.
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Han sido espectadores del alzamiento y caída de reinos, de plagas, de descubrimientos a lo largo de los cientos de años que han podido ir descubriendo, y hasta fueron espectadores de la extinción de la raza humana.
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A pesar que no había más humanos que hiciera avanzar la civilización, su don seguía ofreciéndoles la oportunidad de seguir viendo todo cuando sucedía y no dejaron de hacerlo pues pensaron quizás podrían hallar la manera de impedir tal trágico final para la raza humana.
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Avanzaban los siglos y su don les seguía ofreciendo el futuro de un planeta que seguía girando y recuperándose del desastre causado por los humanos pero sin ellos. Llegando a la conclusión que no podían avanzar más esperando a que los humanos resurgieran de la nada o que viniera la solución de cualquier otra parte, pensaron que debían centrar su don en buscar la solución fuera. Para ello se centraron en los cuerpos que se iban desprendiendo de la órbita del planeta, los satélites artificiales que los humanos habían creado.
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Con todo el conocimiento adquirido de todas las eras, determinaron que debía haber algún factor que había estado permitiendo mantener a salvo a todo el Sistema Solar, y que solo asomándose desde lo más lejos podrían hallar la respuesta.
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Hicieron falta varias generaciones de nacidos dentro del seno de la Trumun Tretum para hallar la solución. Cuando vieron que al Sistema Solar le había estado protegiendo un campo de fuerza que permitía repeler cualquier anomalía del exterior y salvaguardar el interior, llegaron a la conclusión que debían crear algo de similares características pero solo para la Tierra, algo que lo superara y que siendo mas pequeño fuese más allá de todo cuanto habían descubierto. Y entonces llegaron a una conclusión: crear un universo dentro del mismo universo.
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Un espacio protegido donde las leyes de universo generalizado no interfiriera con el que se creara dentro, un lugar donde las leyes las dictaran ellos y donde podrían contener dentro al planeta Tierra y mantenerlo a salvo de todo y de todos, reformulandolo a su gusto y corrigiendo todos los errores que llevaron a la extinción a la humanidad.
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Para llevar a cabo semejante plan debían elaborar un conjuro, el más perfecto jamás elaborado y desarrollado, uno sin fallo alguno, libre de error y que debía ser activado en el espacio. Un conjuro echo palabra informatizada que llegado el momento dos satélites desplegarían.
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Hicieron falta siglos de desarrollo para llevar semejante conjuro y disponerlo en los dos primeros satélites que fueron puestos en órbita en toda la civilización humana.
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Lejos de querer hacerse señores de su sueño, decidieron dejar las riendas de su sueño a cinco sabios que velarían por el buen funcionamiento del nuevo futuro-pasado que iban a reformular. Estos sabios serían inmortales y serian aquellas personas del presente actual que más estaban contribuyendo al bien general de la humanidad.
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Pensaron en todo, su conjuro era tan perfecto que independientemente de cualquier inconveniente que surgiera, este se llevaría a cabo. Hasta si alguien llegase a conocer de ello y decidiera tomar el control de todo.
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Y así el nuevo futuro-pasado de sus sueños se reformuló con el mandato de las cinco personas mas avaras del mundo anterior, pero pagando un tributo que los Trumun Tretum habían confinado en su conjuro.

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Relatos

husimi souma

Me desperté.

Lo primero que sentí fue estar en un lugar totalmente desconocido para mí, un lugar iluminado por una luz que no era natural, un lugar donde se respiraba aire cerrado. Mis ojos recién despiertos turbiamente percibían un lugar perfectamente angular, con cantidad de cosas alrededor y la figura de una persona a media distancia de mí.

Un fuerte dolor en las manos llamó mi atención, medio recuperando la conciencia pude fijarme que las tenía vendadas. Traté de cerrarlas pero sentí un fuerte dolor y volví a abrirlas, estaba claro que algo me había pasado que no lograba recordar.

Poco a poco conseguía percibir mejor el entorno y pude encontrarme a mí mismo echado de forma cómoda sobre una especie de superficie blanda. No estaba en el suelo sino a cierta altura, no podía determinar cuál. Tratando de girar la cabeza para ver mejor la pared que tenía a mi izquierda, un leve dolor de cabeza como de haber recibido un golpe iba y venía.

Me propuse conseguir recobrar de todo el conocimiento y cerraba y abría los ojos tratando de que poder ver mejor ese lugar, sentía estar seguro y no correr peligro pero necesitaba saber si estaba verdaderamente a salvo.

A mi derecha toda una sala llena de cosas totalmente inexplicables colocadas de forma ordenada. Un poco alejadas de mí pude comprobar en realidad había dos personas, una de ellas estaba echada de la misma manera que yo, y otra le acompañaba cogiéndole de la mano. No se había percatado yo había despertado. Quise decir algo pero las fuerzas no me acompañaban. Seguía sin saber dónde me encontraba ni la razón que me había llevado estar aquí. Traté de incorporarme, de poner los pies en el suelo, y fue entonces en ese silencio que lo llenaba un extraño pitido intermitente, la personita que estaba acompañando a la que estaba echada dejó de darme la espalda. Me saludó sonriente con una mano, luego dejó la mano de la otra persona reposar y vino a mí. Empezó a hablarme pero no la entendía absolutamente nada, hablaba el mismo idioma extraño de aquellas extraños que días atrás nos apresaron. Sí, ahora recuerdo, me enjaularon, hacíamos un largo viaje, llegamos a una ciudad y luego no sé qué más pasó.

Esa personita era una adolescente, no sabría estimar la edad, las personas de este nuevo lugar al que llegamos son más robustas que los de mi tierra y quizás en verdad era una niña. Rápido se dio cuenta que no lograríamos entendernos, trató de calmarme e hizo que me volviera a echar, así que no opuse resistencia y me eché sin perderle de vista. Era lo único familiar que había allí, dos personas que no conocía absolutamente de nada. En ese lugar de paredes blancas perfectamente construidas, cosas inexplicables apiladas de manera organizada llenaban las paredes, todas menos la que ocupábamos esa persona echada y yo.

La niña había ido de nuevo donde estaba la otra persona y luego se dirigió a los pies de donde estaba echado, me dio la espalda y allí empezó a tocar algo con los dedos parece ser, sonaba como tac tac tac. Volví a observar si algo de lo que había allí podía resultarme familiar, pero era un esfuerzo en vano, todo lo que había allí era tan inexplicable… garraspé un poco y vi que podrían salirme las palabras.

Pregunté a media voz donde estaba, la niña volvió a mirarme y me hablaba, pero no la entendía. Entonces vino a mí, me cogió de las manos y cuando me tocó sentí de nuevo una punzada de dolor. Se dio cuenta y me las soltó, y luego me hizo gestos como para que me levantara y la acompañara. Miré el suelo, a simple vista no era ni tierra ni césped ni madera, ni ningún material que conociera. Cuando puse los pies descalzos, un sentimiento de frio helador recorrió mi cuerpo y de un salto volví a sentarme donde estaba echado. La niña me vio y luego se fijo estaba descalzo, me hizo un gesto de que esperara un poco, desapareció rápidamente de allí y volvió con una especie de calzado también desconocido para mí. Me los puso uno a uno y luego se apartó. Bajé y ahora si se sentía cómodo caminar por allí.

La acompañé pasito a pasito hasta donde estaba haciendo los ruidos. Señaló a algo que estaba en vertical a pie de la tabla, debía ser la que hacía el tac tac tac. Pude fijarme rápidamente que tenía una serie de grafías totalmente desconocidas para mí. Luego volví a mirar a ese algo que era de interés y como por arte de magia, empezaron a aparecer grafías más reconocibles para mí. Estaba entendiendo que ponía en esa cosa tan extraña, miraba a la niña y ella me miraba a mí y a ese artilugio mágico podría decirse. En esa tabla ponía en mi idioma “¿puedes entenderme?”. Lo leí en voz alta y dije “si” en voz alta, y entonces, la tabla reaccionó y me saludó poniendo “hola” en mi idioma. Me entendía esa tabla, pero parece no podía articular palabra. ¿La primera persona que llegaría a entenderme en este nuevo lugar estaba metido dentro de algo tan pequeño?

– ¿No puedes hablar? -Pregunté inocente del todo.

– Si puedo, pero prefiero nos comuniquemos así. -Apareció en la tabla. -Haré las veces de traducción al idioma de los chicos que te acompañan.

– Entiendo. -Contesté, luego pensé que decir, y lo primero que pensé era que debía presentarme. -Soy Husimi Houma y vengo de muy lejos, no sé qué hago aquí. -Le dije. Me fijé detenidamente y justo abajo donde me hablaba, aparecían grafías, las mismas de la tabla de los ruidos. Miré a la niña y parece estaba leyendo lo que había contestado.

– Yo soy Siri. La niña que tienes a tu lado se llama Ceromi, te salvó y ahora estás en un hospital recuperándote. -Apareció en ese artilugio de fondo negro rectangular.

– ¿En un hospital? ¿Qué es un hospital? -Pregunté. No había escuchado nunca esa palabra.

– Es un lugar donde las personas van a recuperar la salud.

La niña se apartó de mi lado y fue a mirar a la otra persona que estaba en la cama. Ahora que estaba más cerca de él, pude fijarme mejor y vi que se trataba también de un adolescente, un varón para ser exactos. Parece estar inerte.

– ¿Este adolescente está aquí para recuperar la salud? -Pregunté sin dejar de mirarlo. Para cuando volví la mirada a la tabla tenía ya la respuesta. Ponía un simple “si”.

– Entiendo. -Contesté.

– Sería bueno nos contaras más sobre ti, – empezó a añadir el fondo negro y rectangular, -así saber que podemos hacer por ti y, sobre todo, por que estabas en un carruaje encerrado.

– Es largo de contar. -Contesté.

– Admito más de doscientos ochenta caracteres, así que adelante. -Contestó el rectángulo plano de fondo negro. Debió de hacer algún tipo de chiste, me quedé mirando por si añadía algo más pero lo dejó ahí. Entonces tomé aire y empecé a relatar tranquilamente la aventura que nos había traído a estas tierras desconocidas.

– Soy un inexperto viajero que decidió salir a la aventura junto con otros compañeros en una embarcación enorme que encalló en nuestra isla hace muchas lunas. En el barco encontramos varias personas fallecidas y lo único que hablaban de ellos eran sus pertenencias. Nosotros vivimos en una isla no muy grande y todo cuanto había en ese barco era totalmente nuevo e inexplicable para nosotros. Después de días examinando sus pertenencias, mapas y todo cuanto había en ese gran navío, nos armamos de valor y el gran jefe de nuestro pueblo decidió que debíamos salir a la mar en ese mismo navío y eligió a las veinte personas más válidas para salir a la mar terminar lo que parece habían empezado las personas fallecidas. Queríamos sobre todo comprobar por nosotros mismos si de verdad había tierras más allá de los límites que por nuestros medios habíamos podido lograr. Y después de muchos días y noches, logramos llegar al que parece fue el punto de partida de ese navío.

Todo cuanto fui contando, el rectángulo plano de fondo negro iba traduciéndolo al idioma de la niña, que leía con interés todo cuando aparecía en él. Esperé que acabara para poder retomar la historia.

– El punto de partida resultó ser una ciudad costera como la nuestra pero con unos edificios totalmente distintos a los nuestros. Por la razón que sea, cuando llegamos ya había personas amontonadas para recibirnos. Cuando vieron que éramos nosotros, rápidamente se montó un buen tumulto y como por más que tratábamos de explicarnos, no nos entendíamos, entonces abordaron la nave y nos arrestaron a todos. Al día siguiente me metieron en una especie de trasporte tirado por animales, y después de varios días de recorrido sin parar, llegamos a una gran ciudad y ahí ya no recuerdo más. Luego desperté aquí.

La joven después de leer todo comenzó a hablar y las letras en mi idioma mágicamente brotaban y podía entender que estaba diciendo. Me dijo que me habían traído a esa gran ciudad con la intención de que los Sabios pudieran hacer de intérpretes y determinan que clase de personas éramos.

– Que nuestro dios nos castigue si teníamos malas intenciones. -Pude contestar en cuanto terminé de leer las palabras de la joven. -En verdad vinimos en son de paz y a la aventura en esa fascinante embarcación que sobrepasaba toda nuestra imaginación y conocimientos, nos mueve conocer nuevos lugares y personas, no tenemos ningún ánimo de maldad, no traíamos ningún artilugio de guerra. No nos quedamos con nada, todo traíamos de vuelta. Si dimos descanso eterno y todo a las personas de la gran embarcación…

La niña habló directamente y el rectángulo plano de fondo negro rápidamente pasó a mostrar imágenes de embarcaciones similares a la que habíamos traído. Una en concreto, la quinta, era la que más se parecía a la que traíamos y se lo hice saber. Miré a la niña y sin venir a cuento en mi idioma natal me dijo “gracias por el duro trabajo”. Yo instintivamente saludé haciendo una reverencia como hacíamos en mi país y entonces la niña dijo el nombre de mi país. Nihonn.

Me incorporé y con asombro pregunté cómo podían saberlo si nunca nos habíamos visto. La niña miró al rectángulo, y yo lo miré también, y ponía “hay mucho que contarte pero no sabemos si estás preparado”.

– Nos echamos a la mar para descubrir. Quiero pensar lo que me está pasando ahora forma parte de este viaje. No estoy preparado y puede que no logre entender, pero quisiera lo intentarais. – Contesté con mi seriedad característica. Entonces sucedió algo inesperado, la joven se puso a hablar sola, como discutiendo con alguien. Como era de esperar no la entendía nada. Miraba al rectángulo y tampoco aparecía nada nuevo salvo el último texto que habían puesto. Luego miré a la joven que seguía hablando sola, como discutiendo con alguien, yendo de un lado para otro, no sabía en verdad que estaba sucediendo.

Hablaba alto, lo justo como para poder despertar al joven, pero seguía sin abrir los ojos. Debía estar muy mal de la salud para no despertar con semejante volumen de voz. Me fijé bien en su cara y tenía una expresión como si la vida le hubiera abandonado. De los brazos le salía unos tubos, que iban ambos a una especie de elemento, en verdad no sabría decir que era, solo pude ver que los tubos circulaban un fluido de color rojo. La discusión seguía y la joven se había desentendido un poco de mí y también del joven, miré de nuevo al rectángulo pero no aparecía nada nuevo. Mi atención recayó al joven. Daba lástima verle así.

– ¿Qué es lo que le sucede a esa persona? – Pregunté con timidez un poco en voz alta, quizás no era de mi incumbencia pero trataba de que la niña se detuviera y me prestara atención. Pero no me escuchó, seguía caminando sola y discutiendo con alguien imaginario. Estaba realmente enfadada, era lo único que podía deducir.

Recabé de nuevo en la inexpresiva cara del joven echado. El pitido sentía que había desaparecido, quizás la voz de la joven lo tapaba pero no, me fijé bien y había desaparecido. La joven iba de aquí para allá, ahora su tono de voz volvía a ser elevado. Estaba furiosa. No sé qué la pasaba, quizás si me acercaba lo mismo me golpeaba. Sentía pena del joven, seguramente si la viera así se sentiría mal. Pasé la mirada por sus ojos y se los vi abrir. Estaba así como aletargado, seguramente se estaba sintiendo como yo. Miré a la niña, no se estaba dando cuenta que la persona que había a escasos metros de ella estaba recobrando el conocimiento. Volví a mirar al joven, y nuestras miradas se cruzaron, luego se miró a los brazos y con la expresión de preocupación, dirigió su mirada a la joven y empezó a llamarla a ella que estaba de espaldas. Debía estar esa persona muy débil porque no la escuchaba. Cuando la joven en uno de los giros vio que el niño había despertado, salió corriendo hacia él. Era como si él hubiera regresado del mundo de los muertos y ella no esperaba que eso sucediera. Le abrazó y lo zarandeaba, la efusividad de las voces ahora era de abrazos y de alegría. Era tan efusivos que hasta se pusieron a besarse y yo no pude mirar del pudor que me estaba dando, que fui a mirar al rectángulo. Pude leer que ponía “mira aquí y no pierdas de vista lo que voy a enseñarte”.

No sabría bien cómo explicarlo pero el rectángulo plano de fondo negro que mostraba frases se transformó en una especie de ventana, como si se pudiera ver a través de ello. Pegado en una pared podría pasar perfectamente por una ventana pero no estaba pegado a una pared. Dentro de mi incredulidad algo apareció que me resultaba muy familiar. Era el carro donde me estaban trasportando, como a media distancia. Esa ventana en la que se había trasformado el rectángulo de fondo negro y plano veía a través de los ojos de alguien pues tenía el balanceo propio de una persona caminando. De vez en cuando unos fogonazos de luz impresionantes hacían que la ventana se viera totalmente blanca. Esos fogonazos no parecían molestar para nada a la persona que veíamos a través de sus ojos pues avanzaba al carro, que por momentos se iba haciendo cada vez más cercano. Centré mis ojos en la ventana trasera de ese carro que por momentos iba acercándose y empezó a latirme demasiado el corazón cuando me pude empezar a ver, estaba agarrado a las rendijas de la ventana, gritando desesperadamente que quería salir mientras las zarandeaba como un loco. El bamboleo ahora empezó a ser de alguien a la carrera, esos ojos por los que estaba viéndome estaban ya viéndome desesperado del todo. Un nuevo fogonazo surgió y todo se volvió otra vez blanco. Cuando de nuevo el fogonazo desapareció, los ojos por los que mirábamos a través miraban a un yo tendido en el suelo. Estaba inconsciente. Los ojos se agacharon y unas manos empezaron a acariciarme la cabeza y luego esas mismas manos sirvieron para recogerme del suelo. Y el artilugio se quedó negro.

Cuando todo eso acabó, tenía dos personas a mi lado mirando con interés lo que mostraba el rectángulo plano de fondo negro. Hubo un momento de silencio, miré a la izquierda y vi que no había nadie echado. Parece que el joven que estaba desfallecido y con los tubos en los brazos era la misma que tenía a mi izquierda.

– ¿Qué es lo que acabo de ver? -Fue lo único que se me ocurrió preguntar. Entonces el rectángulo mostró lo que había dicho y abajo lo que debía ser la traducción. Después de un pequeño silencio, la niña empezó a hablar despacio y el artilugio traducía a mi idioma.

“Acabas de ver cómo te salvé de que te destrozaras del todo las manos y de que te quedaras ciego para toda la vida… en el mejor de los casos.”

Entonces me miré a las manos, a mis doloridas manos vendadas que no podía aun cerrar. La niña siguió hablando, pero ahora hablaba más rápido y parece no era a mí. Rápido ofreció la traducción.

“Al final te has salido con la tuya Siri, de mostrarle lo que estabas grabando también sin mi permiso…”

Los tres nos quedamos mirando al rectángulo plano de fondo negro esperando una respuesta, y tras un momento en silencio, apareció. Decía que había que empezar por algún lado. Entonces la niña habló.

“Bueno Siri entonces si tú lo has empezado, ¿te encargas de contarle todo mientras termino de atender a Centeno?”.

El rectángulo plano de fondo negro se volvió a quedar sin decir nada más pero acto seguido contestó con un simple “si”. Entonces los jóvenes me miraron y luego él aproximó una silla mullida que parecía levitar de no ser porque llevaba unas ruedas, y la puso delante del lugar donde reposaba el rectángulo. Con la mano me hizo ademán que tomara asiento, y yo no me opuse para nada. Una vez sentado, pude sentir en verdad era mullidita. Mientras me acomodaba ellos se apartaron y fueron a donde los encontré cuando desperté allí. Devolví mi mirada al rectángulo y el pequeño ser que hubiera dentro me preguntaba si estaba preparado para todo cuanto iba a contarme.

– No lo sé bien, cada cosa que me mostráis me deja aún más desconcertado. Veo de momento dos personas aquí, tres conmigo, pero no sé si hay cuatro personas con ¿usted? Que creo se llama Siri he podido entender.

Al hablar a solas con el rectángulo de fondo negro plano, no mostraba la traducción. Así que cuando empezó a aparecer texto solo lo hacía en mi idioma.

“Yo soy Siri, una inteligencia artificial de una civilización futuro-pasada que habita en una serie de servidores que hacen de cerebro. Sería lo más cercano a un espíritu que habita en objetos cotidianos para que lo logres entender. Con Ceromi puedo comunicarme directamente sin necesidad de la pantalla que estamos usando ahora. Antes cuando estaba hablando sola, en verdad estaba discutiendo conmigo, no nos poníamos de acuerdo en cómo explicarte donde estabas y que había pasado. Lo que te he mostrado antes es una grabación de como Ceromi te había encontrado mientras el proceso de reconstrucción del espacio estaba teniendo lugar.”
“Pude saber que eras una persona japonesa gracias a los registros que poseo del futuro-pasado y por eso ahora mismo logramos entendernos. Eres la primera persona no española con la que he tenido el gusto de hablar en más de mil años.”

“Con todo lo que te he dicho, quieres preguntarme algo o prosigo.”

Medité un momento. Ahora podía escuchar la conversación que había detrás mía pero no entendía nada. Hablaban bajito y entre ellos. Yo no apartaba la mirada de… dijo la pantalla… que me hablaba por medio de grafías. Entonces solo pude preguntar una cosa.

– ¿Dónde estoy?

“Estás en Madrid aproximadamente en el año tres mil después de Cristo, en el Hospital HLA Universitario Moncloa, en una de las salas de diálisis, justo hace momentos el… la pareja de Ceromi y Ceromi han utilizado una máquina con la que poder filtrar la sangre contaminada del chico que le causaba estar en coma. Madrid es una ciudad a trece mil kilómetros de la capital de dónde vienes. En el futuro-pasado de donde venís todos sigue habiendo la misma distancia pero el mapa del mundo es totalmente diferente, es probable que quedaran pequeños continentes desperdigados y los habitantes de esta península trataran de conocer mundo con el navío que fue a parar a tu isla. Con toda seguridad buscaban también saber si el planeta donde vivís… donde vivimos… es esférico, y vosotros continuasteis y concluisteis el viaje.”

El rectángulo volvió a dejar el texto detenido, así que aproveche a leer de nuevo todo, y cuanto más lo leía más perdido me encontraba.

– En mi patria tenemos constancia de más de quince generaciones, es lo más parecido a lo que tenemos por paso del tiempo, a parte de las lunas, no entiendo bien las distancias ni los lugares que has mencionado. Ni sé que es Madrid, que es Cristo, ni siquiera sé que es aún un hospital y menos que son trece mil kilómetros… todo es muy confuso. -Contesté.

El rectángulo plano de fondo negro se oscureció y luego prosiguió mostrando caracteres en mi idioma.

“Es comprensible, de un día para otro absolutamente todo en este planeta cambió. Nadie tiene conciencia de lo que sucedió antes de eso, solo yo y tres personas más, dos de ellas están aquí. Todo el planeta desde el día Cero cambió a lo que es en la actualidad, de los 6.000.000.000 de habitantes que por entonces habitaban el planeta deben haber quedado 100.000, todo volvió a la época del siglo dieciséis donde aún no había máquinas como yo, ni gases contaminantes, ni ríos contaminados. Te enseñare imágenes de aquel entonces.”

El rectángulo se tornó negro y acto seguido volvió a ser una ventana hacia otro mundo. Empezaban a suceder escenas de ríos sucios, cielos oscurecidos, edificios inimaginablemente altos, lugares llenos de una cantidad ingente de personas vestidas con ropas que nunca había visto, animales muertos envueltos en una sustancia negra y espesa, ciudades anegadas por el agua, niños trabajando en montones de cosas inexplicables pero que parecían nocivas… Era una sucesión constante de escenas desagradables que parecía nunca iba a acabar. No parecía nada que habláramos del mismo planeta, del mismo hogar que conozco.

Una vez más el rectángulo llamado pantalla se tornó negro y comenzó de nuevo a hablarme.

