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En todos los lugares de trabajo de las grandes fábricas y oficinas colgaban carteles que decían:

EL TIEMPO ES PRECIOSO – NO LO PIERDAS

EL TIEMPO ES ORO -AHORRALO

Había carteles parecidos en los escritorios de los jefes, sobre los sillones de los directores, en la sala de consultas de los médicos, en las tiendas, restaurantes y almacenes e incluso en las escuelas y parvularios. No se libraba nadie.

Al final, incluso la propia ciudad había cambiado más y más su aspecto. Los viejos barrios se derribaban y se construían casas nuevas en las que se dejaba de lado todo lo que parecía superfluo. Se evitaba el esfuerzo de construir las casas de modo que hicieran juego con la gente que tenía que vivir en ellas, porque entonces se tendría que haber construido muchas casa diferentes. Resultaba mucho mas barato y, sobre todo, ahorraba tiempo, construir las casas todas iguales.

Al norte de la ciudad se extendían ya inmensos barrios nuevos. Se alzaban allí, en filas interminables, las casas de vecindad de muchos pisos, que se parecían entre si como un huevo a otro. Y como que todas las casa eran iguales, también las calles eran iguales. Y estas calles monótonas crecían y crecían y se extendían hasta el horizonte: un desierto de monotonía. Del mismo modo discurría la vida de los hombres que vivían en ellas: derechas hasta el horizonte. Porque aquí, todo estaba calculado y planificado con exactitud, cada centímetro y cada instante.

Nadie se daba cuenta de que, al ahorrar tiempo, en realidad ahorraba otra cosa. Nadie quería darse cuenta de que su vida se volvía cada vez más pobre, más monótona, más fría.

Los que lo sentían con claridad eran los niños, pues tampoco para ellos nadie tenía tiempo.

Pero el tiempo es vida, y la vida reside en el corazón.

Y cuanto más lo ahorraba la gente, menos tenía.

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