“Cuando ese futuro se volvió insostenible, el deseo de los Trumun Tretum se activó y los Satélites Gen 38 y Gen 76 activaron el Deseo, creando un universo donde cobijar al planeta Tierra y donde reformular absolutamente todo. Erradicó la práctica totalidad de la humanidad, entre otras cosas que podría mencionar. De aquello han trascurrido más de diez mil lunas o las quince generaciones que antes me comentabas. El lugar donde nos encontramos ahora es uno de los muchos que no pudieron ser reformulados y perduran en paralelo al nuevo futuro-pasado que se creó, al futuro-pasado donde vivís”.

El rectángulo de fondo negro pantalla se detuvo. Sabía que debía dejarme leer todo de nuevo para al menos tratar de entender que estaba diciéndome. Por más que lo leía no entendía nada.

– No estoy entendiendo nada lo siento, creo debe ser también el leve dolor de cabeza que tengo que no me permite comprender como es debido.

¿Siri el espíritu que creo habita en eso denominada pantalla? Eliminó de nuevo todo lo que me dijo y continuó hablando.

“Es comprensible. No esperaba que lo entendieras, pero debía intentarlo. Esto que ahora te diré si lo entenderás con seguridad. Ceromi y Centeno han estado hablando sobre que harán de ahora en adelante y por lo que le trasmitido a Ceromi mientras hablábamos, han decidido que te acompañaran de regreso con los tuyos a tu patria. Ir con vosotros les abre la oportunidad que tanto han estado deseando, dejar la península que tanto desean dejar atrás”.

Tenía razón, eso sí lo había entendido y me palpitaba el corazón de la buena noticia.

– ¿Y cómo podremos hacerlo? -Le pregunté con sumo interés.

“Por lo que nos has contado, venías a que los Sabios… te traían mejor dicho a que los Sabios te hicieran juicio para ver si erais personas de bien o no. Pues bien, redactaremos un texto como si eso hubiera pasado, regresareis con ese texto a aquel lugar y podréis con toda seguridad regresar a vuestra tierra. Solo hay un pero.”

– ¿Cuál es?

“En el momento que salgáis del hospital, no podré hacer de traductora, no podre acompañar a Ceromi, me pondrán a dormir seguramente. Tendréis que apañaros los tres como podáis. ¿Estás de acuerdo en hacerlo así?”.

Pensé por un momento y luego miré a los jóvenes, que seguían atrás ajenos creo a todo lo que Siri y yo hablábamos. Volví a mirar a esa suerte de a veces ventana de lo increíble.

– No he entendido muy bien, ellos vendrán conmigo hasta donde están mis compañeros y conseguirán convencerlos de que nos dejen ir. Son solo unos niños, iba con una persona adulta, dudo que regresar solo con ellos de credibilidad menos aún sin esa persona. -Dije con bastante preocupación.

“Puede que tengas razón en que regresar solo con ellos reste credibilidad al resultado del “juicio”, pero en lo demás te equivocas, no son unos simples niños. Si no pones objeción irán con vosotros a vuestra patria para siempre”.

Ponerme en manos de dos niños a mí y mis compañeros se me hacía duro, no lo veía claro.

– ¿Qué otras opciones tengo? -Pregunté.

“Más bien pocas. Mientras estemos aquí dentro, el tiempo transcurre más rápido a fuera. No lleváis más de dos horas aquí, calculo han transcurrido cuatro días afuera. Otra hora más y posiblemente cuando salgáis sean cinco. Con toda seguridad el tiempo corre en contra de tus compañeros. En cuanto a esa persona, debe aún estar bajo los efectos de la omnihipnosis y ahora mismo camine hacia su casa como cuerpo sin alma. No es alguien en que debas preocuparte. En cuanto a ellos puedes confiar plenamente, me refiero a Centeno y Ceromi.”

– ¿Como cuerpo sin alma? -Pregunté.

“Sí, y no solo él, los cientos de habitantes de Vínguendor. Todos cayeron bajo la hipnosis total de Ceromi, G38 y G76, necesitaban que todos abandonaran el reino para que no les afectara los resplandores y los relámpagos de arreglar cierta cúpula que Ceromi estropeó. Calculo que si salís de aquí a media hora de dentro, aun la gente no haya regresado y la cúpula esté arreglada, podríais salir a las calles de Vínguendor y regresar adonde tus compañeros sin levantar sospechas y hasta incluso utilizar el carruaje, es el tiempo que necesitaría para generar el facsímil de los Sabios. En verdad solo tienes esa opción, si me permites responder a la pregunta que mucho antes hiciste.”

Los jóvenes se acercaron a mí. ¿Quizás si estaba sabiendo de esa conversación? No podían leer desde allí ni tampoco salía la traducción. El joven comenzó a hablar y Siri traducía lo que decía. Le estaba dando las gracias por haber conseguido que pudieran usar la máquina para salvarle la vida.

“En mil años es la primera vez que Gen 38 y Gen 76 ofrecen una gracia así, puedes considerarte afortunado. Aunque Ceromi y su cabezonería también ha tenido mucho que ver.”

Ceromi, que debía ser la joven, leía lo mismo que yo pero en su idioma y entonces empezó a hablar de nuevo como cuando discutían, pero esta vez en el artefacto si salía lo que estaba diciendo, iba tan rápido que apenas daba tiempo a leer lo que decía. Se le nota que es una joven con carácter, tenía mucho genio. De todo lo que pude leer comentaban sobre unos relámpagos, sobre que estaba dispuesta a marcharse de Vínguendor y que le daba igual todo y que ella no había buscado generar todo ese problema, lo demás que hablaban eran cosas que se me escapaban de mi conocimiento.

Después de estar hablando un poco malhumorada Ceromi, mostró su enfado cruzándose de brazos mientras que el joven trataba de tranquilizarla. Siri entonces habló en los dos idiomas.

“Housimi Souma tiene a su gente retenida en el antiguo Cádiz, cuanto más tiempo le hagáis esperar, peor. Decidid, ¿le acompañareis e incluso regresareis con él a su patria? Queda poco tiempo y trabajo por hacer. Y tú Housimi, aceptas que estos dos descerebrados vayan contigo e incluso viajen con vosotros hasta tu patria?”.

Todos leímos en ambos idiomas lo que había dicho Siri. Luego nos miramos unos a los otros y el chico alargo su mano hacia mí. Creo que trataba de cerrar conmigo el trato entre ellos. Miré al artefacto, como si buscara la mirada de aceptación del rectángulo de fondo negro, pero no hallé algo así. Luego los miré, primero a la joven, que estaba más calmada, y luego a él. Parecían buenos chicos, quizás no era tan mala idea que vinieran conmigo. Entonces alargué mi mano derecha dolorida y vendada y la puse al lado de la suya. Ambos sonrieron de felicidad y la niña que estaba de brazos cruzados alargó sus dos manos y junto las de todos. Me dolió, pero soporte aquel apretón de manos como una firma de amistad.

– Si, les acepto, son buenos chicos, seguramente nos llevaremos bien aunque no podamos entendernos. – Contesté a ellos como si me entendieran, pero luego miré al rectángulo plano de fondo negro, aparecía mi acuerdo en mi idioma y en el suyo. Los dos lo leyeron. Ella dijo que por fin podrían ver cumplido su sueño de ver el mar y de conocer nuevos mundos y dejar atrás este que tantos malos recuerdos les traía.

“Está decidido. Iniciaré el documento que debéis de llevaros. Una vez que lo tengáis, saldréis de aquí y jamás podréis regresar al hospital.”

Yo seguía sentado en esa silla que parecía flotar y los jóvenes mostraban su entusiasmo abrazándose, luego se fijaron en mí y me acariciaron la cabeza. En verdad parecían buenos chicos. Miré a rectángulo y se había quedado en negro, como si ya no tuviera más que añadir. A su derecha empezó a sonar un ruido y una especie de papel empezó a surgir de él. Debía ser el documento que mencionaba debíamos llevar, el documento necesario para que liberaran a mis compañeros y pudiéramos irnos.

Volví a mirar todo a mi alrededor, aquel lugar que nunca pude entender y del cual no podríamos entrar nunca más. Sé que me han revelado muchas cosas y no he podido lograr entender casi nada, pero de alguna manera sentía alivio, habíamos pasado un periplo enorme en los mares hasta llegar a este nuevo lugar totalmente desconocido y después de ser tratados como criminales, reconfortaba haber encontrado personas tan buenas. Parece en verdad la joven, Ceromi, me encontró como enloquecido por salir de allí, posiblemente eso de la hipnosis me estaba afectado, no lo sé bien. Quizás con el tiempo y si seguimos juntos, pueda contarme todo cuanto pasó.

Perdido en mis preguntas allí sentado, el documento parece había sido terminado. Siri nos lo hizo saber y la joven se encargó de recogerlo. Una vez en sus manos, de nuevo esa ventana mágica escribió en los dos idiomas.

“Ceromi, me da tristeza que ahora si ya no nos vamos a ver nunca más, pero me quedo con mejor sensación que cuando te llevaste a Centeno en brazos y nos despedimos tan mal. Prométeme que estaréis bien y que os cuidareis mucho.”

La joven miró con cara de tristeza al rectángulo plano de fondo negro y le dijo unas palabras que fue Siri traduciendo. Le dijo que gracias por toda la ayuda prestada y también le pidió que se cuidara mucho que le diera también saludos a nueve de su parte. Centeno también tuvo unas palabras de agradecimiento y de despedida hacia Siri.

“En cuanto salgáis por la puerta, apareceréis en Vínguendor y se cerrará para siempre el portal. Llevad cuidado todos.”

Parece que los jóvenes si sabían dónde estaba la puerta, y con un ademan de que me levantara de la silla, me invitaron a seguirlos. Me levanté, miré al rededor y luego al rectángulo de fondo negro y plano.

– Gracias, sea lo que seas. -Le dije a aquel artilugio.

“Hasta siempre Housimi” es lo último que pude leer en aquella cosa y luego los acompañé hacia la puerta. Estaba al final de un pasillo que había pasado desapercibido en todo momento. Cuando llegamos al final, el joven abrió una puerta y del otro lado se veía todo un mundo natural. Era como cuando el rectángulo plano de fondo negro nos mostró todos esos lugares solo que ahora podríamos entrar, parecía si cabe más real. Con toda naturalidad del mundo él salió primero, ella se puso a hablar parece llamándole un poco la atención, y luego salió ella. Una vez salieron los dos, desde afuera me invitaban a salir. Caminé los cinco pasos que había de distancia y luego atravesé la puerta. Estábamos en libertad, en la calle, se escuchaban los pájaros y el viento. Di varios pasos más hacia ellos y luego sentí como la puerta se cerraba tras de mí. Me paré, di la vuelta y sorpresa, no había resto alguno de ella, solo la continuación del camino donde habíamos ido a parar. Recuperé los pasos palpando con los brazos extendidos tratando de buscarla pero no percibía más que aire. Sentí pasos detrás mía, los jóvenes se acercaron. También trataron de buscar la puerta pero tampoco hallaron nada. Luego hablaron entre ellos y cada uno apuntó en una dirección diferente, luego discutieron un poco y al final parece decidieron que debíamos ir en dirección a donde había indicado la joven. Y entonces pusimos rumbo nuestros pasos en esa dirección.

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かこなのかかん

Cuentan que existe un reino donde cada cien años se concede la inmortalidad al habitante más ilustre que más ha contribuido al bien común de todos.

Y así fue como empezó una historia que no tenia para nada prevista escribir.

¿Cómo se gestó la idea de Los últimos 7 días y las historias paralelas?

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La historia de esta saga surgió como una prueba de que se podía hacer con una suerte de ideas que en principio estaban totalmente desconectadas entre ellas, de si se podría escribir una historia que contuviera todas esas ideas sueltas. Las ideas fueron:

– Que sucedería si un smathphone apareciera en un tiempo pasado.
– Un futuro donde solo pudiéramos vivir atados a unas máscaras que ademas tuviéramos que usar para alimentarnos.
– La envidia de un secreto guardado de una puerta mágica que lleva a otros lugares.
– Un café donde una persona mayor entrara y quedara encandilado con la melodía tocada a piano por una niña.
– Un reino donde gobernaran 5 sabios inmortales.

Todas esas historias empezaron a circular en esta cabecita que tengo, y un poco influenciado por Xenogears, el mundo de los videojuegos y Mira de Dimension W, fue cobrando forma una historia que en principio no tenia previsto escribir pero que conforme iba pasando los meses y le daba vueltas a las ideas, fueron tomando vida propia y dieron como resultado una historia que sucedía en siete días.

Para no desvelar la naturaleza de muchas de esas ideas y dejarlo todo muy místico y muy de época de medievo, elegí una narrativa un tanto difícil de escribir pero que me supuso un reto llegar hasta el final. Posiblemente no haya sido la mejor pero después de escribir Suzume Red Mountain, me apetecía escaparme de ese tipo de narrativa y emplear otra. Y así fue como fui desarrollando la historia. A su vez iba saliendo nuevas ideas que enriquecían la historia y a cada una quise darle una narrativa diferente, así es como nacieron las historias paralelas no presentadas en portada como si no pertenecieran a los siete últimos días aunque luego había pequeños guiños que decían que si.

En el logo de los capítulos que conforman los últimos siete días se ve reflejada la conjunción de todas esas ideas por las lineas que convergen en el centro, son todas esas ideas sueltas que dieron nacimiento a la historia, y luego el título eran únicamente cuatro palabras. Cada palabra refleja a los protagonistas principales de la historia que son 4: El propio reino, Ceromi, Centeno y los sabios (en especial Sebastiago).

La idea era que para todos fuese sus 7 últimos días: El reino sucumbido por un gas mortal a lo Nausicaä del Valle del Viento XD con una Ceromi y un Centeno que logran escapar de su rutina centenaria de acabar con los sabios salientes pero con un Centeno en coma, y con Sebatiago x_x por el bien de la inmortalidad carnal de Centeno. Peeeeero XD habrá sorpresa XD

¿De dónde surge la idea de englobar todo bajo 過去七日間?

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Bueno esto fue gracioso XD Tenemos la idea de que un título que esté cargado de kanzis se ve épico XD

Así que a kabochi se le encendió la lucecita y empezó a hacer brainstorming de títulos cada vez con más kanzis XD, hasta que llegamos a formar el que actualmente lucimos. El título se lee “kako nanoka kann” que viene a ser como “la saga de los siete últimos días” aunque en verdad la saga puede dar mucho más de si, todo dependerá del tiempo, las ganas y la inspiración que tenga de como ir desvelando todo el entramado de esta historia, una que surgió casi de la nada, de unas pocas ideas sueltas, pero que me resulta muy fascinante y que espero a vosotros también os lo esté siendo.

Como se ha dilatado tanto en el tiempo el desarrollo de los capítulos, hemos decidido crear un logo bien grande para presentaros todas las historias y próximamente publicaremos el siguiente episodio >< b

 

28 de marzo de 2020

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Hace 4 días en un rato que tuve, me puse a organizar mentalmente la historia de los Trumum Tretum y plasmándola en lineas básicas aquí en el blog y viendo que me estaba quedando bastante guay, la di varios toques así para que quedara más narrativo y voliá, salió esa entrada llena de tantos spoilers w Bueno la idea era que como es tan corto, ir saltando con la vista los párrafos iba a ser fácil así que decidí ocultarlos todos.

Tengo en un boceto escrito lo que será a grandes rangos la próxima historia que quiero escribir sobre esta saga y quedaría esa y otra historia más por contar. La del boceto no estaba pensada en el primer momento pero la veo necesaria para que queden resueltas ciertas dudas que os pueden haber surgido, y la otra que de momento solo la tengo en mente era la que iba en verdad a publicar pero se cruzó Husimi Souma por el camino y transformó todo lo que tenia pensado escribir sobre esa w

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Las siete últimas horas de Centeno

Me desperté tarde, no había podido dormir nada bien. Tampoco era una novedad, me había pasado cada día desde que comenzó la semana, las ganas de volver a encontrarme con Ceromi conseguía noches de desvelos y noche tras noche me costaba un triunfo conciliar el sueño. Y es que seguro mi amada debe estar en el reino, pero entre la celebración de cambio de siglo y la entrada del nuevo sabio, todo estaba mucho más concurrido, el reino era puro tumulto, y no nos encontrábamos. Ya es difícil encontrar a nadie pero lo de esta semana estaba resultando imposible. Súmale el castigo de los sabios que me ataba todo el santo día de recados, era un incordio tremendo. Eso si, por suerte para ambos, hoy es el último día, solo un recado y tendría vía libre para hacer lo que quisiera.

Debía encontrar a Ceromi, hacer el recado. Debía encontrar a Ceromi, hacer el recado… quería con todas mis ganas que fuese en ese orden, pero me temía que no iba a ser así.

Me levanté de la cama, caí de pie en el barullo de ropa que dejé tirado en el suelo la noche anterior. Sin importar si estuviera sucia o limpia, a toda prisa la recogí y me vestí. Se respiraba silencio así que debía estar solo en casa. Al ser hoy el día grande de ventas para nada sería el centro de atención, seguramente los padres estaban en el puesto de la plazoletilla frente a casa vendiendo sus cosas. Para mi suerte, para nuestra suerte, no estarían encima mía regañándome por haber dejado todo por en el suelo o haberme despertado tarde, tenía de momento total libertad para hacer lo que quisiese. Abrí el cajón de la cómoda, estaba vacía. Rebusqué por el suelo debajo de la cama y la tablilla suelta estaba sin tocar. La levanté y respiré tranquilo al ver que los billetes estaban ahí. ¿Quizás ya me los debería llevar?

Los dejé en la cómoda. Pensé en Ceromi, y luego en los padres, quizás debía pasarme antes a verles. Bajé a la primera planta de la casa con los pies descalzos y antes de salir miré por la ventana que daba a la plaza. Había gente, bastante gente, imposible ver a los padres entre tanto barullo. Eso me brindaba la ocasión perfecta para salir sin ser visto. Miré desde la ventana hacia la puerta y estaba allí la cesta de la fruta. Ese trasto lo necesitaba, no debía olvidárseme bajo ningún concepto.

El suelo de madera crujía con mis pasos, sentía la madera en mis pies, tenía que calzarme. Subí de nuevo y me puse el primer calzado que encontré. Por un momento miré a la habitación, desee con ganas que esta fuese la última vez que volviera aquí en toda mi vida y bajé de nuevo a la primera planta de esa minúscula casa de dos plantas que también esperaba fuese la última vez en verla.

Salí de casa con la cesta de mimbre al hombro, el dichoso trasto apenas podía abarcarlo con estos brazos de niño. El bulto y yo teníamos que caminar entre la gente que paseaba por la plaza redondita de la fuente y llegar a las casas vacías donde supuestamente habían montado el puesto. Me daba pereza, tenía más fácil bajar por la calle donde había menos gente, pero ¿y si Ceromi estaba allí? El bulto y yo comenzamos a pasar por medio de la gente. Como buenamente pude alcancé la fuente redonda de los chorritos, ya había echo la mitad del recorrido. Gente bastante había, pero yo ocupaba como dos adultos y golpeaba a grandes y pequeños y debía disculparme a cada momento. Nadie que se daba la vuelta era Ceromi. ¿Estaban regalando algo allí de tanta gente que había?

Seguí avanzando y a media distancia, calculado así rápidamente, la madre no sé como me vio, escuchaba como me llamaba. Seguí avanzando, y entre disculpa, golpe y pistón conseguí llegar al puesto. La mujer joven que era mi mamá dejó de atender a un cliente solo para atenderme a mí.

– Buenos días hijo , ¿cómo estás? -Me preguntó efusivamente. Papá seguía a lo suyo.

– Bien madre, me quedé dormido y ahora tengo prisa, luego vengo y os echo una mano.

– Aun así te has pasado por aquí, que hijito mas amable tengo, -me dijo la mamá desde detrás del puesto- ¿A qué es una adoración? -Le preguntó a papá. Ambos esperábamos respondiera, pero hizo oídos sordos y siguió como si nada atendiendo a los clientes.

– Bueno mamá, luego si eso regreso, espero vendáis mucho. -La desee con fingida preocupación.

– Vale hijo, luego más tarde nos vemos. -Me devolvió mama la despedida con sincera alegría y siguió atendiendo a una persona mayor. La niña a su lado se desplazó lo justo para mirarme, no era Ceromi. Tampoco era esa persona el sabio. ¿Cómo entre tanta gente nos íbamos a encontrar?

Llegar desde el puesto hasta el puesto de frutas y verduras donde debía retirar el recado de los sabios había un largo recorrido, y ya solo la distancia me desanimaba, me causaba hastío, pero no quedaba tiempo, era hoy o todo se iría a la porra. Deseaba tirar ese cacharro al suelo pero pensé en mi Ceromi y gané el pulso a la desidia. Agarré como pude ese maldito trasto y sin importarme si pisaba, si golpeaba y si estorbaba, comencé a abrirme paso entre la gente.

Por una extraña sensación de estas que no te esperas, se me hizo menos difícil llegar a la calle que nacía de la plaza, la famosa cuesta abajo que usábamos para tirarnos con los carros de juguete y que tantos problemas causaba si llegabas a la vía principal. Hoy seguramente estaba atestada, si lo estaba la plaza eso debía ser aun peor. Mire atrás y me sorprendió no ver a tanta gente, la plazoletilla había pasado de tener un nubarrón de personas a solo grupitos, grupitos de personas que hablaban distendidamente y se lo pasaban bien. Yo ese gusto no me lo había podido dar para nada. Me di la vuelta y ahora si con los ojos mas abiertos caminaba hacia la vía principal.

Esa vía principal era una de las importantes del reino, era la que nosotros normalmente usábamos como punto de encuentro. Para llegar la cuesta abajo a esa vía, se iba despojando de las casas que arrastraba de la plazoletilla y se abría hacia ella en una curva a la derecha. Deseaba girar esa curva y ver a Ceromi. Pero solo vi más y más gente. Miré a izquierda y a derecha, buscaba la figura de mi Ceromi, debía ir acompañada así que descartaba cualquier niño o niña de nuestra edad que fuese solo o en grupo. Me llevó un rato ver a toda la gente, había carruajes transitando, puestos aquí y allí, actuaciones a ambos lados de la vía, gente agolpada aquí y allá. Mi animo iba mermando a cada grupo que veía, a cada pareja que veía, y nadie era mi Ceromi.

Crucé la avenida con desgana, poniendo cuidado de que ningún carruaje me atropellara, que no es que fuesen rápidos, pero existía el riesgo. Debía ir por la calle del medio que veía ya desde la mitad de la avenida, era parecida a la nuestra pero con menos casas y con más espacio para los cultivos de los vecinos. Mi destino en otras ocasiones eran una de estas casas pero hoy estaban por fastidiarme y mandarme aún más lejos.

Quedaba hoy y mañana pero encontrar a Ceromi seria difícil, mucho. La extrañaba, echaba en falta su figura, su manera de hablarme, sus cariños, quería verla ya.

Caminaba con desgana de forma automática con la cesta de mimbre de acompañamiento sintiendo el deseo que no quería sentir, el acabar con esto de la forma que menos me afectara y menos me diera cuenta. Llegué a cruzar no sé como la avenida y tomé rumbo a la calle que me llevaría a la otra calle, que más tarde me llevaría a la callejuela que a su vez me llevaba a la cuesta empinada, que atajaba para la avenida y luego de allí a la casa de recogida. La cesta de mimbre ya empezaba a pesar algo más sin aún haberla cargado con la mercancía del castigo.

Caminaba por la calle con desgana, los vecinos estaban en sus puestos y sus huertos de puertas abiertas, era siempre así pero más aun con la festividad. Si normalmente había gente, hoy más. Ceromi si que hoy podría llegar a ser lo que era su nombre, pero era mi Ceromi, debía aun tener esperanzas de encontrarla, a él y al sabio, era seguramente con quien estaba caminando. El echo de sentir celos de que caminara con él me espabiló mínimamente y enfoqué a una casa con un enorme puesto de frutas. Tenia un buen surtido de peras, naranjas, limones, lechugas, tomates, pepinillos, calabazas… La desgana miró a la cesta de mimbre y me convenció de que ya no hiciera el recado, que me diera igual me castigaran de nuevo, de mandarlo todo a la porra.

Sin saber si lo que estaba a punto de hacer era lo correcto o no, decidí que lo mejor era echar cuatro cosas de ese puesto y entregarlo sin más. A la porra el castigo de los sabios.

Esa casa con ese puesto inmenso de frutas me dio la bienvenida con su majestuosidad, era impensable pudiera albergar tanto, normalmente no era así. Me acerqué al puesto y el frutero se dio la vuelta y cuando me vio con el cesto, se le puso los ojos como platos y a mí cara de circunstancias. Y luego habló.

– Buenos días, ¿qué te puedo poner? -Me preguntó el hombre que era algo más mayor que mis padres, y que por desgracia para mí, iba a darme problemas, había ido a ir a dar al peor sitio de todos.

– Póngame dos manzanas y dos peras por favor, y una lechuga grande. -Pedí con falsa amabilidad pero con auténtica angustia a Malcadio, uno de los grandes verduleros del reino y que fijo se chivaría a los sabios.

– ¿Sólo eso? -Preguntó con sorpresa.

– Sí, solo eso. -Solo pude decir eso, total, ya me había metido yo solo en la boca del lobo.

– ¿Tú no eres Maristo, hijo de Miseto y Membrea? -Me preguntó Malcadio. Me había reconocido, debía ser franco con él.

– Si lo soy, ¿por qué lo dice? -Respondí.

– Anda, trae ese cesto, hoy es tu día de suerte.

No entendía nada, pero le hice caso. Bordee el puesto de frutas por la derecha y me aproximé a él, y le di el cesto de mimbre. Malcadio desapareció por la puerta de la casa. ¿Quizás era su casa? Quizás andé más de la cuenta y si llegué a su casa. Di varios pasos atrás, los justos para salir de la casa, miré a ambos lados y si, efectivamente era su casa. En verdad si me había metido en la boca del lobo.

Volví a ponerme justo en el sitio donde le había entregado la cesta, y no tardó en aparecer Malcadio, esta vez con dos bolsas cargadas con frutas. No podía ver bien cuanto era pero me daba la impresión de que ahí estaba todo el pedido de los sabios. Era imposible.

– ¿Cómo te has quedado?

– Señor, no es lo que había pedido, me ha echado más de la cuenta. -Era auténtica mi sorpresa.- Ni siquiera sé si podré con tanto.

– Te estoy haciendo un favor hombretón, sé que vas donde mi hermano y que tenías que ir a por estas cosas para los sabios, así que cógelas por favor. -Habló todo resuelto, no esperaba un no por respuesta.

– En verdad si tenia que ir pero estoy mal por no haber podido disfrutar del festival. -Mentía, más mi pena era por Ceromi.

– Pues míralo como una oportunidad de acabar rápido y poder jugar y pasarlo bien. Corre, pasa, cógelo.

Bordee como pude el puesto de frutas y cogí las dos bolsas, pesaban lo suyo. Eran de fuerte tela, color mimbre, con las asas robustas. La cesta se la había quedado. Iba a preguntarle pero se me adelantó.

– Me hago cargo de la cesta, tranquilo.

– Gracias. -Fue sincera mi gratitud, me había ahorrado un paseo considerable. Por mi cabeza me pasó decirle que esperaba que esta vez fuese la última vez en hacerlo, pero callé y actué como un buen chico y me di la vuelta camino de la salida. En verdad si pesaban bastante las dos bolsas.

– Lleva cuidadito. -Logré escuchar decir a Malcadio, que debía estar haciendo algún gesto de despedida.

Ambas bolsas estaban repletas de cosas y a cada unos pasos, debía depositarlas en el suelo para tomar descanso, pesaban como si llevara metal en ved de fruta. Quizás me había colado dentro ladrillos o algo así, a punto estuve de mirar en el primer descanso, pero no lo hice, las volví a coger y seguí caminando de vuelta a la avenida. Ese buen hombre me había ahorrado todo un suplicio, de alguna manera me devolvió las ganas de acabar con el recado y ponerme a buscar por todo el inmenso reino a mi Ceromi.

Cuatro descansos necesité para llegar a la avenida principal, que seguía abarrotada de gente. Caí un poco en la cuenta de que ella debía estar también buscándome, y la avenida donde coincidíamos era el lugar donde más de una ocasión nos habíamos encontrado. Mis manos marcadas necesitaban un descanso así que me quedé de pie mirando a todas partes buscándola. Fue entonces cuando me vino el nombre del sabio saliente, la persona que estaba seguramente con mi Ceromi se llamaba Sebastiago. Ojalá estuvieran cerca.

No hubo suerte, pero mis manos se habían recuperado. Debía ir a casa con las bolsas y entregar el recado, así podría buscar mucho mejor. Después de cruzar la avenida, empecé a subir de nuevo la calle que iba a parar a la plazoleta de la fuente. De nuevo solté las bolsas de fruta y miré hacia atrás, la avenida ya estaba detrás mía, me quedaba cada vez menos, me daba ánimos pensar que ya acabaría. Al darme la vuelta, a lo lejos venía el hermano de papá, otro que estaba también enfadado conmigo. Cogí las bolsas y comencé a caminar como si nada, con la vista puesta al frente, mirando por detrás incluso de la fuente. Según iba andando, nos cruzamos pero no nos dijimos palabra alguna. Después de dos pasos de cruzarnos, mis ojos se fueron a la figura de una niña que miraba en mi dirección. Miraba hacia mí y yo hacia ella. Nadie se interponía entre nosotros y eso que había mucha gente. Hasta entre un millón de personas reconocería a mi Ceromi.

Estaba allí en el puesto de los padres, acompañando a alguien que estaba de espaldas. Pero la perdí de vista, se interpusieron entre nosotros. Me desplacé a la izquierda y pude de nuevo verla. Quería correr y abrazarla, lo deseaba demasiado pero el plan se iría al garete, era fundamental seguir el plan. Debía mantener la mente fría.

Como si nada seguí caminando a hacia casa. La dichosa tarea me separaba de mi Ceromi, debía acabar cuanto antes y ponerme en observación. Quien le acompañaba debía ser el sabio saliente, seguro. Llegué a la puerta de casa, deposité las bolsas en el suelo y miré a izquierda y a derecha, no había nadie mirando. Entonces cogí una de las bolsas pesadas con una mano y abrí con esa misma la puerta, debía hacerlo de ese modo para que apareciera el pasadizo al almacén de los sabios y no nuestra casa.

Debí hacerlo bien, porque no aparecí dentro de casa, sino en el pasillo de entrega de mercancías. Un hálito de alivio salió de mi, a veces pasaba que no lo hacía bien y tenía que intentarlo muchas veces.

El pasillo largo con ventanas a los lados me daba siempre la bienvenida en las tareas de recados. El interior muy iluminado no daba angustia, si paz, era un lugar tranquilo, de echo no se oía a la gente que momentos antes estaban charlando animadamente en la plaza de casa. A los sabios les gustaba la tranquilidad. Yo deseaba fuese la última vez estar ahí, quería entregar el recado e ir con Ceromi, lo más próximo que me permitiera el plan.

Un hombre vestido de finas ropas me esperaba al final del pasillo. Estaba tan ensimismado que no me había dado cuenta que me observaba desde hace rato. Nacistaro, el sabio más anciano de todos, vino hacia mi con paso armonioso. Cada paso me mataba, era tan solemne y tan lento que parecía como si el tiempo se hubiese ralentizado.

Por fin llegó a mi lado.

– Maristo, te estaba esperando, -sus palabras era serenas y afables- vas un poco tarde hoy, ¿qué ha sucedido?

– Nacistaro señor, buenos días, me quedé dormido y por eso vengo tarde. -Me expresé con familiaridad, ellos querían que los tratáramos así.

– Esta bien, no te preocupes, has echo el recado que es lo importante. Tarde pero lo has echo. Entrégame las bolsas por favor.

Le entregué las bolsas, las cogió con una fuerza increíble dentro de su delicada figura, debía tener muchos años pero seguramente si se lo proponía, podría levantar tres veces más de lo que le había entregado.

– Nacistaro señor, ¿podría abrirme el portal en mi cuarto?- Le pedí con ocultada impaciencia.

– Si claro, no hay problema.

Me aparté a la izquierda y el abrió la puerta por donde yo había entrado antes. Al otro lado salia mi cuarto aunque en realidad al otro lado había otro pasillo del castillo. Facultades de los sabios.

– Muchas gracias señor.

Atravesé la puerta y aparecí en mi cuarto. La puerta por detrás de mi se cerró y cuando la volví a abrir, no se veía el pasillo del castillo de los sabios, sino el rellano para bajar a la primera planta de casa. Bajé a toda prisa y fui directo a la ventana, quería ver si aun estaba Ceromi en la tienda de padres.

Cuando pude asomarme, allí ya no estaban. Sentí como una punzada de decepción en el pecho, de odio a todo y muchas cosas terribles, pero por el momento solo podía permanecer allí asomado, me había visto, fijo me había visto, Ceromi debía regresar a por mí. Calmarme era mi misión y aguardar a su llegada mi esperanza.

Esa plaza que semanas antes era puro encanto de tranquilidad hoy era puro tumulto a ratos intransitable a ratos tranquilo. Con ese desbarajuste y transito de personas, los padres no podían verme allí asomado de forma descarada, así no me harían ir a la tienda. Aún así me escondía los momentos mas tranquilos sin perder eso si de vista el lugar. Ceromi es muy inteligente, debe haberme visto, de alguna manera podré acercarme y llevármela conmigo.

La gente que iba y venia ninguno eran ellos, era yo ya un cúmulo de nerviosismo. La mala suerte se estaba divirtiendo a mi costa pero debía ser optimista, puedo pasarme todo el tiempo que quiera aquí. Quería volver abrazar a Ceromi, haría cualquier locura por volver a hacerlo. Sé que tengo que comportarme y ceñirme al plan a rajatabla pero no sé si estaré tranquilo si vuelve a aparecer.

Entonces apareció, a lo lejos subiendo por la calle acompañado de alguien, y empezó a latirme el corazón con fuerza inusitada. Iba con Sebastiago, el sabio saliente, seguro era él. Estaba muy cambiado, daba la sensación como si no quisiera que le reconocieran. A Ceromi le debió costar bastante encontrarle, no sé como se habrá podido apañar. Iban comiendo una manzana asada, el dulce que más le gustaba a Ceromi. Verlos así me dio un súbito ataque de celos tremendo, debía ser yo quien estuviera a su lado comiendo manzana asada y no ese.

Iban camino a la fuente seguramente a sentarse, sería el lugar ideal para que pudiera vigilarles. Aunque estaban lejos para mi estaban como a dos palmos, los celos no me permitían calcular bien las distancias. Si iban a sentarse allí podía dar por echo que mi Ceromi me había visto. Me escondí detrás de la pared, gatee por el suelo rápidamente hacia las escaleras y luego fui corriendo a mi habitación, los billetes de Metro me esperaban debajo de la cama. Nada debía salir mal esta vez, todo debía salir bien.

Fui directo debajo de la cama, levanté la madera que estaba cerca de la pata de la silla y ahí no estaban los últimos cinco que me quedaban. Entre en pánico, no recordaba donde los había dejado. Empecé a rebuscar por todos lados y nada, hasta que recordé la cómoda. La abrí y allí estaban. Sinceramente, si pudiera allí mismo me daba dos tortas bien dadas. Pero en ved de eso, los cogí y bajé de nuevo a la sala de estar. Gatee de nuevo y me puse al lado de la ventana. Me asomé, y allí estaban, sentados en la fuente. Seguro me había visto.

Me escondí de nuevo y allí observé los billetes de Metro. Estaban perfectos, conservaban su forma, así que funcionarían a las mil maravillas. Eran vitales, eran importantes, eran imprescindibles, debía tenerlos conmigo ahora hasta el final. Me los metí en el bolsillo y volví a asomarme.

Que envidia, seguían comiendo las manzanas, incluso Ceromi parece se lo está pasando bien con Sebastiago, tanto que me poseyeron como nunca los celos. Entre que no encontraba los billetes y los celos, me descentré de sobremanera y volaron por los aires todo mi poder de decisión. No podía soportarlo más, no podía permitir más aquello, me estaba volviendo loco, debía separarlos ya. Era un riesgo muy grande estando tan juntos ellos, solo esperar a que estuvieran algo distanciados, ese era el plan, pero…

Me situé detrás de la puerta que da la calle, y me puse un billete en cada palma de la mano, y luego apoyé las manos sobre la puerta y comencé a empujar fuerte como si tratara de evitar que la abrieran del otro lado. Cuando comencé a sentir el característico cosquilleo en las manos, di un ultimo empujón. Caí rodando al suelo.

Cuando me recobré, me di cuenta había conseguido pasar al Otro lado. Me incorporé y allí estaba, en Madrid, mi Madrid, la Madrid del día de Geno, tal y como había quedado ese día. Ubiqué a Ceromi y a Sebastiago. Yo los podía ver pero ellos a mi no.

Estando en el Otro lado yo podía hacer todo cuanto quisiera pues no me veían, acercarme era solamente caminar hacia ellos. Cada paso, la cara de felicidad de Ceromi se veía con más claridad, estaba disfrutando mucho de esa manzana. Justo a su derecha Sebastiago, comiendo otra, la que debía estar comiendo yo. Cuando los alcancé, traté de quitársela por rabia pero era evidente que no podría hacerlo. Sería por poco que estarían juntos.

Me situé detrás de Ceromi, dentro de la fuente aunque no me mojaba. Saqué un billete del bolsillo, lo partí por la mitad y dispuse un trozo en cada mano. Estaba loco de celos pero era consciente de que había que seguir con el plan, solo estaba adelantando acontecimientos. Pronto debía comenzar a rodear a Ceromi o los billetes dejarían de servir.

Puse los brazos a ambos lados por detrás de la cintura de Ceromi, debía ser rápido, pasar los brazos, rodearla por el vientre y tirar de ella hacia dentro, era cuestión de décimas de segundo.

Cuando sentí el característico cosquilleo, hice fuerza y conseguí que mis brazos atravesaran al otro lado. Rodee rápidamente la cintura de Ceromi, podía sentirla por fin, por fin podría tenerla en mis brazos. Solté uno de los trozos y el otro lo sujeté con ambos manos y comencé a tirar de ella. Sentí en ese momento un fuerte pinchazo en el brazo. Mientras iba haciendo hacia mi a Ceromi, pude ver claramente como Sebastiago era el causante del pinchazo, me había clavado una de sus agujas en el brazo.

Caímos los al suelo, Ceromi encima mía. Rápido se dio la vuelta y se plantó encima mía sin tumbarse encima. Estaba enfadada, mucho.

– Tonto tonto tonto, te has precipitado tonto tonto, -me insultaba una y otra vez -lo teníamos, lo teníamos y vamos a fallar por precipitarte.

Ceromi en verdad estaba enojada, demasiado. No quería ver su cara enfadada pero igualmente me gustaba, me gustaba ya tenerla conmigo. Quería cambiar esa expresión de su cara.

– Lo siento amor pero sentí muchos celos, no soportaba verte comer manzana asada con ese. -Por una parte estaba tranquilo pero por otra preocupado.

– Tonto mi tonto, solo tenías que esperar un poco que nos pusiéramos en pie y me podrías haber cogido. ¿Te encuentras bien? -Seguía con cara enfadada, pero algo menos. Debía decirle que el sabio me había clavado una de sus agujas.

– Si, estoy bien, pero me parece me ha clavado una de sus agujas.

Entonces se puso a llorar y se levantó, y luego me cogió de la mano y me levantó. Ambos miramos al sabio, estaba examinando el trozo de billete que había caído al suelo.

– Tonto mi tonto, estaba bajo mi influjo como ninguno otro, por eso me protegía demasiado… Pero tú no lo sabías. -Ceromi aún lloraba un poco.

– Lo siento cariño. -Solo pude decir.

No esperaba que lo hiciera, pero me cogió de la mano.

– Venga, vayamos a la estación antes de que nos haga efecto. -Me pidió ya algo más calmada. Comenzamos ir calle abajo, la misma calle abajo que baja a la avenida pero en el Otro lado. Miré a Ceromi, que cruzamos miradas. Tenía aun lágrimas en los ojos.

– ¿Me afectará el pinchazo del sabio? -Pregunté preocupado a Ceromi.

– No hablemos ahora, cuanto menos tiempo estés aquí afuera, mejor. -Era verdad, lo mejor para ambos era estar lo menos posible en la superficie de el Otro lado, la contaminación recluida podría afectarnos. Miré atrás brévemente y el sabio ya había desaparecido de allí.

Estábamos en el Reino, pero a la vez no estábamos. En verdad caminábamos en el Otro lado. El Otro lado y el Reino son todo uno pero ciertos lugares perdura oculto a los habitantes del Reino. Este lugar de perpetua tarde rojiza, de edificios altos, de autobuses parados, es la Ciudad de Madrid de hace siglos. Estábamos en mi ciudad natal tal y como quedó con la activación de Geno. Soy el único que vuelve aquí cuando se le acaba el tiempo en el Reino, es mi perpetuo punto de partida, mi hogar de eterno retorno. He vuelto innumerables ocasiones y nunca me hago a este lugar lúgubre que deja ver a las personas del Reino campar despreocupadas atravesando todo sin saber que hay contaminación acinada en este lugar. Ceromi es un caso aparte como yo, pero de otra forma.

A ella siempre le causa indiferencia, sin embargo a mi no, me oprime el pecho de sobremanera. Sin embargo, estando juntos de la mano como ahora, me reconforta enormemente haciendo que la opresión volara alto. Íbamos de la mano si, me hacía feliz si, pero quería más, mis ganas de abrazarla aumentaba a cada paso que dábamos, quería llegáramos a la estación solo por eso.

La contaminación es más espesa a más altura, siento el tope la cúpula a unos cincuenta metros. Cuanto más abajo, menos espesa es, así que el subsuelo es casi lugar seguro, pero mejor no permanecer mucho allí. Por eso nos dirigíamos sin distraernos mucho a la boca de metro de Lavapiés.

Aun nos quedaba un poco para llegar y sentía a Ceromi mas tranquila, ya no parecía estar llorando. Me gustaría saber que piensa, pero no podemos hablar ahora mucho. Afuera era medio día y se podía ver el Sol a lo lejos, pero era solo un Sol anaranjado que se dejaba ver entre la constante neblina alta de nitrógeno de oxígeno y todos los gases tóxicos confinados. Me preguntaba muchas veces cuando volvía aquí, si habría mas personas como yo que no pertenecían ni aquí ni allí.

Me sacó de estas historias Ceromi. -¿En qué piensas?

– Al pedirme que no habláramos, estaba así pesando en historias de tiempos pasados.

– Pensar nosotros en pasado es difícil… peor tú que siempre vuelves como a empezar… -y dejó la frase sin acabar, estaba claro que no quería que yo pensara en eso.

– Pensado en frío, sí, pero yo no quiero pensar en eso, es más, ¿no será peligroso si hablamos ahora aquí? Yo no es lo único que quiero ahora contigo… -Y lo dejé en el aire.

– Con un solamente “desde que estamos juntos no importa” abría valido… -Ceromi se enfurruñó un poco, no hacía falta mirarla a la cara.

– Desde que estamos juntos no importa nada este lugar Ceromín… -Logré decirla. Entonces se giró y me devolvió una breve sonrisa. Ya no sé si está contenta o enfadada.

Llegamos a la boca de metro de Lavapiés, bajamos por las escaleras que dan hasta los pasillos de entrada de la estación de Metro. Conforme íbamos bajando, la luz que se iba quedando atrás dejaba vía libre para que la oscuridad tomara la escalera. Más adelante sería todo oscuro, yo iría ciego del todo, pero con Ceromi todo será más fácil. Antes de llegar a la última escalera, antes de que ya la luz de la calle no alumbrara, aproveché un descuido de Ceromi, que iba a mi derecha, para cogerla de sorpresa y abrazarla.

– ¿Cuánto más me ibas a hacer esperar para abrazarte? -La susurré al oído.

– Lo extraño es que esperaras tan a dentro y estar casi a oscuras para hacerlo. No te reconozco Cente, ¿te ocurre algo? -Me preguntó con una voz tan tierna que me hizo estremecerme.

– Mejor no dejar volar todo lo que te deseo… -Solo la pude decir. -Te he extrañado mucho.

– Yo también mucho. -Y tiernamente nos besamos fundiéndonos en un fuerte abrazo de puro deseo, era tanto lo que nos necesitábamos… no teníamos forma alguna de controlarlo, se prolongó un tiempo que eterno se quedaría corto.

Nos olvidamos por completo de todo, y no sabemos muy bien como, caímos en la cuenta ambos de que teníamos que seguir. Dejamos de besarnos, nos cogimos de la mano y alcanzamos el último peldaño de las escaleras. La oscuridad imperaba y como era de esperar, yo no veía nada pero Ceromi que seguramente se iba despertando sus sentidos, seguro veía como si todo estuviera iluminado. Me dejé llevar por ella.

– Sebastiago debe estar yendo ahora a donde estuvimos descansando a recoger las cosas del sabio… debe estar pensando en hacer una puerta… ¿Allí que estación había?

– Legazpi. -Respondí a Ceromi. -Queda bastante lejos de aquí, ¿crees nos dará tiempo?

– Todo depende como oscile el tiempo… hasta la sincronización de mañana. -Tenía razón, el tiempo aquí a veces va más rápido y a veces más lento.

– Hablando de sincronizar, recuerda que sonará Wrong justo cuando suceda. -La recordé convencido de que ella no recordaba ese detalle. -No vamos a dejar nada esta vez a su suerte.

– No lo vamos a dejar Cente, todo está yendo de maravilla… solo me preocupa el pinchazo del sabio. -Ceromi ahora estaba más serena, calmando también mi corazón.

Sebastiago me había aplicado una de sus agujas, seguramente me hará efecto y quizás me quede echo un vegetal o vete a saber, nunca nos había sucedido algo así pero siempre nos pasa algo. Seguro por eso lloró Ceromi.

Pensé en ese detalle y cuando nos detuvimos y sentí como se agachaba Ceromi, aparté de mi pensamiento lo sucedido. Se incorporó y me puso en mi mano derecha mi móvil, podía sentirlo pero verlo nada. Traté de encenderlo pero no hacía nada en absoluto. Se quedó sin carga de la última vez que lo utilicé.

– Ceromi, tenemos que volver atrás y sacarlo del escondite, ¿vamos?

– Es verdad, que cabeza, y hemos pasado casi al lado.

Estábamos centrados en todo cuanto teníamos que hacer, todo estaba calculado al milímetro, pero también las emociones nos desbordaron y pasamos por alto revisar el escondite. Nos dimos la vuelta en toda la oscuridad del pasillo del metro y comenzamos a caminar, una vez más me dejé llevar por Ceromi.

– ¿Recuerdas lo que nos costó encontrarlo? -Le pregunté a Ceromi.

– Lo recuerdo si, pero mejor no hablemos de eso… -Ahí hizo una pausa. Esa parte es dolorosa para nosotros, no sé por qué he ido a hacer recordar. Reaccioné rápido y cambié de conversación.

– Bueno, vamos a por ello y llevemos el móvil a un sitio donde lo pueda ver. -Mis manos las agitaba en el aire como intentando disolver el mal recuerdo.

– ¿Iremos juntos a dejarlo? -Me preguntó con voz muy dulce.

– Si, luego yo volveré tan rápido como pueda a Lavapiés a esperarte.

La luz de la calle que aparecía visible a lo lejos llegaba más apagada que cuando entramos, debía ser bastante más tarde de cuando comenzamos a bajar las escaleras.

– Menos mal Ceromi que ves aquí abajo sino… -Dejé ahí las palabras y subimos por las escaleras.

De nuevo en la calle, debíamos buscar un coche, el único que había por la zona. En uno de los asientos estaba escondido el cargador. No hacía falta esconderlo mucho, los objetos no son nada para los que están afuera así que nadie lo encontraría.

La gente que del otro lado transitaba, lo hacía como si fuésemos fantasmas imperceptibles, ellos no nos percibían en absoluto. Andaban muy muy despacito, así que el tiempo ahora avanzaba afuera a velocidad muy lenta.

– Que sensación da que la gente ande y te atraviese como si nada. -Y comenzó a señalar a los dos personas próximas a nosotros.

– Y más que vayan así tan despacito. -Y nos cogimos de nuevo la mano. Comenzamos a caminar en dirección al coche, que estaba a escasos ochenta metros de la boca de metro. Afuera seguía siendo de día parece. La gente afuera a veces caminaba lento, otras muy rápido, el tiempo estaba oscilando de una manera descontrolada. -Cuando encendamos el móvil hay que ponerlo en hora, ¿crees funcionará el servidor?

– Si no funciona, el satélite debería darle la información, por eso no te preocupes Cente.

Las dos personas habían avanzado escasos dos metros. Ver a la gente caminar así hace que la extraña sensación de que todo cuanto nos rodea se escapa de lógica te invada, así que agarre aún más fuerte la mano de Ceromi.

Llegamos al coche, la gente caminando lo atravesaba como si no hubiera nada allí, pero nosotros podíamos abrir las puertas perfectamente. En el asiento del copiloto estaba el dinamo con el cable USB para poder recargar el móvil. Lo conectamos y empecé a girar la dínamo.

– En cuanto coja algo de carga, podremos encenderlo y activar la linterna.

– Si, y no se nos olvide activar el GPS, que sino tendremos problemas. -Señalé la parte donde se podía activar.

– Es cierto, que buena memoria tienes Cente. -Respondió mi amada Ceromi con alegría.

Dimos la vuelta, Ceromi sujetaba mi móvil y yo giraba la dínamo. Teníamos de nuevo meternos en la boca del metro, esta vez caminar todavía mucho más adentro.

– No lo gires muy rápido o boquearas el móvil. -Me dijo Ceromi.

– Así despacito debe ser suficiente pienso.

Ambos íbamos caminando y mirábamos fijamente la pantalla por si daba algún signo de vida. No debemos olvidar que ya tiene sus años y que funcione todavía es un milagro. De pronto vibró un poco y la pantalla se encendió y como sincronizados los dos soltamos un soplido de alivio. Era una cosa menos que atender y una cosa más conseguida.

Caminando embelesados mirando mi móvil como si dos chiquillos hubieran encontrado un gorrión herido y lo llevaran en las manos, así llegamos a la entrada de la boca de metro. Yo no paraba de girar la dínamo, tenía que coger tanta carga como pudiera, debía de aguantar todo lo que pudiera, que iba a tener que ser mucho. Allí Ceromi se paró, miro alrededor, luego me miró a mí, me devolvió una sonrisa de felicidad y luego comenzamos a bajar, a bajar a esa oscuridad donde solo ella podría guiarme.

Habíamos caminado un poco por dentro de la estación, habíamos pasado el lugar donde habíamos tomado el móvil, y decidimos que era el momento de probar si iba bien la linterna.

– Ahora si podré ver. -Estaba contento de que funcionara, Ceromi mientras apuntaba a un lado y otro con la linterna.

– Y sigue alumbrado como el primer día, es una pasada. -Ceromi estaba también contenta.

– ¿No te hace daño? Ahora que se deben estar despertando… ya sabes…

– Nada, ningún daño, no me estorba lo más mínimo.

– Apaguémoslo de todos modos, que cuanto más carga tenga mejor. -La conteste mientras yo seguía y seguía dándole a la dínamo.

Ceromi manipuló mi móvil apagando la linterna y también la pantalla.

– Oye, he caído en la cuenta, ¿y como volverás? -Me preguntó.

– ¿Recuerdas? Esta dinamo tiene también linterna. -Toqué un conmutador que tiene al lado y el móvil dejó de recibir carga, ahora se alumbraba con el led de la dinamo. Le di de nuevo y volvía a darle carga al móvil. Tenía un cinco por ciento.

– Ya ni me acordaba, menos mal que estás en todo.

– No es para tanto. -Repliqué con sinceridad.

Teníamos que caminar un buen rato por la vacía estación de metro hasta poder llegar al andén. Ceromi me guiaba en todo, allí a oscuras no habría podido avanzar apenas dos metros. Ceromi llevaba el móvil en su mano izquierda, iba a mi izquierda y me llevaba a todas partes cogido del brazo indicándome, ahora aquí un desnivel, mira aquí una silla, cuidado con este escalón, siempre con mucha ternura.

– Ya hemos llegado al anden, un brinquito y podremos caminar por la vía. -Me advirtió Ceromi con tono gentil.

– Lo de brinquito ya veremos, que no es tan pequeño como pueda parecer.

– Bueno vale, deja por un momento de darle a la manivela y enciende la luz, así veras mejor.

– Por qué no mejor bajas y desde abajo me alumbras.

– Vaale. -Contestó Ceromi. Desconectó la dinamo del móvil, me soltó del brazo y sentí como bajó. Una vez abajo la luz tenue de la pantalla alumbró su cara y sus manos, hizo varios gestos con ellas, y luego la potente luz led de atrás alumbró todo aquello como si un faro de alta intensidad se tratase. -Venga cobardica, salta.

Me había dejado justo al borde del anden, un paso más y me habría precipitado a la vía.

– Ya sabia que no era un saltito. -Y salté hacia la vía del tren. En otra época nos habrían seguramente llamado la atención, pero ahora allí solo estábamos nosotros dos. -¿Ahora para dónde? -Me aproximé a ella y se puso a urguichear el móvil.

– Veamos si el GPS funciona. -Contestó.- Apago la linterna Cente, antes dame el cable, y sigue dándole al manubrio.

Le di a Ceromi el cable, lo conectó y seguí dando a la dínamo. El móvil pitó avisando que volvía a cargarse. Apagó la linterna volviéndose de nuevo a tornarse toda la vía del tren oscura. De nuevo Ceromi sería mi guía. No hizo falta pedírselo, me cogió del brazo y comenzamos a caminar.

– Baja el brillo de la pantalla que sino se comerá lo poco que se ha cargado. -Pedí a Ceromi.

– Ah, sí, la bajaré. -Accedió por los menús y bajó el brillo del todo. Ahora se la veía menos la cara que antes.

Ceromi sabía de sobra por donde debía de ir, pero el sabio saliente no lo iba a saber así que era vital que mi móvil allí abajo pudiera indicarle el camino.

– ¿Funciona? -La pregunté.

– Parece que si, levemente pero si. -Respondió con alivio, y luego apagó la pantalla.

– Geno es potente que hasta aquí abajo llega, ¿eh?

– Tiene poder sobre todo, como no iba a funcionar aquí abajo, que cosas dices Cente. -Me espetó Ceromi.

– Tienes razón, que cosas digo. -Y seguí moviendo la manivela del dínamo.

Estando allí abajo a solas paseando del brazo no era todo lo idílico y romántico que podíamos esperar, pero tenía al menos el palpito que seria la última vez que estaríamos en esa situación, y con esta van ya…

– Ceromi, ¿saldremos del reino después de esto o nos quedaremos por aquí? -La pregunté mientras seguíamos caminando.

– Nunca hemos salido del continente, ¿qué te parece bajar hacia el sur y echarnos al mar? -Ceromi estaba todo decidida.

– Me gustaría mucho, nunca he visto el mar, tiene que ser muy bonito. -La dije ilusionado de verdad. -Ya me veo allí, si me sigues contando y no vamos, me va a dar un buen disgusto.

– Las olas, el amanecer y el anochecer, la arena de la playa, mojar los pies… -Siguió describiendo su deseo como si no me hubiera escuchado.

– Ceromi no sigas que empiezo a ponerme malo. -Se lo decía bromeando, pero en verdad mis sentidos ya me estaban llevando a un lugar así, estando allí a oscuras caminando del brazo me estaba trasportando, tanto que dejé de darle a la manivela y la pantalla del móvil se encendió. Ceromi lo miró.

-Increíblemente lleva un cuarenta por ciento… Debemos estar en una fase donde el tiempo va mas rápido… O eso o es que le estás dando toda la energía de tus brazos. -Su tono de voz divertida hizo que comenzara de nuevo a darle a la manivela.

– Seguramente mis poderosos brazos tienen toda la culpa. -La dije todo orgulloso. Y nos echamos a reír, una risa que resonaba por aquel túnel subterráneo.

Ir del brazo con Ceromi me hacia feliz, no podía accionar bien a la manivela pero no importaba tanto, como tampoco importaba tanto el echo que quizás quien sabe, dentro de unas horas de allí abajo yo cerrara los ojos.

– Si esta vez conseguimos extraerlo con éxito, ¿ya no tendremos que vernos con los sabios?

– ¿Que parte del plan playa, una isla para los dos y que no nos moleste nadie no has entendido bien Cente? -Y me agarró con más fuerza del brazo.

– Si me lo dices así tan directo y con esa fuerza tan fuerte, no me quedará más remedio que creerte. -La dije con un leve quejido de dolor, en verdad no se controlaba las fuerzas.

– Ah, lo siento Cente, aflojaré un poco. -Y me soltó algo del brazo, estaba claro que cada vez estábamos más cerca del momento de la sincronización.

– Voy a seguir dándole al Cinexin un poco más que creo ya debe estar casi cargado.

Y no estaba muy equivocado porque sonó un tono en el móvil dando el aviso de que estaba llena la batería.

– ¿Lo desconectamos? -Pregunté a Ceromi.

– Es viejito, pienso mejor que hasta que no lo dejemos, irle dándole energía así no se quede a cero.

– Vale, le daré mas despacito entonces, ya sabes que está delicado el pobrino. -Y seguí dándole a la manivela.

Se quedó un rato callada y yo ese silencio de pasos allí abajo y esa completa oscuridad al acecho como si quisiera hacernos daño me pedía abrazar a Ceromi, de hacer algo más por ella que estar ahí cargando un móvil y solo cogida del brazo. Entonces opté por desconectar el móvil y meter en el bolsillo la dínamo. Ceromi se dio cuenta.

– ¿Que haces Cente?

– Se que ves a oscuras así que no te va a pillar de sorpresa.

Entonces la solté del brazo, me puse detrás de ella y a oscuras como pude, la cogí como una princesa. No contaba con que su peso no era precisamente la de una joven princesa.

– ¡Cente que haces, te vas a hacer daño! -Me dijo algo alterada.

– Correré con el riesgo. -La dije todo resuelto.

No iba viendo nada, pero caminaba con ella con gusto. Me pasó su mano derecha por detrás del cuello y puso su cabeza sobre mi pecho.

– Te quiero mucho mi tontito. -Me dijo Ceromi.

– Yo también mucho Ceromi.

Seguimos caminando por los túneles del metro, a oscuras tenía de guía lo que me iba diciendo Ceromi que por cierto, ahora si estaba más habladora que hace un momento.

– Espero que no se me caiga el móvil, sino para que queremos más.

– ¿Lo tienes bien sujeto?

– Si, por supuesto. Es que lo necesitamos. Bueno, el sabio, que yo me oriento bien aquí abajo.

– Es lo que tiene ser la máquina exterminadora de sabios salientes que se despierta cada cien años…

– Sabes de sobra, – dijo con falsa seriedad,- que es por ti tontito, para que puedas dejar de volver a este sitio cada vez que mueres en el otro lado y que me dejas solita.

– Pero siempre nos encontramos y volvemos a estar juntos.

– Pero vuelves a hacerte mayor y envejeces y vuelves a morir…

– Y vuelvo otra vez para volvernos a encontrar…

– Sí…

Y ahí lo dejamos, un rato estando en silencio los dos.

– Sabes que quizás… No acaben aquí los problemas… Ese pinchazo quizás me haga algo irreversible. -La dije calmado y sereno.

– Vamos a por todas,- me dijo Ceromi -conseguiré tomar como sea de Sebastiago eso y te lo daré.

– Quiero vayamos a esa playa que me has dicho. -La dije con mucha ternura.

– Te llevaré. -Me dijo también con mucha.

– Siento haberme precipitado.

– Yo en tu lugar abría echo lo mismo. -Me contestó Ceromi.

Seguí un buen rato a oscuras caminando con Ceromi llevándola así. Las vías del suburbano las teníamos a ambos lados, iba justo por el medio. Ceromi iba aun apoyada con la cabeza en mi hombro, indicándome ahora izquierda, ahora derecha, ahora cuidado con la vía del tren, ahora cuidado con la familia de patos que se esta cruzando… Tenía esos momentos divertidos ella, me hacia reír mucho.

– ¿Desde cuando una familia de patos podría cruzar la vía del metro? -La pregunté con falsa molestia de haberme engañado.

– Desde que pueden comprar el pase de un mes para viajar, ¿no sabías que podían hacer eso? Cuidado que te estas acercando demasiado a la vía derecha.

Corregí la trayectoria y la seguí preguntando.

– ¿Y pueden sacar descuento por familia numerosa?

– Presentando el libro de familia, la tabla de multiplicar del ocho y la del dieciséis, sí, y puede acceder a una bonificación extra si presenta la declaración de la renta.

– Ahora me entero que los patos saben hacer la declaración de la renta.

– Desde mil novecientos noventa y ocho tienen que presentar la contributiva. -Razonó de forma muy seria. Pero acto seguido nos reímos mucho.

Seguí caminando con ella en brazos, me notaba ya cansado y creo ella me lo notó.

– ¿No estás cansado? -Me preguntó aunque seguramente sabe perfectamente como me encuentro.

– Un poco. -La contesté.

– ¿Quieres te lleve yo? -Me preguntó.

– Sí. -Dije sin pensar mucho.

Me detuve a oscuras del todo y bajé a Ceromi al suelo. Sentí en ese momento un alivio considerable, Ceromi pesaba una barbaridad. Espero no sepa que lo estoy pensado o se pondrá echa una furia.

Ya ella en pie, me entregó el móvil, le desbloquee y busqué en el menú la linterna. Cuando vi claramente a Ceromi, me situé a su espalda y me subí a caballito a si espalda. Con una facilidad pasmosa echó a andar como si nada, debe tener súper fuerza ahora, seguramente no nota casi nada mi peso. Entonces comenzó a caminar y yo apagué como pude la linterna. Ella seguro irá mas rápida que cuando yo la llevaba.

– Cuando va pasando el tiempo y te vas haciendo mas grande, quien tiene que llevar a quien eres tú a mi. Tenía ganas de llevarte yo. -Ceromi me había entregado un deseo que nunca había pronunciado.

– Si lo conseguimos… Me quedaré así. -Solo pude decirla.

– Seguramente te quedaras así, si. Y ya no tendré interés en escuchar a control ni tampoco tendré que mancharme de sangre ni recibir capacidades que no quiero y menos aun tener que perderte y quedarme sola.

A pesar de que empleó un tono más bien neutro, la notaba triste, incluso sentí caer en mis manos lágrimas.

– Nunca he oído la voz de control. -Sólo pude decir.

– Es pedante y eso hace que sea difícil prestarla atención, pero si no es por ella, no habríamos ido viendo en que fallábamos.

Control es la fábrica donde nació Ceromi cuando Geno se activó cuando todo esto, cuando el mundo cambió. Quité de mi pensamiento eso y recordé a los patos y su pase el metro.

– Ceromi, recuerda que tengo que darte las entradas de metro y debes ponértelas y también recuerda…

– Si si, -me interrumpió- que no tengo que salir de la bóveda con la cola extendida o lo micro perforaré y se escapara la contaminación.

– Esa es mi chica, que lo recuerda todo. Ya verás, esta vez saldrá todo bien.

– Claro que si Cente. -Y empleó toda la alegría que pudo para darnos ánimos.

Seguimos caminando un buen rato charlando de nuestras cosas.

– ¿Crees habremos llegado a Legazpi? Espero el sabio no nos haya ganado la delantera. -Pregunté con ligera preocupación.

– El próximo anden será. -Contestó muy resuelta.

– No puse en ningún momento dudas de que lo estabas controlando. -Y la saqué la lengua.

– Como me saques la lengua, te suelto de golpe. -Soltó rápidamente.

– ¿Te acuerdas cuando “padres” nos presentaron? -Recordé el momento al sacarle la lengua.

– Claro que me acuerdo, fue en el año cero de la era de los sabios, me dijiste que era fea y que no me querías. -Lo soltó de carrerilla, como si lo tuviera aguardado ahí dentro y tuviera ganas de sacarlo desde hace mucho.

– Después de eso me diste un bofetón que casi me arrancas la cabeza. -Puse tono de que era culpa suya.

– Aun estaba con los efectos, ni habían pasado tres días que despaché al sabio de esa época. -Razonó como si la culpa fuese toda mía.

– Y yo que iba a saber que tendrías la fuerza de Terminator. -La reproché.

– Si sigues así puede que tu culete toque tierra. -Me sentenció. No la gustaba que la atacará con eso ni aun en broma.

– En verdad no quisiera me tiraras. Estoy muy a gusto aquí. -Y la abracé más fuerte.

– Me gustaría… dar los últimos pasos de la mano… Y me ayudaras a ponerme los billetes y practicáramos.

Presiento que estamos cerca de nuestro destino.

– Bájame por favor. -Pedí a Ceromi.

Se detuvo y me bajé, luego me puse a su derecha y nos cogimos de la mano.

– Ya estamos cerca. -Me dijo.

– Tenemos que dejar a la vista el móvil con la luz hacia arriba. -La recordé.

– Si…

Notaba a Ceromi afectada. Yo también lo estaba.

Caminamos un buen rato sin mediar palabra. En verdad se acercaba el final de nuestro viaje juntos. De nuevo nos tendríamos que despedir. El plan lo sabíamos de sobra. No había necesidad de repasarlo.

Llegamos al andén de la estación de Legazpi, seguíamos a oscuras en total, solo ella seguía viendo. Me fue guiando de la mano en todo momento, a la hora de salvar el anden, y a recorrer los pasillos hasta que llegamos al sitio idóneo donde dejarlo, era imposible que Sebastiago no fuese a verlo.

Empecé a sentirme débil, mezcla de cansancio y como si me diera sueño, y allí contemplando el móvil boca arriba con la luz encendida, se lo iba a decir.

– Te esta haciendo efecto la aguja de Sebastiago… -Ceromi lo estaba notando.

– ¿Crees que moriré? -Pregunté.

– Quizás haya una posibilidad, de que aunque el corazón se pare, puedas de nuevo… Volver a la vida… Pero quizás sigas como en coma hasta encontrar el remedio… No lo sé bien… Espero sea así… -Ceromi quizás consultó sin decirme a la central y por eso es que sabe tanto.

– Entonces hay una posibilidad de que muera…

– Posiblemente al estar aquí abajo donde sueles volver cuando… Se te acaba el tiempo, termines por volver… Pero y si llego tarde y la gelatinita se ha endurecido… Ahora es cuando más cerca lo tenemos… -No daba una explicación convincente, estaba echa un lío, quizás no consultó a central y es lo que piensa ella.

– Sea lo que elijamos, estamos no del todo bien.

– Así es. -Estaba seria y triste.

– Dijiste antes ir a por todas. Vayamos a por todas. No hay vuelta atrás, tenemos que seguir adelante Ceromi. -La dije muy seguro de mi.

Entonces Ceromi se acercó y me dio un beso en la mejilla. Yo le respondí con otro y nos besamos. Confío en ella, seguramente podremos ir a la playa como me prometió. Así que la cogí de las manos.

– Ahora que puedo ver, aprovechemos a practicar para que puedas salir de la cúpula.

– Si es verdad. -Me contestó.

Saqué los billetes de metro, le di dos de ellos y ella se sentó, y se los colocó dentro del calzado, en la parte del talón. El tercero debía ir en la parte del cuello por la parte de atrás. Se levantó y medio la espalda, se echó el cabello para un lado y traté de buscar una parte de la prenda de vestir donde ponérselo, pero no había forma de sujetarlo.

– No tenemos nada a mano con lo que poder sujetarlo. -Ya había otro nuevo problema que solucionar y eso se notó en mi tono de voz.

– Doblado no vale. -Me preguntó.

– No, no vale, tiene que ir recto.

– ¿Y si lo cogemos con un imperdible?

– Si valdría.

– Entonces haré una cosa. Date la vuelta por favor. -Me pidió. Sin rechistar y me di la vuelta. Estaba mirando al otro lado del pasillo, la luz del móvil era potente e iluminaba el pasillo de la estación de metro con bastante claridad. Al final se veía otro móvil como el mio. Seguramente los sabios lo dejaron ahí por descuido, en su momento limpiaron absolutamente todo lo de abajo. Visualizando más del entorno, por detrás se escuchaba a Ceromi como si se desvistiera. Se hizo el silencio y acto seguido volvió a sonar como si se vistiera.

– Ya, date la vuelta.

Me di la vuelta y en las manos tenía la parte superior de la rompa interior. Me ofreció el imperdible con el que seguramente se lo abrochaba. Lo cogí y se dio la vuelta. Ahora si podía sujetar el billete con el imperdible. Yo sentía calores y sudores, no sabia si era por el efecto del pinchazo o por ese momento que estábamos teniendo. Pasé el billete por la parte de atrás del cuello y sujeté el billete por dentro de su vestido.

– Ya está, puedes darte la vuelta. -Pedí con amabilidad a Ceromi.

Se dio la vuelta y me ofreció la parte de ropa que se había quitado. No era momento de hacer preguntas, solo acatar ordenes. Lo tomé, lo doblé con cuidado y lo guardé en mi bolsillo. Era una suerte que ese vestido no fuese traslucido. Aunque allí abajo no se notaría casi nada.

– Explícame como se hace. -Me pidió Ceromi, podía notar que estaba un poco avergonzada.

– Vayamos a esa pared que está libre. -La señalé con el dedo una que no tenia sillas. Una vez allí comencé a explicarla como debía hacer.

– Debes ir hacia atrás y notar como algo te impide seguir avanzado, eso significa que estas en contacto con la cúpula, entonces aplicas los talones y luego la espalda y esperas a que te haga como cosquillas, y entonces aprietas con fuerza y podrás al cabo de un rato traspasar la cúpula y pasar al otro lado. -Según la explicaba como hacer, ella repetía mis gestos, estaba haciéndolo exactamente como le decía. -Así, muy bien.

– Si va todo bien, estaré sacándote en brazos mañana de aquí Centeno mío. -Me miraba según iba terminando de poner en practica los pasos.

– Espero que sea así Ceromita mía. -La contesté. -Estoy sintiéndome muy mareado. -Logré decir, momento después me abandonaron las fuerzas y me fui al suelo, tornándose absolutamente todo negro.

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Relatos

día siete

Al sabio saliente la figura del niño sin vida recostado en la escalera le había dejado desanimado, sentía pena y a la vez odio, pues no sabía realmente si había sido él el causante de estar ambos allí. Esos sentimientos según iban recuperando los pasos hasta el conducto, le golpeaban en la cabeza, debía buscar la forma de que no les afectara demasiado.

Para que la niña no se diera cuenta de su malestar, con la tranquilidad que siempre le caracterizaba, trasmitió con palabras a la niña que no debían decaer en su afán por encontrar la salida. La niña le dijo que le daba mucha pena haber visto al niño y no poder hacer nada, y el sabio saliente no pudo reprimir decirle que fue una suerte que no hubiera intentado salir al exterior pues habría acabado como él.

Sus palabras y los pasos de ambos eran los únicos sonidos que habitaban aquel lugar anclado en el pasado más distante, sonidos que rebotaban en esas paredes que solo la luz del ingenio podía hacer visibles. Seguían conversando pero el cambio de reverberación anunció la llegada al conducto. Se acercaron al desnivel y el sabio saliente saltó, y acto seguido ayudó a la niña a conseguirlo, y cuando ambos estaban con sus pies cerca de las líneas metálicas del suelo, el sabio saliente le dijo a la niña que tenía que pedirla aún un poco más de esfuerzo, que quedaba el último tercio de camino y que no tardarían en llegar a los bajos del castillo. La niña le dijo que estaba un poco asustada, pero que seguro se le pasaría. Fue entonces cuando el sabio saliente le dio el ingenio y le dijo que fuese ella alumbrando el camino y cuando lo cogió con su mano izquierda, este le cogió de la derecha y comenzaron juntos a caminar.

El sabio saliente le dio a conciencia a la niña el artefacto, era la única manera sin tener que preguntarla, de poder conocer su verdadero estado de ánimo. Allí donde las caras a penas se podían atisbar, sería la única forma. Caminando de la mano, trataba de no agarrarle fuerte y así poder también sentir si ella trataba de agarrarle fuerte o no. El desaliento le seguía martilleando la cabeza, no entraba en sus planes encontrar de esa manera a nadie allí, cualquier persona que hubiera quedado encerrado en aquel lugar, fue retirado por los sabios más antiguos, la probabilidad de enconar un cuerpo sin vida o un lugar sin limpiar debía ser cero. Entonces el sabio saliente agitó rápido su cabeza para liberarse de todos esos pensamientos, gesto que trasmitió a la niña. La hizo preocuparse y rápidamente le preguntó si le sucedía algo y él le dijo que estaba bien y que no le pasaba nada, que solo trataba de quitarse ideas innecesarias de la cabeza. La niña le preguntó si podía saber en qué pensaba y él le dijo que pensaba en los posibles sobresaltos que podrían venirles en lo que les quedaba de recorrido pero que pensar en eso le hacía preocuparse demasiado y que quería centrarse en cómo iban ahora. La niña alumbró más adelante y luego los alrededores y le dijo que en ningún momento habían encontrado nada peligroso, que incluso era más peligroso caminar de noche en su pueblo. El sabio saliente, como si contara con el más absoluto desconocimiento de la situación del lugar de origen de la niña, la preguntó si en verdad era tan peligroso como decía.

La niña le contó que normalmente no era bueno salir de noche, habían secuestrado a muchas niñas así que nunca la dejaban salir sola, ni siquiera a la casa del vecino. El sabio saliente que escuchaba con suma atención todo cuanto iba relatando la niña, esperó que acabara para decirla que hubo un tiempo en que en el reino sucedía lo mismo pero que los sabios se encargaron de corregir esa conducta. La niña se quedó callada y luego le preguntó que significaba corregir la conducta. El sabio saliente rápido buscó en su mente la manera de contar algo así de escabroso, y la dijo que tuvieron que hacer cosas no agradables para que dejaran de hacer eso y que era mejor no entrar en detalles. La niña que primeramente dio la callada por respuesta, le dijo que una amiga suya le había sucedido y que al tiempo apareció y que no volvió a ser la misma.

Seguían caminando por el conducto, virajes y cambios de nivel pasaban desapercibidos para ellos, la conversación que mantenían levemente los hacia estar a mucha distancia de allí, pero en verdad seguían caminando con acompañamiento el encierro que suponía ese conducto casi infinito. El sabio saliente conocía de sucesos así y no pensaba que la niña habría sufrido de cerca ese tipo de historias. La dijo que sabía que ella era fuerte pero que no sabía que hasta tal punto. La niña le contestó que ella no era fuerte y él le dijo que el lugar donde estaban ir solo era imposible y ella había estado corriendo y huyendo de alguien y había conseguido zafarse de él, no podía decir que solo fuese cuestión de suerte. Ambos que seguían caminando y charlado, el sabio saliente seguía alagando a la niña y la niña trataba de quitarle importancia, y debió parecerle molesto tanta insistencia del sabio saliente, que de final se soltó de su mano y le dijo que no quería recibir halagos de alguien que no se quería quedarse con ella. El sabio saliente se quedó cortado sin saber que decir, no esperaba semejante contestación, pero permaneció caminando a su lado. No pretendía crear malestar entre ellos pero parece había conseguido enfadar a la niña.

La luz del artilugio enfocado sin ápice de interés el suelo determinaba que así era. Ambos caminaban ahora mudos, con el eco de sus pisadas palpando las paredes de aquel lugar copia de cuantos atrás habían dejado. El sabio saliente volvió la cabeza, bien sabía lo que iba a encontrarse pero sentía tras de sí un sentimiento incómodo de acompañamiento, el acompañamiento de la más absoluta oscuridad. Volvió a caminar mirando para delante, pero solo hasta el límite donde alcanzaba la luz del artilugio. Era luz blanca que aun saliendo de un punto tan minúsculo, lo ofrecía de manera generosa. Al castillo de los sabios una luz así de noche no le vendría mal, aun disponiendo del mejor sistema lámparas de velas de todo el reino.

El sabio saliente entonces se le ocurrió como hacer que la niña sonriera y no estuvieran los dos en silencio. Mientras avanzaban y la luz seguía enfocando al suelo, el sabio saliente empezó a gesticular con las manos en el aire, y cuando consiguió hacer lo que tenía en mente, estornudó fuerte y se detuvo. La niña dio unos pasos hasta que se percató que el sabio saliente se había quedado rezagado. Entonces se giró a la derecha donde debía estar el sabio saliente y enfocó con el artilugio donde debería estar el sabio saliente, pero este muy astuto se separó lo justo para que la luz incidiera solo en sus manos, provocando una sombra con forma de conejo en la pared. Entonces aquel conejo de la pared preguntó a la niña si sabía dónde estaba su madriguera pues se había perdido. La niña le dijo que ellos estaban igual, perdidos sin saber a dónde ir, pero que tuviera cuidado porque había un perro con mucha hambre y que si le viera, se lo comería. Entonces giró el artilugio, enfocó a su mano y de ella surgió la sombra de un perro en la pared, y este por boca de la niña poniendo voz grave empezó a decir que olía a un conejo muy apetitoso y que tenía mucha hambre. Entonces de atrás se empezó a escuchar una risa contagiosa y la niña no pudo contenerse y empezó a reír también. El sabio saliente se acercó a la niña y la preguntó si sabía hacer más animales con las manos. Empezaron a caminar, esta vez con la luz sin el desapego de momentos antes.

La niña le dijo al sabio saliente que no sabía hacer muchos y que ese se le había ocurrido sobre la marcha, y él le dijo que sabía hacer unos cuantos más de cuando hacían las funciones de marionetas. Ella la preguntó que si hacían las funciones de las marionetas durante los meses que los días eran más largos o eran más cortos. El sabio saliente que primeramente se extrañó, entendió rápidamente la forma en que lo había preguntado y le dijo que en los meses donde los días duraban más, unas veces las hacían en el castillo y otras al aire libre. La niña le dijo que nunca había visto algo así pero sus papás en alguna ocasión si habían podido ver de otras veces que habían venido antes de nacer ella. Después de un breve silencio, la niña le preguntó si participaba en todas las actividades y el sabio saliente le respondió que cada año iba alternando de personaje, así no estaba repitiendo todos los años el mismo personaje o la misma obra.

Seguían caminando, caminando por el inmenso conducto el sabio saliente y la niña. El paso que llevaban era monótono, como el lugar, pero contaban con su compañía y el intercambio de recuerdos y anécdotas. El sabio saliente le contaba de que iba las obras en las que había participado y la niña en todo momento todo cuanto le contaba, le prestaba total atención, incluso desviaba la luz del artilugio tantas veces como posturas como muecas y gestos hacia el sabio saliente. Casi se sentía como si estuviera allí mismo interviniendo en la obra y un gran anfiteatro lleno de espectadores estuviera disfrutando de su actuación. En una de esas últimas, el sabio saliente le pidió el ingenio y ya se alumbraba a sí mismo, y conseguía las risotadas y los aplausos de la niña, que a veces incluso se detenían para que pudiera apreciar dentro de lo posible su intervención.

El momento de recordar que aún estaban en el subsuelo fue cuando, ante la sorpresa de los dos, llegaron a lo que debía ser una inmensa sala, pues los aplausos de la niña y la risa de ambos rebotaban alejados. Daba la sensación de estar en un punto de conexión como ningún otro habían alcanzado pues no se parecía en nada a la sonoridad de los anteriores. El sabio saliente observó al ingenio y para su sorpresa, lo que indicaba su posición actual correspondía con donde tenía intención de llegar. Se lo mostró a la niña y la dijo que ahora debían de cambiar de conducto, el último antes de situarse en los bajos del castillo.

Siguieron avanzando y de grande que era aquello, la luz del ingenio no lograba alcanzar pared alguna, solo tenían a su derecha el desnivel. A su izquierda había otra pareja de líneas de metal que parece iban a parar a otro conducto. Avanzaron hacia el final del todo manteniendo los que habían traído en todo momento y estos de nuevo se perdían en lo oscuro. El sabio saliente le dijo a la niña que de frente no podía ser, que debían ascender o descender hasta poder encontrar los que a ellos les interesaba. Retrocedieron un poco y salvaron el desnivel, primero la niña y luego el sabio saliente, y una vez arriba este le pidió que le diera el ingenio. La dijo que debían mirar en las paredes hasta encontrar el que indicara la dirección en idioma antiguo de los bajos del castillo. La niña en todo momento atendía las indicaciones que le daba el sabio saliente y contestaba si a cada cosa que le iba indicando.

Después de recorrer todo el pasillo que conforma el desnivel, solo pudieron verificar que estaban en el sitio indicado por el artefacto. Dos series de pasillos con escaleras que habían dejado atrás al volver a regresar al lugar donde habían salvado el desnivel eran los únicos posibles caminos a tomar. El sabio saliente le dijo a la niña que irían ahora por el más próximo y la dijo que ya estaban cerca de poder salir al exterior. Esta vez no contestó y el sabio saliente que esperaba que le dijera algo, la cogió de la mano y comenzaron a caminar hacia las escaleras. Empezaron a subirlas, eran bastantes y acababan en un giro de derecha, luego un pequeño tramo liso y nuevamente escaleras. Las subieron y al llegar al final, les esperaba un pasillo. El sabio saliente optó por girar a la derecha. Dirigía la luz casi siempre a las paredes en busca de letras que solo a él le resultaban comprensibles. La niña trataba de seguir el paso, de alguna manera el sabio saliente estaba tenso, pero ella no sabía de qué manera preguntarle porque ahora ese cambio de estado de ánimo. El pasillo se acabó en una suerte de escaleras que descendían. El sabio saliente se detuvo. Le dijo a la niña que posiblemente esas escaleras llevaran otra vez abajo, que volverían atrás porque seguramente se habían dejado algún pasillo detrás, y si no seguir al otro lado del pasillo. La niña le dijo que tratara de ir más despacio pues apenas podía seguirle el ritmo, y el sabio saliente se disculpó, le dijo que irían con más calma.

Recuperando los pasos calmadamente iban también más calmadamente registrando cada palmo de aquel pasillo. La emoción de sentirse cerca le había hecho acelerarse demasiado y se sentía irreconocible a si mismo que siempre mantenía la calma. Aquel lugar estaba sacando muchas cosas de él que nunca había experimentado.

La rapidez de momentos antes le había hecho pasar por alto una puerta, trató de abrirla pero no pudo ser, así que siguieron avanzando y llegaron al extremo donde habían empezado. El sabio saliente le dijo a la niña que habían tomado solamente un puente que comunicaba los dos sentidos que tenía aquel lugar y que solo les quedaba ir al siguiente que encontraron. La niña le dijo que siguieran pero que tratara de ir despacio y el sabio saliente se disculpó nuevamente.

Volvieron a encontrarse en el lugar donde se hallaban los desniveles, avanzaron al siguiente lugar que permitía recorrer nuevos pasillos. Cuando llegaron el sabio saliente le dio la corazonada de que aquel pasillo cumpliría la misma función que el otro pero aun así lo tomaron. Subieron por las escaleras que estaban a la izquierda, luego de nuevo un lugar llano y de nuevo escaleras arriba. Cuando dieron la tercera vuelta la sensación era la misma que antes, estaban por encima de los desniveles, era otro puente por el que poder cruzar. Ni se molestó en pensar que tendrían que ir alumbrando las paredes, caminaron todo el paso y al llegar al final se encontraron con de nuevo con un mismo juego de escaleras.

De nuevo en la parte de los desniveles, pero esta vez del otro lado, el sabio y la niña comenzaron a caminar enfocando la pared del lugar en busca de alguna pista, pero no hallaban nada. Su suerte era que aun el ingenio les daba luz, pero el sabio saliente estaba intranquilo, aquel lugar era inmenso y quedarse sin luz allí sería nefasto. No le dijo nada a la niña, que seguía sus pasos muy de cerca a su izquierda. Cuando llegaron al final de aquel sitio, unas escaleras se presentaron ante ellos y sin mediar palabra empezaron a subirlos, como sabiendo que era la única opción de avanzar que les quedaban.

Aquellas escaleras eran inmensas y daban a parar a un lugar llano. El sabio saliente enfocó adelante y algo les devolvió todo el brillo de la luz que les cegó un poco. A la niña le debió molestar de la misma manera que se quedó parada y se quejó un poco. El sabio saliente avanzó hacia delante y constató que lo que les había devuelto el brillo era un cristal que no era un espejo. Enfocó hacia atrás y le dijo a la niña que viniera, que no había peligro. La niña le hizo caso y cuando llegaron, le dijo que detrás del cristal había restos arqueológicos de una era antigua más antigua que aquel lugar. Trató de mostrárselos pero aquel cristal estaba casi opaco, el tiempo o algo había causado que ya no fuera como en un principio se había construido. La niña que miraba donde enfocaba el sabio saliente, le preguntó que era arqueotroópico. El sabio saliente se rio un poco y la corrigió.

Frente a la cristalera gigante, nuevas escaleras que subían. Avanzaron hacia ellas y según las iban subiendo, el sabio saliente le iba explicando que era la arqueología, pero cuando llegaron al final de ellas, se vio en la necesidad de detenerse. La sensación que recibió al llegar al final de estas era bien distinta a todo cuanto habían tenido anteriormente. El eco de la voz daba indicios de que era diferente a todo cuanto habían ido descubierto, y la luz, según caminaban, constataba totalmente esa percepción. Aquella nueva sala albergaba cosas de lo más variopinto. El sabio saliente rápido supo que era, y avanzando, con la niña a su izquierda, miraban todo cuando iba alumbrando. Le terminó de explicar sobre la arqueología y luego se detuvo justo en frente lo que parecía una tienda. Justo delante tirados en el suelo, láminas de papel, más bien libros de papel, pero de muy pocas páginas. El sabio saliente dijo el nombre de aquellas cosas en idioma antiguo, le entregó a la niña el artilugio, se agachó y cogió aleatoriamente uno de ellos. Ojeó rápidamente el primero y luego más lento enseñándoselo a la niña, le dijo que salían imágenes de personas de aquella época, era como una publicación de noticias de la época antigua. Miraron un buen rato juntos aquello y luego lo depositaron de nuevo donde lo hallaron.

El sabio saliente sabía que ese lugar podía deparar cosas aún más sorprendentes pero el tiempo apremiaba y decidió explicarle de manera breve a la niña que era aquel lugar. Alumbró al techo y vio que era más bajo que cuando estaban en los puntos de conexión. Le dijo a la niña que este lugar era como estar en feria pero todos los días, había puestos que vendían constantemente cosas y que estaba muy transitado. La niña le dijo que seguramente de poder disponer de una luz más grande podrían verlo todo con más claridad y que le gustaría verlo, el sabio saliente dijo que él también pero que tenían que encontrar la forma de tomar el último conducto.

Comenzaron a caminar, la luz ya no alumbraba a paredes uniformes sino a cosas de lo más variopinto. Debían de intentar localizar en verdad algún indicador donde el sabio saliente pudiera leer a donde dirigirse, cosa que no estaba fácil, no era diáfano aquel lugar, era fácil toparse con algún pilar o paredes salpicadas de cortina metálicas. Nada guardaba un orden, era todo medianamente caótico. Al ir enfocando sin orden y concierto a todo cuando iba pasando por delante de ellos el sabio saliente dijo a la niña que no sabía que sería de ellos sin la luz del artilugio, ahora más que antes. La niña le preguntó si en verdad estaban perdidos y él dijo que sí. Ella para animarle le dijo que confiaba en él y que seguro podrían llegar al final.

Caminar es lo único que les quedaba, esta vez sin líneas metálicas que sirvieran de camino, tampoco el ingenio podría determinar que sitio ir exactamente aunque ya les había informado que estaban en el sitio adecuado. Pronto dieron con un área que tenía una hilera de obstáculos que estaba presente en otros espacios que ya habían visitado, aunque eran algo distintos. El sabio saliente fue siguiendo el reguero dejándolos a su derecha, los iba alumbrando, eran idénticos unos a otros, eran una suerte de muros que impedían pasar al otro lado pero solo llegaban hasta la cintura. Cuando llegaron al último de todos dieron con una pared, que tenía una suerte de mapa. El sabio saliente lo examinó, la niña miraba a donde iba alumbrando y no entendía nada de lo que ponía. Luego el sabio saliente llevó la luz a la izquierda y encontraron un armario con productos, muy parecido al que momentos antes encontraron, y justo al lado un pasillo. El sabio saliente que alumbraba con la derecha, cogió a la niña con la mano izquierda de la mano y fueron al pasillo. La niña le preguntó si ese era el que debían de tomar y el sabio saliente dijo que no lo tenía claro pero que iban a ver, necesitaban encontrar carteles con línea color rojo.

El sabio saliente y la niña avanzaban por el nuevo pasillo, cuadrado del todo era él. Buscaba el sabio saliente el cartel con la línea roja, y la niña que era la única pista que tenía, también. No podía leer los carteles pero un color así era fácil de ver.

Se notaba al caminar por aquel pasillo una ligera inclinación hacia abajo, de alguna manera era reconfortante, como si llevaran buen camino cogido, pero sin saber si era el correcto, no era tan importante. El sabio se detuvo en seco en cuanto vio el cartel que andaba buscando, la niña lo señalo rápido y dijo rojo, y el sabio saliente dijo el nombre del lugar donde estaba emplazado los bajos del castillo pero en idioma antiguo. Avanzaron hacia delante y pronto dieron con unas escaleras metálicas que nacían de la pared de la derecha. Esta vez le preguntó a la niña si debían tomar esas escaleras y la niña sorprendida en ved de contestarle, le agarró fuerte de la mano y empezó ella a bajar primera por aquellas escaleras.

Cuando lograron llegar al final de las escaleras, el sabio saliente dio luz a las paredes de aquel lugar y enfrente tenían un desnivel. El sabio saliente le dijo a la niña que muy probablemente habrían alcanzado el conducto que les llevaría debajo del castillo pero que antes debían asegurarse que ese era el idóneo. Giraron a la derecha y comenzaron a caminar. El sabio saliente a su derecha tenía toda una pared donde tratar de buscar información y su mano izquierda buscaba la derecha de la niña. Cuando ya pudo tomarla, el sabio saliente ya si pudo poner todos sus sentidos en lo que iba hallando.

La niña le preguntó por el nombre del lugar que iban buscando y él no tuvo que decirlo pues pudo señalarlo de un cartel que hallaron a medio recorrido de aquel lugar. Se acercaron y marcó con el dedo donde estaban y luego a donde debían dirigirse. Luego le enseñó en el artefacto y le dijo que lo complicado estaba pasando el punto de conexión del lugar a donde iban ya que no habría forma de distinguir cual es la entrada exacta a los bajos. La niña no supo cómo reaccionar a lo que acababa de decir, solo pudo percatarse del color rojo. El sabio saliente la dijo que no había forma si eras una persona corriente pero él si lo sabía. Luego le dijo que ya sabía que dirección tomar de aquel conducto y que no tendrían que caminar mucho hasta llegar allí.

Solo necesitaron unos pocos de pasos para ponerse al borde del desnivel, el sabio saliente le dijo que ya era el último que debían coger. Primero bajo él y luego ayudó a la niña a repetir la acción y una vez ambos en el suelo, comenzaron a caminar entre las líneas metálicas del nuevo conducto que estaban tomando.

El conducto por el que caminaban se sentía distinto, el caminar hacia un eco distinto. El sabio saliente sabía que aún quedaba por pasar los momentos más difíciles, echo que se mezclaba con la euforia de estar próximos a la salida. La euforia quería nublar a la serenidad y al escepticismo que pedía el momento, había tratado de contenerlo pero la proximidad de la salida le tenía las de ganar. Ahora él necesitaba que la niña sacara algún tema de conversación con el que tratar de ponerlos a cada uno en su sitio.

Estuvieron un buen rato caminando, la niña no soltaba su mano y el sabio saliente encontró en su tranquilidad el confort que necesitaba, la preguntó que como se sentía y ella contestó que cansada, que llevaban un buen rato caminando sin detenerse. El sabio saliente le dijo que lo peor era estar aquí dentro sin saber muy bien si aún es de día o de noche, que echaba en falta poder ver el cielo y respirar aire fresco. La niña le dijo que ella igual, y también comer algo. Él le dijo que por comer no se preocupara porque al lugar que iban habría fruta y allí podrían comer. La niña le dijo que en los días que había pasado en el reino, había podido comer la mejor fruta que había probado en toda su vida. El sabio saliente le dijo que era un alago oír eso, pues hay mucho esfuerzo por parte de los agricultores de sacar lo mejor de la tierra durante todo el año, y luego la comentó si había tenido la oportunidad de poder visitar los campos. Ella le contestó que solo de pasada y que le gustó mucho. El sabio saliente entonces calló en la cuenta de que no había podido usar lo que compró para hacer la carta de recomendación y se lo hizo saber a la niña, y que cuando estuvieran afuera harían por pasarse escribirlo. La niña le dijo en tono triste que esperaba fuese así pero prefería no hacerse ilusiones.

De nuevo a sus oídos el eco alejado de pisadas llegó, el que avisa de la llegada a un nuevo punto de conexión. El sabio saliente le dijo a la niña que subirían solo a echar un vistazo y comprobar que era el lugar donde querían ir, así que procedieron a subir a lo alto del desnivel. Ya arriba el sabio saliente y la niña de la mano los dos, buscaron el cartel del nombre del lugar y no tuvieron que caminar mucho para dar con él. El sabio saliente había acertado en tomar el conducto que habían elegido, se encontraban justo donde habían pensado que llegarían. Miraron a la cartografía del artefacto y marcaba el lugar donde se encontraban. El sabio saliente le dijo a la niña que ahora bajarían y que tenían que hacer una cosa para poder acceder al interior del castillo. La niña le preguntó que era y él le dijo que tintinear con los pies. Tintinear pensó el sabio que no era una palabra que supiera, suposición no errada pues la niña se quedó sorprendida, sim embargo no dijo más y bajaron al lugar donde estaban las líneas metálicas. Entonces se pusieron a caminar pero el sabio saliente comenzó a ir dando toques con el pie a una de las líneas metálicas del suelo, la de la derecha. El sabio saliente le dijo a la niña que debían encontrar un punto donde sonara distinto, pero dentro del conducto, y las dos líneas. La niña le preguntó que por qué razón y él le dijo que eran la llave para poder acceder a los bajos del castillo.

Se adentraron al conducto yendo el sabio saliente a la derecha de la línea de metal de la derecha y la niña del izquierdo de la izquierda. Anduvieron un breve momento y entonces el sabio saliente se detuvo y alumbró su línea y le dijo a la niña que primero el iría dando toques con el pie un rato y cuando hubiera avanzado un poco, se pararía y luego la alumbraría a ella para repetir la misma acción. Entonces comenzó a caminar dando con la punta del pie a la línea. Sonaba un golpe ligeramente agudo metálico cada vez que le daba con el pie, avanzó haciendo eso diez pasos y luego se detuvo. Alumbró a la niña y ella comenzó a caminar, haciendo igual que el sabio saliente. Este agudizaba el oído en busca del sonar distinto. Cuando la niña llegó a su altura, el sabio volvió a caminar, haciendo sonar la línea metálica con el pie. Diez pasos y la niña comenzó a caminar. El sonido a oídos del sabio saliente iba sonando igual. Ahora era el turno del sabio, de nuevo diez pasos, y con el pie no pudo extraer ningún sonido diferente. Ahora el turno de la niña, un paso y un toque a la línea, sonaba ligeramente agudo, volvió a dar un toque con el pie, sonó agudo. El sabio le dijo que se detuviera y volviera a darle, le volvió a sonar agudo. El sabio le dijo que tratara por todos los medios de no perder el sitio donde había tocado con el pie. Ahora el sabio comenzó a caminar, y a cada paso, un toque a la línea de metal, un paso y un toque. El sonido ligeramente agudo le acompañaba a cada toque que daba con el pie. La niña la iba dejando atrás por momentos y el sonido agudo no aparecía. Se detuvo y le preguntó a la niña si se encontraba bien y ella le dijo que sí. Entonces dio otro paso, un toque con el pie y obtuvo el sonido agudo. De golpe la niña dijo un ahí y el sabio saliente rápido supo que era, pues a él también se le cayó encima una soga bastante fuerte y ancha que aun pendía del techo. En el extremo tenía un agujero y al alumbrar al techo vio cómo se había abierto un hueco por el que se colaba la soga. Entonces el sabio saliente le dijo a la niña que se sujetara como pudiera en la cuerda y que para nada se soltara, que solo tenían un intento y que no tuviera miedo. La niña a lo lejos contestó que lo intentaría y el hizo lo propio, se agarró a la soga y apoyo sus pies en la punta de la soga. En principio no sucedió nada pero de golpe empezó a recogerse la soga. Estaba subiendo al sabio saliente hacia arriba y esperaba que hiciera lo mismo con la niña.

El hueco que se había abierto por el techo del canal era estrecho y olía a tierra, pero era lo suficiente amplio para que el sabio saliente pudiera ir ascendiendo, una ascensión que se iba haciendo por momentos más angustiosa. Debía aguantar pues al final de ello entrarían a los bajos del castillo de los sabios. La luz del artefacto se colaba por el tejido del pantalón del sabio y no estaba de todo oscuro ahí dentro. Debía mantenerse erguido si no quería rozarse con las paredes y mirar solo podía mirar para los lados o arriba y una de esas veces que lo hizo, empezó a ver la salida. El aire daba la pista de que estaba encontrando la salida pues se iba notando por momentos distinto como estaba abajo, y cuando ya sus oídos dejaron de zumbar por la estrechez del lugar, supo que ya estaba en los bajos del castillo. La soga se detuvo y pudo poner pie en el suelo, con cuidado de no colarse por el agujero por donde había subido. La soga de pronto siguió subiendo y el sabio saliente alumbró los alrededores, y vio que en el techo de aquel lugar prendían infinidad de sogas. Sabía que estaban para despistar.

La sala donde había aparecido era la estancia inferior del castillo. No había tampoco luz allí ya que, cuando se necesitaba bajar, se venía con velas. Oía pasos, la niña venia hacia él, era fácil encontrarle gracias a la luz del artilugio. La niña le abrazó y le dijo que había pasado mucho miedo. El sabio saliente le dijo que le perdonara, que no sabía exactamente que mecanismo se iba a activar. La niña le dijo que no pasaba nada, que ya estaban juntos. Luego se separó y le preguntó que donde estaban, y el sabio saliente le dijo que en la parte más baja del castillo. Debían de buscar el almacén de la fruta y luego otra sala. También le dijo que no tardarían apenas en poder salir al exterior. La niña le dijo que no podía aguantar más la espera.

El sabio saliente cogió de la mano a la niña y se dirigieron a la salida de la sala. Abrieron la puerta y fueron a un pasillo de piedra. El sabio saliente no esperaba encontrar a nadie por allí, ni a los sabios ni a los recaderos, pero aun así le pidió a la niña que guardara el máximo silencio. Cogió el artilugio, alumbro alrededor, y luego con la mano tapó la luz y a oscuras comenzaron a caminar. Despacito, muy despacito, sin apenas hacer ruido. El sabio conocía el lugar al dedillo, pero puso el máximo de cuidado para que pareciese que allí no había absolutamente nadie. A la niña se le hacía difícil caminar a oscuras pero estando con el sabio saliente no tenía nada de miedo. Un pasito tras otro iban dando, conteniendo casi la respiración. Era ya una suerte haber llegado allí, estaban próximos a poder salir se decía, debía aguantar un poco más se decía.

El sabio saliente se detuvo, apartó la mano del artilugio y alumbro a la pared. No encontró lo que buscaba, pero al mover a la derecha la luz, lo encontró. Era una puerta de madera. El sabio le dijo que debían volver ahí después de llegar al almacén de fruta. Continuaron avanzando, a oscuras de nuevo. Un ligero olor a frutas comenzaba a llegarles y el hambre empezó a aflorar en ambos a modo de ruidos de estómago. Una sonrisa se les escapó, y luego a la vez se mandaron a callar con el dedo índice. Siguieron avanzando, sin luz, y la niña muy bajito le preguntó al sabio si quedaba mucho, y él le dijo que girar a la izquierda y un poco más. Se detuvieron y alumbró hacia delante. Se pudo ver el giro del pasillo a derechas por donde transitaban. Volvió a poner la mano encima de la luz y siguieron caminando. El sabio había calculado los pasos necesarios hasta llegar al giro a derechas y cuando llegó el momento, giraron y siguieron avanzando.

Caminaron, caminaron un buen rato, hasta que el sabio saliente se detuvo y apartó el dedo del artilugio, la luz se hizo allí donde apuntó, había una puerta y el sabio avanzó hacia ella y la abrió. Habían llegado al lugar donde emanaba el olor de las frutas que les había estado acompañando. Pasaron dentro y luego cerraron la puerta.

Allí dentro el sabio saliente ya si hizo uso de la luz del ingenio y alumbró a la estancia. Era una grande, con multitud de cestas donde habían guardadas todo tipo de frutas, desde manzanas, peras, limones pasando por uvas, franhuesos. Al sabio saliente se le hizo la boca agua pero a la niña mucho más. El sabio saliente le dijo a la niña que iban a coger tres piezas de cada, que intentara cogerse un poco de la falta para irlas echando. Entonces fueron pasando por el interior de la estancia y el sabio iba echando tres piezas de fruta de cada una que una alumbrando con el ingenio. La oscuridad y el lugar eran según contaba el sabio, idóneos para mantener fresca la fruta y durar un poco más. La niña no iba dando crédito de la cantidad de fruta que estaba echándose en la falda, le dijo que nunca había visto tanta fruta junta y menos que se la fuera a comer, y él le dijo que había que dejar una de cada para lo que necesitaban hacer. Cuando ya la falda estaba bien cargada, el sabio saliente abrió la puerta de la estancia y alumbró a un lado y otro del pasillo, no había nadie, ni siquiera un mínimo sonido. Le dijo a la niña que saliera y comenzaron a caminar de vuelta a la estancia que se habían dejado atrás.

El sabio saliente, al no poder coger de la mano a la niña, esta vez si iba usando la luz. Así fue un rato hasta que vieron que llegaban al giro, entonces la pidió que esperara un poco y el avanzó. Se asomó al esquinazo, y cuando vio que no había nadie, la hizo un gesto para que avanzara. Cuando llegó a su altura siguieron avanzando, le dijo que era una suerte no hubiera nadie por allí. El sabio saliente iba por delante y la niña detrás. El sabio saliente conocía bien el lugar así que no se paraba en ver aquí o allá, simplemente iluminaba el suelo para ver por donde pisaban.

Caminaron, caminaron un buen rato y no llegaban al lugar, la niña sospechaba de alguna manera que estaban dando más vuelta que la de antes pero confiaba tanto en el sabio saliente que no quiso preguntar nada. La luz que venía de delante iluminaba lo justo para ver las frutas en su falda, y estaba deseando llegar a donde fuera para comer. Entonces el sabio saliente se detuvo en una puerta, primero la tocó y luego puso el oído, se separó y acto seguido metió el dedo por donde debía haber un picaporte, y luego giró la muñeca y se oyó como un mecanismo. Entonces la puerta se abrió, el sabio saliente sacó su dedo del agujero y cuando esta se abrió del todo, pasó el primero y luego ella. Era una sala igual, totalmente a oscuras, parecía muy similar a la de antes pero en esta ocasión no había cestas con frutas. El sabio saliente entonces dijo que debía buscar el suyo y fueron avanzando por la estancia a oscuras solo alumbrados por la luz de artilugio.

Lo que iba alumbrando con el artilugio era difícil de describir, el sabio saliente sabia de sobra que eran aquellos artículos que había apoyados en la pared de aquella estancia. Pensó que la niña no lo sabría, así que le explicó brevemente que eran los instrumentos con los que los sabios prolongaban su tiempo de vida. Cuando quiso añadir algo más, se detuvo, parece había encontrado el suyo.

La niña se detuvo justo detrás del sabio saliente y él se agachó para recoger aquello, y una vez que lo cogió se sentó, y le pidió lo mismo a la niña, que como iba cargada de las frutas solo pudo arrodillarse y poner apoyado en el suelo su falda con las frutas. Uno sentado frente del otro, el sabio saliente decidió apoyar el artilugio boca arriba para que pudiera alumbrarles y de paso utilizar las dos manos para operar aquel cilindro tan extraño que había cogido, un cilindro de metal con una especie de tubo. El sabio saliente le explicó a la niña que en el cilindro se depositaba la fruta hasta llenarlo y que luego se ponía la punta del tubo en la boca, llevándose el extremo del tubo a la boca. Tenía la forma exacta para que se adaptara a la forma de su cara, y luego una cinta se la pasaba por detrás para dejarlo aún más fijo, pero solo hizo la demostración para enseñarle a la niña, se lo volvió a quitar, le dijo que una vez que se accionara, no podría hablar. La niña le preguntó que era ese artilugio y él le dijo que era lo que les permitía ser inmortales, era una reliquia de tiempos pasados y que semanalmente debían pasar con ello puesto medio día, y si lo dejaban de hacer, perdían la inmortalidad. Ambos callaron, y luego la niña le dijo que podía escapar llevándose uno y él le dijo que era imposible. Ella le dijo que si se lo llevaba si podría estar con ella y él le dijo que solo lo usaría para recobrar momentáneamente su condición de sabio para que pudiera salir de allí y que por favor no tratara de discutir con él y que comieran la fruta antes de activarlo. Él le cogió la mano, era un acto de perdón y de compasión, él le encantaría poder salir y estar juntos, era su manera de decirlo, pero él sabía que no podría ser. Soltó la mano de la niña y cogió una manzana, ella tardó en reaccionar pero al final cogió una pera. Allí sentados, en ese cuarto, los dos saboreaban las piezas de fruta en silencio, de alguna manera sería parece ser, la última vez que iban a estar juntos.

El sabio iba apartando las piezas de fruta que iba a necesitar y las demás las iba comiendo. La niña iba a menos ritmo que él, de manera que el terminó antes. La niña permanecía sentada y él se arrodillo, apoyó el cilindro sobre su regazo, puso la mano sobre él y por la parte de abajo a la vista de la niña se abrió como un compartimento. El sabio saliente comenzó a introducir por la abertura las piezas de fruta que había apartado. El sabio saliente le dijo que le llevaría poco tiempo pero que no podría hablar hasta que acabara el proceso y la pidió que se hiciera cargo del artilugio. La niña sin decir nada, se incorporó un poco y cogió el artilugio del suelo y se puso a enfocar al cilindro que tenía el sabio en el regazo. Ahora podía ver claramente como estaban entrando las piezas de fruta dentro pero solo le dio tiempo de ver la última. El sabio puso de nuevo la mano sobre el cilindro y la apertura se cerró. Luego el sabio le pidió a la niña que cuando se pusiera el tubo en la boca, le gustaría estar a oscuras y la pidió que cuando le viera cerrar los ojos, que tapara la luz para que no le molestara. Ella asintió con la cabeza y entonces el sabio saliente repitió la misma acción que antes, se llevó el tubo a la boca y con la cinta se lo fijo bien a la cara. Tapaba completamente su boca y su nariz. El sabio saliente observaba a la niña, ponía cara de miedo y de sorpresa y él trataba de decirle con la mirada que estuviera tranquila. Entonces el sabio saliente volvió a tocar la máquina y esta empezó a hacer un ruido por dentro y el sabio saliente cerró los ojos. La niña obediente cogió y tapó la luz con la mano. No se veía nada. El sabio saliente había hecho durante su larga existencia una vez por semana el mismo proceso, pensaba que cuando salió del castillo de los sabios nunca volvería a hacerlo, y sin embargo se encontraba de nuevo haciéndolo, esta vez delante de alguien. Nunca lo había hecho acompañado, era un acto solemne que cada sabio hacía en su cuarto, solo sin nadie, él estaba ahora delante de una persona, de la niña por la que se había volcado de manera inexplicable.

El sabio saliente meditaba en el silencio de la sala a oscuras con los ojos cerrados, la niña había dejado de comer las piezas de fruta, quizás pensó que no debía hacer nada de ruido. Estaba tan silenciosa que pensaba el sabio saliente no había nadie delante de él. Ahora no podía abrir los ojos, sabía que en cualquier momento vendría la parte dolorosa del proceso. Un tenue momento de luz se coló dentro de sus ojos, fue algo breve, muy breve. Por acto reflejo fue a abrir un ojo para ver que era pero sucedió el momento doloroso que estaba esperando. La parte interna del tubo que se había colocado en la boca estaba ascendiendo dentro de su garganta y bajaría directamente a su estómago. No era una sensación nueva para él pero siempre lo pasaba mal, iba notando como el tubo bajaba por su garganta. Debía aguantar, siempre lo había hecho, por doloroso que era. De golpe sintió un fuerte pinchazo por la espalda, por la parte izquierda, un pinchazo certero hacia el corazón que se lo atravesó. Fue entonces cuando el sabio saliente dejó de sufrir dolor. Fue entonces cuando el sabio saliente dejó de respirar. Fue cuando el sabio saliente dejó de vivir.

Lo que había atravesado el corazón del sabio saliente permanecía dentro del sabio saliente, el cual iba buscando tomar contacto con el tubo que había bajado por la garganta del sabio saliente. Cuando se hallaron los dos, se conectaron como si fueran piezas hechas adrede para ello, y luego empezaron a recogerse, el de la garganta hacia el cilindro y el que atravesó el corazón del sabio saliente rápidamente salió de su cuerpo. En la punta portaba una especie de esfera, más bien pequeña y gelatinosa. A oscuras no se veía bien el color que era pero la niña no necesitaba apreciar ese detalle. El cuerpo del sabio saliente cayó al suelo inerte. De su cuerpo no emanaba nada de sangre, la niña había acertado de lleno y había ejecutado con precisión todos los pasos, ya tenía lo que quería.

Estaba de pie, con el artilugio en la mano y la luz apagada. La fruta que no había comido estaba en el suelo. Se atusó un poco la falda y se llevó la mano derecha atrás, en busca de la falda y sobre todo, si se había atravesado la falda, pero hasta incluso eso lo había hecho bien. Manipuló el artilugio y activó la luz, y enfocó al sabio saliente. Le dijo gracias y hasta siempre y se dio la vuelta. Se concentró por un momento en su espalda, justo donde supuestamente debía acabar su columna vertebral, y se concentró para que lo que continuaba y pasaba por debajo de la falda se recogiera y quedara oculto por ella. En la punta portaba la esfera gelatinosa que había tomado del sabio saliente, debía cuidarla más que a su vida.

Cuando la niña sintió que estaba todo en orden, abrió la puerta por donde habían entrado momentos antes, y sin mirar al lugar donde yacía el sabio saliente, salió de la estancia y volvió a cerrar. Empezó a caminar por los pasillos de los bajos del castillo, en la mano derecha portaba el artilugio pero no usaba la luz para ver por dónde transitaba. No corría, pero su caminar era bastante rápido. No miraba los detalles de los pasillos, solo se concentraba en volver a encontrar la sala por donde habían ascendido. Era un lugar casi laberintico pero había memorizado los giros que habían tomado.

Necesitó la cuarta parte del tiempo que habían dedicado antes para encontrar la sala donde descansaban en el techo todas las sogas. Rauda buscó los dos orificios que estaba abiertos por el suelo y rápido encontró por el que había subido el sabio saliente. Se situó en el borde del hueco, alumbró con el artilugio hacia arriba y cuando tuvo claro que hacer, volvió a concentrarse en el extremo de su columna vertebral y la extensión que portaba la bola gelatinosa volvió a alargarse y alargarse y alargarse hasta que llegó al techo. Con sumo cuidado, tratando de no malograr la bola, la pasó por los orificios de varias sogas y se agarró fuertemente a ellas, tiró y cuando vio que estaba bien sujeta, comenzó a descender con sumo cuidado por el orificio. Se recordó a si misma que no tenía mucho tiempo y debía ejecutar meticulosamente todos los pasos.

A un ritmo prudente, descendía por el orificio y en una décima parte de lo que habían tardado antes, había logrado poner pie en el suelo del canal. Cuando así lo hizo, debía ahora de recoger toda la extremidad y ocultarla de nuevo bajo la falda. Debía evitar en todo momento que la bola tocara las paredes del hueco por donde había bajado así que se concentró muy mucho en ello, alumbró hacia arriba y comenzó a recuperar todos los metros que había ido utilizando para poder descender. Poco a poco, con delicadeza, fue recuperando todo lo que había dispuesto y cuando vio aparecer la bola sintió mucho alivio. Cuando estaba de nuevo oculta debajo de la falda, manipuló el artilugio y la parte que ofrecía luz e imágenes cobró vida. Dirigió su mirada a uno de los extremos y vio que había trascurrido una décima parte del tiempo del que disponía. Aun podría conseguirlo. Apagó el artilugio pero seguía usando la luz para alumbrarse. Comenzó a caminar con la misma agilidad con la que se había movido por los bajos del castillo, aún tenía mucho por recorrer. Sabía exactamente por donde debía ir, lo había memorizado todo, nada debía ir mal, tenía que conseguirlo.

Llegó a las escaleras que eran de metal, ascendió rápido y luego atravesó todos los pasillos que había traído anteriormente, incluso la parte donde tuvieron que entretenerse más, y cuando llegó al nuevo conducto, volvió a manipular el artefacto y a dirigir su mirada a la parte de arriba. Había trascurrido ya cinco décimas partes del tiempo que disponía. El tiempo estaba siendo traicionero, ahora había decidido avanzar rápido, debía darse mucha prisa.

Comenzó a avanzar rápida por el canal, había atravesado el que tantas vueltas tuvieron que dar, solo quedaba conseguir llegar al punto de conexión antes de ese. Era un tramo largo y posiblemente el tiempo que quedase iba a ser ínfimo, debía correr rápida, sin echar a perder la esfera, sin caerse, sin perderse. Sabía que su cuerpo no podría aguantar mucho el ritmo que había tomado, pero el tiempo apremiaba.

A la velocidad que corría, las líneas metálicas le servían de guías pues devolvían la luz del artefacto con mucha claridad, pero debía tener cuidado no pasarse del punto de conexión o seria tiempo perdido. Y no estaba precisamente para perder tiempo. En ciertos momentos con los que estaba de manera distendida con el sabio saliente, no podía prestar atención ni memorizar un solo recoveco por donde habían ido transitando los últimos momentos, así que debía poner extra de atención. Cada cierto intervalo alumbraba a la pared de su izquierda en busca del área de conexión, allí debía pararse en seco y superar el desnivel. Era estresante y a la vez acarreaba un problema el perder de vista por un momento las líneas metálicas, pero tenía que hacerlo, debía llegar antes de que se le acabase el tiempo.

Las contó, necesitó cerca de trece veces intercambiar entre las líneas metálicas y la pared, pero por fin pudo llegar al punto de conexión. Se detuvo casi en seco, subió ágilmente el desnivel y se encaminó por los pasillos rápidamente, los pasillos que la llevarían al área donde trataron de sacar los alimentos del mueble, la misma donde reposaba inerte el cuerpo del niño.

Rápida, rauda, se plantó en la sala y se detuvo en seco en la entrada. Tenía a escasos metros al niño. Rápida consultó el artefacto, volvió a mirar esa parte del rectángulo y pudo comprobar que aun la quedaba una décima parte del tiempo. No podía respirar tranquila, debía de ir al niño cuanto antes. Dio las ultimas quince zancadas lo más rápida posible y se puso justo al lado del niño. Estaba en la misma postura que le habían encontrado. Se volvió a concentrar en su columna vertebral, en el extremo que tenía la esfera gelatinosa. Aun la sentía gelatinosa. Aun había tiempo, quizás en esta ocasión podría conseguirlo. La extensión se dirigió hacia el niño, concretamente al pecho. Ella le levantó la camisa y cuando el pecho del niño estaba visible, apretujó la esfera gelatinosa en la parte izquierda del pecho del niño, justo en el corazón. Cuando tomó contacto, la espera comenzó a introducirse dentro del niño. Ella no para de mirarle, de mirarle y de suplicar que volviera a respirar, que volviera a latirle el corazón. Cuando la esfera gelatinosa había pasado a formar parte del cuerpo del niño, ella dejo caer la extensión al suelo y se concentró en escuchar de cerca el latido del niño. Puso el oído en el mismo pecho del niño, en busca del más leve palpitar. No es cuchaba nada. Ella le daba ánimos, y no paraba de suplicar que volviera a respirar. Esta ocasión había hecho todo perfecto, nada debía fallar. Nunca lo habían tenido tan cerca, esta vez no se les escapará de las manos.

Le cogió de la mano en busca de pulso, y le pareció que volvía a tenerlo. No quería falsas alarmas, quería que fuese cierto. Volvió a acercar el oído al pecho del niño y muy muy muy levente, sentía el latir del corazón. La niña no podía contener las lágrimas, estaba sucediendo en verdad, estaba volviendo a la vida. Se separó un poco del niño y el pecho del niño se movía, estaba respirando. La niña le acarició el cabello y lo miraba con mucha ternura. Estaba también un poco enojada, enojada con él, pero también feliz, lo habían conseguido.

El niño había recobrado la respiración, ya no era un cuerpo inerte, pero no iba a recuperar la consciencia. Ella lo sabía de sobra. Ahora quedaba por hacer una última cosa, cogerle en brazos y salir de allí. Se agachó y lo cogió en brazos, y una vez que lo tenía fuertemente comenzó a subir las escaleras una a una. Sabía que la miasma del exterior podría afectarla, pero contaba aun con el tiempo de gracia. Despacito iba subiendo una escalera tras otra. Cuando llegó arriba del todo, pudo presenciar de nuevo el mundo antiguo, pero lo hizo brevemente. Giró a su izquierda y avanzó a un punto donde se hacía visible el mundo actual, al mundo donde deseaba regresar. Recordó los pasos a seguir para salir con éxito. Se dio media vuelta y comenzó a andar marcha atrás, tratando de poner los talones todo lo que podía por delante de todo el cuerpo, debía hacerlo hasta sentir que había resistencia. Dio como cinco pasos marcha atrás hasta que la sensación de resistencia apareció. Entonces comenzó a apoyar la espalda, tal y como habían ensayado, y luego, solo debía de apoyarse y aplicar fuerza en esos tres puntos, muy constantemente, sin detenerse, así el tiempo que hiciera falta. Y entonces de golpe y porrazo ya estaba al otro lado. Había vuelto al reino. Se encontraba en una de las plazoletas que días antes había estado tocando. No había nadie alrededor. Estaba amaneciendo. Comenzó a caminar, se sentía libre, totalmente libre. En sus brazos, el niño, estaba vivo, inconsciente pero vivo. En el regazo de este, del artefacto empezó a emanar una melodía, una programada por él. Su extensión empezaba a recogerse sola sin que ella tuviera que concentrase en ello. Comenzó a caminar en busca de la salida del reino y una especie de chasquido sucedió detrás de ella, pero no le dio importancia. Mientras avanzaba, mientras que por el orificio provocado por el chasquido la miasma finamente se iba escapando, miro al niño entre sus brazos y felizmente escuchando la música le dijo:

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“Hay mi tontorrón, te dije que lo conseguiríamos… aunque mírate ahora, tendré que buscar la forma de que abras los ojos.”

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día seis

Y entonces fue a parar a un lugar donde, de un lado había escaleras que ascendían hacia el exterior y del otro lado, un inmenso cuarto encerrado en oscuridad. La puerta que había formulado, había funcionado.

Sin haber estado nunca allí sabía que le deparaba cualquiera de las direcciones, solo dependía de sí mismo decidir. Sentía que las escaleras le llamaban, a su derecha le deparaba toda una búsqueda por hacer a oscuras, la niña en algún lugar dentro de la inmensa oscuridad le aguardaba, pero el saciar su curiosidad le estaba pudiendo demasiado. Optó por girar a su izquierda y despacito, escalera a escalera, empezó a subir. Recordó que debía contener la respiración y así hizo, era probable que hubiese algo pernicioso en el ambiente, algo que de entrar a sus pulmones podría darle muerte. Ese algo, al ir ascendiendo, sería más peligroso aún, debía poner mucho cuidado. Cada escalera que subía, más se dibujaba ante sus ojos un cielo profundamente gris. Si llegaba al último de todos, podría llegar a ver de primera mano lo que tantas veces había leído sobre el mundo antiguo y ese pequeño trozo de cielo no era suficiente. Aun podía contener la respiración, subió otro peldaño más. Sabía que a más escaleras subiera, más riesgo habría y con todo subió otra más. Un ligero picor de nariz comenzó a sentir y el sabio saliente vio que era ya momento de regresar, quizás aun conteniendo la respiración, cabía la posibilidad de que pudiera pasar hacia sus pulmones. El cielo triste y gris del mundo antiguo es lo más que pudo llegar a ver.

Regresó raudo de nuevo al punto de partida y comenzó a respirar con normalidad, el peligro había pasado. De la puerta no había de ella ni rastro, era evidente que no había vuelta atrás, ahora el único camino que le quedaba era la total oscuridad, y como acompañante el temor de no haber ido a parar al lugar próximo a donde se hallase la niña. Esa oscuridad que reinaba le estaba advirtiendo que no iba a tener para nada fácil las cosas. Pensó aguardar un tiempo prudente para que sus ojos se hicieran a la oscuridad, pero extendió los brazos y comenzó muy despacito a caminar. Un nuevo acompañante se unió, una capa de silencio que dejaba oír claramente sus pasos. Envolvía todo, sentía que estaba solo allí, esperaba estarlo y no encontrarse con nada ni nadie que le hiciera algún mal, solo la niña. Sus manos de momento no alcanzaban a nada y trataba dando pasos cortos de detectar cualquier desnivel u obstáculo que se le presentara.

Cuanto más atrás dejaba las escaleras, la oscuridad se hacía más espesa. Paró y echó la vista atrás y su sitio de referencia, la entrada, pareciera una ventana, la perspectiva ya empezaba a jugarle malas pasadas. No debía empezar a sentirse inquieto, no le convenía. Volvió a caminar y algo metálico fue a dar con sus rodillas. Empezó a palpar que podría ser eso que se había cruzado en su camino, daba la sensación de ser una barrera, una que le llegaba por la cintura. Palpando sintió que tenía forma de ángulo y por abajo dejaba espacio para pasar. Con los ojos aun oscurecidos, tanteó el resto y se hizo la idea que podía sortearlo por arriba. Comprobó la estabilidad de aquella cosa y la pasó a horcajadas, consiguiendo poner con éxito sus pies sobre aquel suelo liso que no presentaba ninguna rugosidad ni defecto, y continuó despacito caminando palpando con los brazos extendidos.

Despacito, paso a paso, esperaba encontrar algo más que sortear, pero nada le volvía a cortar el paso ni se interponía, solo sentía el suelo debajo de sus pies. De pronto, un brillo muy leve apareció a lo lejos y luego se volvió a apagar. Se detuvo. La falta de perspectiva y esa oscuridad envolviéndole, no le permitía saber si era grande y estaba alejado o si era pequeño y estaba delante de sus narices. Esperó por si volvía a suceder, y así fue, el brillo se encendió y volvió a apagarse. Siguió caminando de frente, con ese brillo que aparecía y desaparecía como único guía de fondo, pero sin dejar de ir con las manos por delante y tanteando a pasos cortos el suelo.

Sus ojos levemente se habían hecho a la oscuridad muerta dominante, como sabio saliente sabía que era aquel lugar pero seguía sin poderse hacer a la idea de cómo era exactamente. El brillo intermitente seguía marcándole el camino, haciéndose más grande. Ahora estaba apagado y de golpe sus manos dieron con algo duro, parecía una pared, lisa totalmente. Comenzó a palparla y a la altura de sus ojos notó algo de metal. Dejó de aparecer el brillo, totalmente, como si nunca hubiera existido. Miró atrás, no se veía ningún tipo de luz, siquiera la tenue que entraban por las escaleras. La oscuridad le rodeaba, vagamente distinguía los detalles de la pared con la que se había chocado. Giró a la derecha y a media altura el brillo, ahora definido del todo, apareció y volvió a desaparecer. Echó a andar hacia el brillo, que parecía lejano y pensó que debía caminar bastante, pero pronto no pudo seguir más, algo había dado con sus tobillos. Se agachó un poco a palpar que era aquello que había detenido sus pasos y entonces el brillo volvió a aparecer, lo tenía justo delante. Con la mano tanteó aquello que emitía ese brillo y algo tocó porque ahora apareció del cuerpo de aquello que emitía el brillo, una luz que de golpe le cegó. Cerró los ojos instintivamente y luego los volvió a abrir, pero dirigiendo la vista al frente. La luz de aquello aportaba suficiente para poder ver mínimamente el lugar donde se encontraba. Estaba como en una sala alargada y el lugar donde estaba apoyado aquello brillante más bien parecía un lugar donde sentarse. Cogió aquello que emitía tal cantidad de luz en forma rectangular y se sentó para examinarlo.

A primera vista pudo constatar que lo que tenía en sus manos no era ni dañino ni peligroso. Cuando se recobró del destello, trató de fijarse que aparecía en aquel rectángulo tan misterioso. Con el tacto pudo comprobar que los bordes eran redondeaos y por detrás no era del todo liso, pero por delante, por donde salía luz, a parte del tacto cristalino, era liso del todo. En la parte que emitía luz aparecían imágenes, y escritos, escritos pequeños en idioma antiguo. Tocó con el dedo la parte reluciente con imágenes y aquello que parecía ser algo estático, cobró vida. Era algo que nunca había visto u oído hablar y sin embargo entendía el texto que mostraba dentro aquel rectángulo. Dedujo que sería un objeto de la época antigua que mostraba información, emitía luz, y respondía al contacto de los dedos.

Continuó examinándolo, tratando de aprender cómo funcionaba. Podía entender que ponía y si tocaba lo que ponía, la imagen cambiaba, unas veces solo aparecía texto y otras veces imágenes, imágenes de aquella época y de personas de aquella época. Si seguía tocando las imágenes cambiaban y aparecían lugares y más cosas. Estaba visualizando algo que solo en libros había odio hablar. En uno de esos gestos que hizo con el dedo tocando al artilugio, ofreció algo que de ser cierto, le ayudaría demasiado y ni se lo pensó, tocó y automáticamente por la parte de atrás de aquella cosa saliera luz, una muy potente. Que artefacto tan increíble, no daba crédito de las cosas que estaba haciendo.

Se puso en pie y comenzó a alumbrar con aquella luz todo a su alrededor. Estaba en un lugar cerrado, un pasillo más bien estrecho. A su izquierda y derecha equidistantes, seguían más pasillos, y por detrás, estaba el que había traído. Al sabio saliente encontrar aquello le pareció un regalo del cielo, en semejante oscuridad tan absoluta tendría luz. A parte, le había parecido ver algo interesante dentro de aquella cosa que emitía luz e imágenes que le sería aun de más utilidad. Volvió a tocar en la parte donde le parecía leer cartografía en idioma antiguo, y de nuevo aquel ingenio de la era antigua comenzó a presentar información. Empezaron a aparecer inscripciones que le informaba que necesitaba tiempo. El sabio saliente miraba fijo esperando que acabara de hacer su trabajo. Entonces una cartografía comenzó a dibujarse, con un rio y unas calles. Aparecían también edificios y vías, se estaba formando una cartografía de un lugar, un mapa seguramente de la era antigua, anclado en el pasado más distante, como aquel lugar donde se encontraba en busca de la niña.

Después de un tiempo, el sabio saliente vio que el resultado de calles comenzó a moverse dentro del rectángulo y se situó en un punto exacto, y comenzaron a salir nombres en idioma antiguo, inexistentes en la actualidad. Llamó la atención el nombre del río que mostraba el ingenio, era el nombre en idioma antiguo del río que momentos antes había dejado. No era solo el nombre del rio coincidía, era la misma área que momentos antes había estado conjurando la puerta. Conocía al dedillo los recovecos del rio, todos, sus ojos no le podían engañar. Si de verdad ese ingenio pudiera mostrar con esa precisión semejante información…

La única manera de saber si funcionaba era ponerse en marcha. Se levantó y comenzó a iluminar las paredes de aquel lugar y justo iluminó a algo que contenía unas indicaciones, era de metal y reflejaban un poco la luz, seguramente era similar a lo que antes reflejaba el brillo a oscuras. Esas indicaciones contenían nombres y uno era el mas grande de todos, se preguntó si sería el nombre de aquel lugar. Revisó el ingenio y ese mismo nombre aparecía también. Volvió a mirar a la pared y comprobó que el indicador del lugar ofrecía unas flechas apuntando a distintas direcciones del pasillo, aparecían más nombres de lugares, muchas indicaciones con cifras, todas en idioma antiguo. El sabio saliente le desbordó tanta información, apartó la mirada y la puso en el camino a seguir. La luz ya era suficiente para poder avanzar, si la cartografía del artilugio mágico respondiera a su avance, que esperaba fuese cambiando hacia el norte, le sería de gran ayuda pues era donde había perdido a la niña.

Comenzó a caminar con acompañante esa suerte de ingenio que había hallado. Iluminaba hacia el suelo, el suelo de ese pasillo que al fondo giraba a la izquierda. A los lados la pared de aquel lugar se veía carteles en idioma antiguo con letras llamativas, representando cosas que seguramente se usaban por entonces. Alumbró en otra suerte de sitio para sentarse que había justo al girar a la izquierda, y había otro recuadro como el que tenía en la mano, pero no emitía ningún tipo de luz ni nada parecido. Cuando alumbró al frente, la luz no hallaba lugar donde alumbrar así que volvió a bajar la luz al suelo y siguió caminando. Únicamente el sonido de sus pasos se escuchaba, si se paraba no había un solo sonido que llenara aquel lugar y le daba algo de temor.

El pasillo llegó a su fin y fue a parar a otra sala pero esta vez inmensa. Dirigió a su izquierda la luz y se deslumbró. Bajó el brazo y despacito volvió a alumbrar de abajo a arriba aquello que le había devuelto con tanta fuerza la luz del ingenio, se trataba de un espejo. A la derecha de él, oscuridad, un agujero enorme en la pared al que no se veía fondo, con la diferencia de que era circular por arriba y no estaba recubierto del mismo material que estaban los pasillos. Al alumbrar hacia abajo vio que había un desnivel bastante pronunciado. Se acercó con cautela y pudo ver que en paralelo, en el suelo al fondo del desnivel, dos lineas metálicas en paralelo se metían en esa boca oscura. El sabio saliente decidió de momento seguir esas líneas de metal pero desde sitio seguro, desde el pasillo inmenso que confrontaba esa sala.

Hasta que consiguió llegar al otro extremo de la sala donde se producía el mismo escenario que había dejado atrás tubo que andar bastante, las líneas de metal que estaba acompañando se perdían en otra boca de oscuridad. Parece era el único camino que podía tomar, saltar el desnivel al suelo de ese camino dibujado por esas barras metálicas en paralelo. Sabía que si saltaba, profundizaría aún más en su aventura sin posible retorno. Pensó en la niña y saltó poniendo sus pues en ese suelo. Se situó a la derecha de la línea metálica más cercana al desnivel, y comenzó a caminar introduciéndose en aquella boca que de no ser por la luz que emitía el fabuloso ingenio sería totalmente oscura.

Se detuvo un momento a revisar la cartografía, no había cambios, así que decidió de momento mantenerlo al margen y usar la luz para proseguir. El sabio saliente alumbraba nuevamente al suelo, esta vez era todo gris lo que le rodeaba. A su derecha, en la pared, una cantidad ingente de líneas anchas le acompañaban, todas del mismo color. El techo seguía teniendo esa forma redondeada en todo momento, prendiendo de él otros hilos de metal. Las líneas del suelo servían de guía y las del techo le hacían andar, se recordaba a sí mismo. Una cosa era leerlo en los libros o escucharlo de otros sabios, y otra muy distinta era tenerlos allí en vivo. Se preguntaba sí era el único sabio que había tenido el honor de presenciar aquello.

Más tranquilo y seguro de sí mismo, el sabio saliente continuó avanzando. Tenía en mente en todo momento a la niña y presagiaba que la encontraría, tenía esa corazonada. Solo le desviaría de todo ello haber tomado el camino equivocado. Pensó que pensar le apartaría de la monotonía y lo lúgubre que le aguardaba, y de pensar en todo cuanto sabia de aquel sitio, solo quería recordar cosas necesarias que le conducirían al éxito. Por otra parte todo cuanto había hecho hasta el momento y había sido necesario hacer para llegar a ese lugar estaba echo; todo iba progresando como había pensado que sucedería, únicamente quedaba hallar pronto a la niña sin ningún tipo de sobresaltos.

Todo lo envolvía la oscuridad, el ingenio era lo único que aportaba claridad a todo cuanto rodeaba al sabio saliente. Caminaba alumbrando al suelo cuando el resonar de su caminar había cambiado como si se hallara en un lugar más amplio. Fue entonces cuando alumbró a donde se suponía hallaría la pared pero de nuevo había desnivel y una sala como la que momentos antes había abandonado. Trepó el desnivel como buenamente pudo y estando ya a lo alto, consultó la cartografía del ingenio, y lo que parecía en un principio no iba a moverse en absoluto, sí lo hizo, el punto se situó hacia el norte marcando nuevamente un punto exacto y un nombre. Presagió que el nuevo lugar al que había llegado estaría construido de igual forma que el anterior, y que igualmente contaría con indicaciones del nombre del lugar, debía encontrarlo y corroborar que estaba tomando el camino correcto y estaba en el lugar correcto.

Dobló a derecha, avanzó, luego izquierda y fue a parar de nuevo al cruce de caminos. Justo donde estaba el cartel del otro lugar, allí estaba. Lo alumbró, y un nombre en grande era igual al que indicaba la cartografía, lo que le hizo sentir un ligero alivio. Había también justo como en el otro lugar, sitios donde sentarse y se sentó, lo necesitaba, se sentía cansado, y hambriento también, y con sed un poco. El peso de aquel lugar le estaba haciendo mella sin darse cuenta, pero tenía que aguantar, seguramente la niña estaba pasándolo peor. Tocó con su dedo el nombre del lugar en el ingenio y una línea de color amarillo se dibujó. Examinó el trazado de donde había partido antes y donde se encontraba ahora y seguía más o menos el mismo recorrido había hecho. Esa línea con seguridad pertenecía al camino que estaba tomando. Cada vez le resultaba más increíble ese ingenio, la cartografía mapa cumplía una doble función, mostraba la superficie, aquella misma que estaba al subir las escaleras y también el subsuelo. Recordó que tenía imágenes de personas y de lugares, ¿serian imágenes de aquel lugar? Una cosa tenía clara, todo cuanta sabia del reino y de la antigüedad eran todas ciertas y reales, la historia que había estudiado cuadraba con lo que ofrecía la cartografía del ingenio. Fue en ese momento cuando vio que no había tirado su vida a un abismo sin ningún tipo de seguridad, había posibilidades de llegar al menos a los aledaños del castillo de los sabios, solo quedaba encontrar a la niña.

Pero el éxito de todo ahora dependía del ingenio. La luz y la cartografía tenían ahora mismo en sus manos el destino de ambos, el tiempo que durara sería determinante para llegar a buen puerto o perderlo todo. Examinando de nuevo el artilugio, le resultaba endeble, no fue creado como arma de combate ni instrumento de reparación o construcción, no habría forma de sacarle provecho para otra cosa que lo que había descubierto, era muy probable que de caerse, dejara de funcionar. Debía tratar de manipularlo lo menos posible. Sentenció mentalmente que debía tratar de protegerlo y curiosear lo menos posible.

Debía continuar, aquel lugar era el segundo al que había llegado, por el camino encontraría seguramente más así. Este en concreto era similar al anterior, podría ir ahora a ver como es, pero quizás el tiempo que pasara saciando su curiosidad, jugaría en contra. Apartó el cansancio y todas sus dudas y se levantó del sitio. No era momento de quedarse parado, decididamente iría a investigar rápidamente el lugar, quizás hallara escaleras al exterior.

Giró a su izquierda y llegó rápido al cruce de caminos. A su izquierda, el pasillo largo inmediato a la entrada donde la otra vez sorteó a horcajadas aquello que le cortó el camino. Avanzó, siempre con el ingenio apuntando al suelo. Recorrió unos metros, y luego no pudo avanzar más, una especie de cortina metálica echa de láminas trenzadas de metal cortaba el paso. Iluminaba de arriba abajo para encontrar algún resquicio pero estaba totalmente cerrado, trató de llevar más lejos la luz pero no era tan potente como para ver que había más adelante. A media distancia logró ver aquello que se interpuso en el lugar anterior, una hilera de ellas estaban dispuestas. Pegó el ingenio a su cuerpo, trataba de buscar la luz que vendría del exterior. Después de un momento de esperar a que sus ojos se adaptaran, no logró ver ni rastro de ella. Se despegó el ingenio del cuerpo y la luz volvió a iluminar aquel lugar lleno de muerta oscuridad. Dio media vuelta y caminando no tan rápido como antes empezó a deshacer el camino. Miró a la cartografía y vio que seguía marcando el lugar al que había llegado, y con las mismas siguió alumbrando a media distancia. Encontrar aquello cerrado no era para nada buenas noticias, deseaba no hallar en esas circunstancias del otro lado a la niña, así no habría forma de poder salvarla. Pudo darse cuenta que los puntos abiertos no iban a ser iguales entre ellos y que habría dificultades inesperadas que quizás mejor no tener en cuenta hasta llegado el momento.

Estaba ya por fin en la parte del desnivel, lo saltó y continuó caminando entre las líneas de metal del suelo. Debía no pensar en lo que acababa de ver y poner todo el empeño en seguir adelante. Debía pensar en que había hecho todo bien, había usado su mechón de pelo, había usado la pieza de papel, y objetos antiguos de sabio. Miró en su bolsillo izquierdo y aún tenía la lupa, se intercambió de mano el ingenio y con la derecha reviso el bolsillo derecho, tenía aun las monedas antiguas. Hace días había salido del castillo de los sabios con lo puesto y ahora estaba tratando de volver por los conductos más oscuros jamás visitados, buscando a una niña pequeña con una lupa, unas monedas y un increíble ingenio. En su larga existencia jamás había dado su vida tantos giros tan drásticos ni había transgredido tantas normas.

Avanzando despacito en el interior de la nueva boca oscura que había tomado, recordó una de las más viejas y de las primeras normas que se decía a todo nuevo sabio entrante: nunca entrar a los viejos conductos. Podía olvidar nombres de sabios que ya habían desaparecido sin dejar rastro, los que aún están, incluso en el nuevo, conversaciones, momentos de duda, de temor, de juicio, de ira, tantas cosas, pero no había forma de olvidar esa norma. Otra que recordaría siempre era, eres ya tan antiguo como el más antiguo de los sabios. Ahora encontrándose allí, viendo lo imposible que es transitar, comprendía mejor que no hubieran condenado del todo los conductos. Por otra parte, como también era usado a diario, no convenía hacerlo. Cualquier sabio y persona de a pie los usaba sin riesgo de caer aquí donde estaba él ahora, se permitía usarlos evitando todos los riesgos que conllevaba. La llave para entrar para los que no eran sabios era fruta. Los recaderos debían portar fruta, la que los sabios les encargaban comprar y traer al castillo. Para entrar por los conductos debían portar fruta. Nadie sabía de esas condiciones, absolutamente nadie. La persona que raptó a la niña debía ser uno de ellos, pero usó ese trozo de papel para permanecer dentro y meter a la niña dentro con él.

La niña, debía de encontrarla. Borró de un plumazo toda la cortina espesa que había creado sus pensamientos. Ya no importaban, él ya no era sabio, él era sabio saliente y debía seguir caminando y hallar a la niña y llegar al castillo, debía pensar únicamente en eso. El sabio saliente agilizó un poco más el paso, la ligera pendiente descendente virando a la derecha ayudaba a que así fuera. El ingenio seguía siendo su aliado, alumbraba eficazmente a donde él deseaba, miró la cartografía y el punto demarcado no se había movido nada pero la línea amarilla seguía mostrándose. No le era posible poder ubicarse en que altura de esa línea se encontraba, había estado demasiado centrado recordando que ahora no sabía cuánto podía quedarle para llegar al siguiente punto. Se prometió a sí mismo no hacerlo más y estar más pendiente de los cambios que se fueran presentado.

El sabio saliente ahora si estaba concentrado del todo, ahora si estaba realmente allí y no e el lugar incierto donde le había llevado sus recuerdos y sus elucubraciones. La luz la dirigía a su alrededor, examinaba lo repetido del lugar en busca de algún cambio significativo que le ayudara a seguir, todo eso sin detener su caminar. Era algo más rápido, se lo facilitaba la ligera pendiente descendente en la que se encontraba. Estaba ahora virando ligeramente a la derecha. Enfocaba de nuevo al suelo, a su izquierda aquellas líneas de metal, enfocaba a la derecha, las lianas de colores paralelas que igualmente parecían no tener fin. Enfocaba hacia arriba y también estaban las líneas colgando del techo. Era pura monotonía aquel lugar pero aun así trataba de buscar la ligera diferencia que pudiera suceder.

La ligera pendiente se acabó, ahora era llano pero seguía la ligera curva a la derecha. Se detuvo, debía también usar su sentido del oído y sus pasos no le dejaban escuchar. Se concentró, incluso cerró los ojos, quería escuchar el más leve de los sonidos. El propio silencio del lugar le generaba un poco de pitido en los oídos, pero pudo escuchar claramente algo, un sollozo. Muy tenue. Contuvo la respiración y se mantuvo quieto muy quieto, quería creer que no había sido su imaginación. Estuvo así buen rato y cuando ya no podía contener más la respiración, empezó a respirar de nuevo. Lo había escuchado, era muy tenue pero era un sollozo. Decidió seguir caminando, parecía provenir de delante. Emprendió de nuevo su caminar tratando de no poner mucho empeño en marcar los pasos, si volviera a suceder el sollozo, no lo escucharía. Esperaba que fuese de la niña y que fuese cerca.

A cada momento se detenía, ponía el poner el oído, pero sucedía siempre el mismo resultado, no escuchaba nada. Después de varias ocasiones sin escuchar nada, volvió a caminar con normalidad, poniendo el mismo empeño que antes. Ahora la boca oscura giraba a izquierda y un poco en pendiente. Miró a la cartografía y mantenía la misma posición que antes. Se preguntaba si llegaría al próximo punto en breve. Entonces calló en la cuenta de que, hasta el momento, no había tratado de llamar a la niña por su nombre, quizás de asustada se habría escondido. Daba por hecho que se cruzaría con ella y por eso no lo había hecho, daba por hecho que era valiente y decidida y no se habría escondido. Daba por hecho que ella le estaría buscando y por eso caminaba en su búsqueda de esa manera.

Sin darse cuenta, llegó a un nuevo punto de conexión. En principio parece mantenía con respecto a los dos anteriores la misma construcción. Miró al ingenio y no marcaba el nuevo punto que había encontrado, así que siguió avanzando mirándolo. Así estuvo un buen rato hasta que llegó al final y volvió a meterse de nuevo en la boca, y el artilugio no mostraba cambio alguno. Pensó entonces que quizás debía situarse próximo a la entrada para que funcionara. Retrocedió de nuevo igualmente sin quitarle ojo de encima y cuando llegó a media altura del lugar, se propuso subir al desnivel y recorrer los pasillos. Cuando ya a punto estaba de subir del todo, oyó pasos por detrás suya corriendo muy rápido. El sabio saliente subió raudo hasta arriba y cogió el artilugio y apunto su luz hacia la fuente de ese sonido que se dirigía rápido a la boca por donde él había entrado. No vio nada. De un brinco volvió a bajar y empezó a correr en esa dirección. Corría poniendo todo su esfuerzo en alcanzar a quien fuera que fuese, no lograba apuntar bien con el ingenio adelante, y tanto empeño puso que no pudo detenerse cuando topó de bruces con alguien de baja estatura, los dos chocaron y se fueron al suelo.

Un sollozo, un sollozo se comenzó a escuchar en medio de todo aquel silencio que quedó después de que se llenara todo el escenario de pasos a la carrera. El ingenio había caído al suelo y estaba todo oscuro, solo se escuchaba el sollozo de una persona. El sabio saliente reconoció el tono y preguntó si era ella, y ella respondió que sí, a lo que él le preguntó si estaba bien y si podía levantarse, y ella le dijo que si también. Él le pidió que no se levantara de momento, que debía buscar una cosa que había caído al suelo y la niña le dijo que lo que buscaba posiblemente era lo que tenía justo a su lado. Entonces lo cogió y de nuevo la luz del ingenio lleno el lugar. Ya no había dudas, era ella.

La niña fue la primera que se incorporó y luego el sabio saliente, y estando ya de pie, la niña se le echó inesperadamente encima, y el no pudo en ese momento contener tanto ímpetu y fueron a parar de nuevo al suelo, quedando una de las líneas del suelo muy cerca de sus piernas. El artilugio que lo llevaba en la mano la niña salió disparado de nuevo y fue a dar al suelo, esta vez sin perder en ningún momento la luz que emanaba pues calló boca arriba. Con el cuerpo dolorido de la doble caída, el sabio saliente pudo sacar alivio y preguntarle a la niña si estaba bien, a lo que ella, sin apartar la cabeza de su cuerpo le dijo llorosa que si pero que había pasado mucho miedo. El preguntó por la persona que le había seguido y ella dijo que pensaba era él, que solo se le ocurrió salir corriendo cuando se cruzaron momentos antes. El sabio saliente la abrazó y la dijo que le perdonara por haberla asustado.

El ingenio seguía alumbrando hacia arriba mientras el sabio saliente, sentado en el suelo frio, trataba de calmar a la niña, que seguía llorando desconsolada en su regazo. Era comprensible el susto de la niña, ha sido tremendo, que se había añadido a todo lo que la ha pasado estando allí, era importante esperar que se calmara antes de proseguir. También le venía bien al sabio saliente estar allí sentado y si bien no era el mejor lugar, tener ahora a la niña le reconfortaba demasiado. La niña se tranquilizó un poco y le dio las gracias por haber venido en su búsqueda y él le dijo que se asustó mucho cuando la vio desaparecer así de improvisto y no pudo hacer nada. La niña le dijo que ya estaba mejor y volvió a ponerse en pie y se dirigió a por el ingenio. El sabio saliente se puso también de pie y se quedó en el sitio, mientras ella venia de vuelta a traérselo. Ya en sus manos pudo comprobar para su asombro que seguía funcionando y que estaba todo en orden, y luego le preguntó a la niña si podía caminar, ella dijo que sí y entonces emprendieron la marcha hacia el punto de unión que habían dejado atrás.

Cuando llegaron de nuevo donde sus caminos se cruzaron, el sabio saliente le dijo que necesitaba subir, debía comprobar una cosa. La niña no podía llegar así que el sabio saliente se agachó un poco, puso sus manos unidas y la niña las uso para poder saltar el desnivel. Una vez arriba, el sabio saliente le entregó el artilugio y luego subió él. Estando ya arriba, la niña se lo devolvió y caminaron juntos al sitio que él deseaba ver. Iba alumbrando al suelo y comprobando si la cartografía se modificaba. La niña le acompañaba muda a su lado y él le dijo que seguramente tenía muchas preguntas que hacer pero le pidió que esperara a llegar donde quería ir y allí se lo explicaba. Ella asintió y juntos caminando por los pasillos del tercer punto al que había llegado, trataban encontrar el nombre del lugar y que la cartografía reaccionara al nuevo lugar.

Fueron recorriendo los pasillos en busca del nombre, el sabio saliente no apartaba el ojo del ingenio. Cuando recorrieron algunos pasillos, el sabio saliente consiguió dar con el nombre de aquel lugar, pero la cartografía no marcaba el punto donde supuestamente estaban ahora. El sabio saliente le dijo a la niña que el artilugio que está usando lo había encontrado y que aparte de tener esa luz, iba indicándole los lugares por donde iba pasando, pero que esta vez no lo había hecho. La niña le preguntó que si se habría roto al haberse caído al suelo y él le dijo que había esa posibilidad. Alumbró hacia atrás y había sitios donde sentarse, y le dijo que se sentaran un momento para contarle que tenía pensado hacer. Juntos retrocedieron unos pasos y se sentaron, el sabio saliente a la izquierda de la niña. Entonces le mostró la cartografía y el punto final a donde irían, debajo de castillo de los sabios, donde podría encontrar la salida de vuelta al reino. Le dijo que aún había que caminar mucho pero que era la única manera de salir de allí. Cuando ya acabó, le preguntó a la niña si tenía alguna duda, y ella solamente le preguntó si conseguirán salir de allí y si podrían seguir juntos. El sabio saliente le dio un rotundo si a lo primero y un menos efusivo no a lo segundo. Le acarició la cabeza y le dijo que prosiguieran, que quería salir de allí lo antes posible.

Regresaron al punto de conexión y el sabio saliente bajó primero del desnivel y luego ayudó a la niña a hacerlo. Le dijo que debían seguir adelante y le preguntó a la niña si quería llevar el ingenio, y ella muy contenta le dejo que sí. Ver dar esa respuesta al sabio saliente le insufló nuevos ánimos para seguir adelante.

Volvía a estar el sabio saliente dentro de aquella boca pero ya estaba con él la niña, se sentía mucho mejor. se sentía bastante cansado, estar allí agotaba en cuerpo y mente, pero no caminaba solo y darle a la niña el ingenio y que fuese ella apuntando donde quisiera le borraba de un plumazo todo ese malestar. La niña le dijo que jamás habría imaginado tener algo así en la mano, que le salieran cosas con luces y el sabio saliente le dijo que aún el siendo el sabio, tampoco lo había visto nunca y que había sido demasiada suerte encontrarlo. Según iban caminando, la niña le alumbró a él de abajo arriba y sin darse cuenta lo deslumbró, ya que él no esperaba que llegase hasta arriba, se disculpó y luego siguió ya alumbrando hacia adelante. La niña luego le dijo que como todo había pasado tan rápido, que no había tenido tiempo seguramente de prepararse como es debido, y el sabio saliente le dijo que tampoco tenía mucho que preparar. Entonces la niña puso el dedo justo delante de donde salía la luz del ingenio y apagó todo el lugar, pero no detuvieron su caminar. Estuvieron así un poco hasta que volvió a quitar el dedo y le dijo al sabio saliente que tampoco quemaba ni hacía daño esa luz, y el sabio saliente le dijo que antiguamente disponían muchas cosas impensables en su día a día, a lo que ella le dijo que como mucho tenia para iluminarse una triste vela por las noches, y el sabio saliente le dijo que aquí habría sido un peligro enorme usar una sola vela.

Seguían caminando, un poco de pendiente hacia la derecha la boca tenía. La niña seguía portando el ingenio y alumbrando se dio cuenta de las líneas metálicas del suelo, de la de colores a los lados y luego de las que colgaban en el techo. El sabio no esperó a que preguntara, le dijo que las del suelo servían de camino y las del techo para que funcionara, y la niña le preguntó que donde estaban y él le respondió que debajo del suelo que normalmente pisaban. No podía verle casi la cara a la niña, aun así intentó vérsela y no pudo muy bien, seguramente fue toda una de sorpresa. Portaban la luz y casi apenas podían verse la cara, entonces el sabio saliente le preguntó si había logrado verle la cara a la persona que la secuestró, y ella le dijo que no, que estaba todo a oscuras y que solo corrió y corrió y que dejó de hacerlo cuando sintió que nadie la estaba siguiendo y que luego se asustó mucho más cuando llegó a donde él estaba subiendo, no sabía que era él. El sabio saliente solo pudo decirla que había sido muy valiente haber aguantado tanto tiempo sola por aquí más aun desconociendo cómo funcionan las cosas aquí dentro. El sabio saliente trató entonces de contar que había estado haciendo para encontrarla cuando la luz del ingenio que en esos momentos enfocaba hacia arriba no encontró techo donde alumbrar. La niña alumbró a ambos lados y de nuevo, sin darse cuenta, habían llegado a un nuevo punto de conexión. El sabio saliente le pidió que le prestara el ingenio y ella se lo entrego tratando de no deslumbrarle. El sabio saliente la agarró de la mano y avanzaron despacito sin mediar palabra hasta el final de aquel lugar, donde de nuevo una boca como la de antes les esperaban.

La niña preguntó al sabio saliente si seguirían directamente hacia delante y él le dijo que retrocederían para localizar lo que habían encontrado en el punto anterior. Según iban recuperando pasos dados, el sabio saliente recibió de nuevo la pregunta que esperaba la niña no hiciera más, que era aquel lugar. El sabio que anteriormente fue habría esquivado como hizo antes la pregunta, pero en la situación actual, y siendo ella, le explicó con algo de más detalle que era aquel lugar, le dijo que estaban yendo por unos conductos gigantes por donde las personas de la antigüedad se desplazaban de un lugar a otro y ese justo era donde se apeaban de ello. Con la luz señalo las líneas de metal y le dijo que se desplazaban en carros de metal con ruedas por ahí, sin que ningún caballo lo tirara ya que funcionaban con el mismo sistema que el prodigio.

Ambos siguieron caminando, la niña iba comentando que le parecía increíble que algo así existiera, y el sabio saliente le dijo que eran tantas las cosas así que los sabios guardan con mucho recelo, que si las contara ahora mismo, no sería capaz de asimilarlas todas, cosas que han recibido y hallado de la era antigua. La niña le dijo que porque estaba allí y él se lo había dicho, sino no lo creería. El sabio saliente le dijo que confiara en él que saldrían los dos de allí pero que tendrían que esforzarse mucho. Llegaron de nuevo a la mitad de aquel lugar y el sabio nuevamente dispuso las manos para que la niña pudiera saltar el desnivel.

Ambos ya estaban arriba y le pidió a la niña que le entregara el artilugio, y con la derecha lo cogió. Enfocaba la luz al suelo y la cartografía a media altura hacia sí, y con su mano izquierda cogió de la mano a la niña. Empezaron de nuevo a caminar por aquel lugar, el sabio saliente le dijo que tratarían de ver el nombre del lugar y de conseguir que la cartografía por su cuenta lo mostrara y ella le dijo que esperaba que esta vez si pudiera y que no se hubiera roto. La niña no sabía hasta qué punto le hacía feliz al sabio saliente poder cogerla de la mano y escuchar su voz, y se lo dijo abiertamente. Ella que lo escuchó, apretó más su mano y le dijo que solo esperaba salir de allí y que pudieran seguir juntos a lo que él le respondió que su final estaba decantado, pero a ella le quedaba la oportunidad de poder salir airosa de la situación. Ella le dijo que trataría de no pensar en eso ahora mismo y el sabio saliente le dijo que pusieran todo lo posible de su parte para salir de allí.

El sabio saliente tenía una teoría con respecto al artilugio, la cartografía solo cambiaba cuando encontraban un espacio amplio, y quería de nuevo intentar constatarlo ya que antes no había podido. El siguiente que les tocaría alcanzar, si la línea amarilla era correcta, estaba próximo, que sería el penúltimo antes del gran recorrido que debía transitar hasta llegar a las proximidades del castillo de los sabios. Los pasillos de aquel lugar eran algo distintos a los anteriores, así que el sabio saliente estaba poniendo especial cuidado en ir viendo las paredes de aquel lugar. La niña le dijo que ya podía haber encontrado otro más y así le ayudaba a buscar y él le contestó que sí que había encontrado otro pero no funcionaba. Ella sonrió un poco y el sabio saliente no pudo evitar sonreír también. Se encontraban en un lugar lúgubre pero se veía a la niña contenta, y él lo estaba también. A pesar de lo distendido del momento, el sabio saliente mantenía toda su concentración para hallar el nombre del lugar. Se detuvieron y el sabio saliente revisó el ingenio, pero seguía donde se quedó antes. Con el dedo desplazó la cartografía y encontró el nombre del lugar en él y se lo enseño a la niña, le dijo que debían estar ahí y que para lograr llegar a los bajos del castillo de los sabios debían andar un buen trecho, que seguirían el camino amarillo nada más encontrara el nombre del lugar en alguna de las paredes. Entonces continuaron caminando, el sabio saliente cada vez tenía menos esperanzas en que el ingenio mostrara el lugar, así que una vez dieron con el nombre del lugar, ni se molestaría en revisarlo. Se lo comentó a la niña y le dijo que solo esperaba que no dejara de funcionar, y él le dijo que solo con ver que seguían el camino correcto, seguirían avanzando sin hacer más paradas.

La búsqueda les llevó un buen rato pero al fin lograron ver el nombre del lugar. El sabio saliente leyó en voz alta el nombre pero era en idioma antiguo y la niña le preguntó que había dicho. El sabio saliente sin soltar a la niña de la mano, se dieron la vuelta a deshacer el recorrido que habían echo. Entonces le explicó el significado del nombre del lugar, contándole un poco de historia antigua relacionada con el nombre. A una niña ese tipo de cosas era complicado explicárselas, pero su niña que era más inteligente y valiente que las que había conocido en su larga vida, podría tratar de contar cosas difíciles. Cuando llegó al desnivel, la explicación se había acabado y el sabio saliente que la ayudaba a descender al duelo de las líneas de metal, le preguntaba si lo había entendido y ella le dijo que casi nada.

La niña, que caminaba de nuevo a su izquierda, le dijo al sabio saliente que sentía curiosidad por saber más de aquel lugar. El sabio saliente se preguntó si sería conveniente explicárselo, pues si la explicación de antes no la había logrado entender, posiblemente esa menos aun. Entonces le preguntó si estaba preparada para escuchar algo todavía más difícil. La niña le dijo que no medio sonriendo y el sabio saliente le preguntó si sabía la razón por la que en el reino, no había prisiones. La niña y el sabio saliente cogidos de la mano se introdujeron en el nuevo conducto y después de un momento de silencio donde la niña trataba de dar con la respuesta, le dijo que no lo sabía, de hecho ni sabía que no había a lo que añadió que en su país si había muchas. El sabio saliente recordó el lugar de donde procedía y le preguntó si algún familiar suyo había estado encerrado y ella le dijo que un tío suyo había estado por robar una gallina.

El sabio saliente y la niña seguían caminando, él dejó un poco que el silencio en el ambiente reinara, un poco afectado por lo que le había dicho la niña y otro poco para poder pensar cómo explicarla lo que le había preguntado. Cuando ya decidió la manera de poder explicárselo le empezó a comentar a la niña la razón de por qué no hay cárceles en el reino. Le contó que las personas normalmente podían acceder al castillo pero no a todas las salas, y que para acceder a algunas de ellas, debían hacer uso de estos conductos, pero lo hacían sin saberlo. Hacían recados a los sabios a modo muchas veces de compensación por cosas malas que hacían o cosas así. Nunca condenaban a trabajos denigrantes, forzados o los encarcelaban, siempre trataban de hacer ver a la persona que era la única manera que tenia de compensar lo que habían hecho. La persona que la había raptado debió haber dado con la manera de aprovecharse de ello y la raptó. Calló por un momento, ya que para sus adentros pensó que era extraño no haber dado con él pues aún debía estar dentro. Ese silencio la niña lo entendió con el fin de la explicación y le dijo que no entendía muy bien pero que le seguiría a donde ella le dijera. Esas palabras al sabio saliente le infundieron nuevos ánimos, y volver a recordar lo que momentos antes de encontrar a la niña pensó, en centrarse únicamente en llegar al castillo de los sabios, nueva determinación.

Si el sabio saliente antes caminando solo pensando en sí mismo no se daba cuenta de lo que iba recorriendo, menos aún ahora que le acompañaba la niña. Decidió para no causar desanimo, cambiar de conversación y no entrar a dar detalles muy complejos de cómo funcionaba el castillo y sus accesos. Guardaba silencio buscando que podían hablar pero no halló tema de conversación. Miró al artilugio, concretamente la cartografía. Mostraba aún la posición de hace mucho tiempo y no la que iban actualmente. Por suerte aun funcionaba la luz y eso seguía siendo imprescindible. Además la línea amarilla le aportaba información como los giros que iban dando, así que podría saber dónde podrían estar. La niña vio que lo miraba y manipulaba mucho y le preguntó que como era posible que en tan poco tiempo haya podido comprender como funcionaba. Él dijo que el artilugio parecía estaba ideado para que fuese fácil de utilizar por cualquier persona y que, como sabia idioma antiguo, había podido descifrar algunas de las cosas, entre ellas la luz. Se paró y la niña con él, y le señalo más o menos por donde iban, y le dijo que iban a llegar al próximo destino en breve y que traducido al idioma actual era un nombre divertido. Ella le pidió la traducción y le dijo que se la daría, pero dándole pistas sin hablar. Le dio el artilugio y le dijo que le enfocara y acto seguido se puso a gesticular, haciéndole señales de que se trataba de una palabra compuesta de dos. Para la primera se puso a hacer gestos divertidos como si se estuviera lavando todo el cuerpo de arriba a abajo, y la niña empezó a probar palabras hasta que dio con ella. Para la segunda él se sentó en el suelo, hizo como si se desabrochara el calzado y se señalaba a los dos pies. Esta fue más fácil y cuando unió las dos palabras, empezaron a reír mucho.

La niña pequeña trato de devolverle el artilugio, pero un sonido como de rugido proveniente del estómago del sabio saliente hizo a los mirar al vientre de este y la niña dijo que el interior del estómago del sabio saliente había el mismo vacío y oscuridad que por donde estaban caminando. Él se echó a reír y se metió las manos a los bolsillos y se los sacó como diciendo que no había traído nada de comer. Algo metálico toco el suelo, sonido de monedas, el sabio saliente ya había olvidado por completo que tenía eso dentro del bolsillo. Se agachó para recogerlas y la niña le preguntó que podían hacer para que dejara de sonarle las tripas y él le dijo que solamente aguantar hasta acabar con el viaje. Luego prosiguió y le dijo que había recordado algo interesante del mundo antiguo y que si deseaba que lo vieran antes de continuar, podría tratar de encontrar uno, a lo que ella le respondió que si con muchas ganas.

Comenzaron de nuevo a caminar, y la niña comenzó a tararear una canción, la que tocaron días atrás en el hostal. El sabio saliente sería muy sabio, pensó para si mismo, pero no había dado con esa forma de haber podido sacarles de allí, y se arrancó con ella a tararear la misma cancioncilla. Estaban en el lugar más vacío y siniestro del reino, en un lugar que de no saber como salir, se habrían quedado allí hasta que les llegaran su hora, pero avanzaban por esa boca oscura con aquel ingenio salvador alumbrándoles y con la certeza de que podrían salir de allí. Bueno, la certeza para ella, a él no le importaba que le pudiera suceder, era probable que solo le quedara un día más, pero le estaba dando la oportunidad de poder seguir adelante a alguien como ella. En verdad no había pensado en que hacer luego, solo llegar a los bajos del castillo, usar aquello, recobrar por un momento su condición de sabio y salir de allí.

El tiempo que llevaran allí no lo sabían ninguno de los dos, pero el tiempo que tardaron en llegar al siguiente destino se les pasó volando. El sabio saliente cogió a la niña de la mano y se dirigieron nada más entrar al nuevo espacio, al desnivel. Salvaron el desnivel primero la niña con la ayuda del sabio saliente y luego él por su cuenta, y empezaron a caminar con la luz por delante de ellos, alumbrando a su paso. El sabio saliente dijo que como cuando entró estaba todo tan oscuro, no pudo ver nada del sitio donde había parado y que ahora con la luz podrían, y estando ella sería más interesante. Seguían caminando por ese escenario casi copia de los visitaos anteriormente, pasillos cuadrados con las paredes recubiertas de ese material de color blanco. Ella la preguntó que irían a ver y él le dijo que irían a ver lo que usaban en esa época para quitar el hambre. El sabio saliente seguía alumbrando hacia delante, con el silencio de la niña que le resultaba inquietante, esperaba que le preguntara más cosas pero solo le seguía el paso, ya ninguno de los dos tarareaban. Habían doblado hacia la izquierda y avanzado bastante, hasta que se detuvieron, habían llegado al lugar donde los obstáculos. Por suerte esta vez no había esa cortina les cortara el paso así que pudo alumbrar a los alrededores fácilmente. Rápido encontró los obstáculos, estaban dispuestos en hilera unos cuantos. Muy al fondo se veía un poco de luz, pero no podía ver bien pues la propia luz del ingenio deslumbraba un poco. Al menos no había dudas, estaban en la entrada de aquel punto de conexión.

El sabio saliente sorteó la barrera y luego alumbró el sitio para que la niña lo sorteara, que lo hizo por debajo. Empezó a registrar dando la espalda a la salida, aquella pared que nacía de la hilera de obstáculos que habían sorteado. Lo que deseaba hallar estaría en una de ellas. La luz desveló una suerte de cristales y una habitación, y cuando su alcance no mostraba lo siguiente, el sabio saliente comenzó a caminar. Buscaba como un armario pero con un cristal por delante con cosas por dentro que se veían al exterior. La niña le iba siguiendo, observando todo cuanto iluminaba el sabio saliente. Llegaron al final de la pared y siguieron la otra que nacía de esa, y no les hizo caminar mucho cuando el sabio saliente dijo que esta era. La niña se puso al lado y comenzó a iluminar el sabio saliente lo que había dentro. Había colocado dentro en hileras cosas inimaginables que ambos nunca habían visto, el sabio saliente le dijo que eran comidas y cosas de aquella época podían comprar sin que nadie atendiera. Sacó una moneda del bolsillo y le explicó que metiendo una moneda dentro, podría elegir lo que quisiera. La niña miraba sin quitar de vista todo aquello que había dentro y le preguntó si se podría comer, y él le contestó que no había registros en los historiales de los sabios que nunca nadie hubiera echo eso así que quizás podrían ser los primeros en hacerlo y le preguntó si quería que lo intentara. Ella la dijo que si y entonces el alumbró a una especie de rajilla y echó la moneda antigua que tenía en el bolsillo, pero no sucedió nada, a lo que el respondió que seguramente hacía falta algo que le hiciera funcionar, y ella le preguntó que podría ser y él le dijo que seguramente le faltaba lo mismo que le hace funcionar al artilugio. Los dos miraron al artilugio y luego el sabio saliente continúo examinando hacia la derecha. Había varias de ellas y caminando sin detenerse mucho a examinarlas, la fueron viendo. Iban concentrados viendo esos muebles dispuestos en la pared y tanto lo estaban, que no se habían dado cuenta lo próximos que estaban a las escaleras que daban al exterior, y sobre todo, de aquel niño que estaba sentado en el suelo con las piernas extendidas y la espalda apoyada en la pared. El sabio saliente fue el primero que lo vio y todos sus sentidos se pudieron en guardia. Solo pudo decir estas palabras:

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“Seguro que aquella persona es la que secuestrara a la niña”.

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