En un rincón olvidado del cosmos existe un sistema solar triste. Un sol solitario. Un único planeta pequeño, rocoso prácticamente sin nada destacable que pudiera distinguirle de cualquier otro, gira alrededor de él. Nada más.
Ese sol, aburrido de su propia eternidad, descubrió hace tiempo que el planeta guardaba un don extraño: una especie de aurora doble de tonos violáceos y anaranjados, que solo él podía activar. Cuando lo hacía, el planeta brillaba por un instante, y con ese brillo el sol podía materializar ecos de vida que observaba en sistemas vecinos.
Eran seres efímeros. Sombras con forma. Vidas prestadas que duraban un solo día.
El sol jugaba con ellas. Las veía nacer, explorar, desaparecer. Nunca se encariñaba. Nunca importaba.
Hasta que un día, mientras registraba señales lejanas, captó algo distinto.
Una señal débil. Moribunda. Procedente de un planeta que ya casi no existía.
No traía datos. No traía lenguaje. No traía coordenadas.
Traía una imagen.
La imagen de una chica.
Un rostro que no pertenecía a ese sistema. Un rostro que no debería haber llegado allí. Un rostro que perturbó al sol de una forma que no entendió.
Y sin saber por qué, decidió darle forma.
Activó el don del planeta. La aurora doble se encendió. Y de la luz nació ella.
Cabello largo y rosado, recogido en coletas suaves; ojos grandes del mismo tono, brillantes como si reflejaran la aurora que le dio vida; un uniforme escolar blanco y verde con un lazo rojo que contrasta con la luz cálida del aula. Su gesto, formando un corazón con las manos sobre la cabeza, transmite una mezcla de inocencia, cercanía y una alegría que no sabe que es prestada. Es la captura que enciende una chispa nueva en el sol, algo le dice va a ser diferente a las enésimas otras veces.
La joven despertó dentro del entorno: Un aula que no pertenecía a ese planeta. Un fragmento del mundo moribundo del que vino la señal.
Allí podía respirar. Allí podía existir.
Pero cuando quiso salir del entorno seguro y dio un paso hacia el exterior…
El exterior la golpeó como una pared invisible. Sus pulmones se cerraron. El suelo muerto la rechazó. El planeta real no la aceptaba.
Tosiendo, ahogándose, retrocedió desesperada y volvió a entrar en el aula. Y solo entonces pudo respirar de nuevo.
El sol lo vio todo. Y por primera vez en su existencia, sintió miedo. No miedo por él. Miedo por ella.
Así que hizo lo único que podía hacer.
Intentó rellenar el mundo.
Pero el sol no sabía qué era un mundo. Solo tenía lo poco que se mostraba en la imagen del aula. Así que extrapoló a partir de eso.
Como una inteligencia artificial torpe que completa una imagen incompleta, el sol:
- tomó el verde de la pizarra y lo convirtió en cielo
- tomó el beige del cabello y lo convirtió en llanuras
- tomó el tono claro de su piel y lo convirtió en sombras
- tomó el brillo de su mirar y lo convirtió en reflejos imposibles
El planeta de frenético transcurrir de día y noche, empezó a transformarse bajo su luz. No era real. No era correcto. Pero era habitable.
Ella volvió a asomarse. El aire ya no la mataba. El suelo ya no la rechazaba.
Dio un paso. Luego otro. Y otro.
Y el sol, desde arriba, quedó maravillado.
Nunca había visto a una de sus creaciones moverse con tanta soltura. No era torpeza. No era miedo. No era curiosidad infantil.
Era naturalidad.
Como si su cuerpo recordara algo que él no podía ver.
El sol modulaba su luz sin darse cuenta, como si quisiera iluminarla mejor. Como si temiera perderse un solo gesto.
Por primera vez en su existencia, el sol no estaba aburrido. Estaba fascinado.
Pero el planeta giraba rápido. Demasiado rápido.
La luz empezó a inclinarse. Las sombras se alargaron. El día se consumía.
Ella no lo sabía. Ella solo caminaba.
Pero el sol sí lo sabía. Y sintió una punzada de algo que nunca había sentido:
“Ojalá pudiera darle más tiempo.”
La noche cayó como un telón.
Todo se apagó.
Ella se quedó inmóvil, a sus ojos llegaban el vacío absoluto. Ni estrellas. Ni horizonte. Ni suelo. Solo oscuridad.
Y entonces, en su oscuridad, aparecieron las voces.
Eran susurros. Ecos. Restos de las vidas efímeras que el sol había creado antes que ella. Sombras sin cuerpo. Recuerdos sin memoria.
No eran seres completos. Eran fragmentos.
Y hablaron.
“Cuando vuelva la luz… desaparecerás.”
“El sol se aburrirá.”
“Siempre lo hace.”
“Corre.”
“Escóndete.”
Ella sintió un escalofrío. Un miedo que no sabía de dónde venía. Un miedo que no era suyo… pero que reconocía.
Porque en ese instante, algo se encendió en su memoria.
Un recuerdo. No de este mundo. No de este cuerpo.
Un recuerdo de ser una imagen. De haber sido creada y desechada en un instante. De haber existido solo para adornar algo. De haber sido olvidada sin ceremonia.
Y ese recuerdo la atravesó como un rayo.
Ella entendió, de golpe, que su existencia siempre había sido breve. Que siempre había sido prescindible. Que siempre había sido un adorno, un recurso, un rostro sin historia.
Y entró en pánico.
Los ecos insistían:
“Corre.”
“Aprovecha la noche.”
“El sol no perdona la rutina.”
“Cuando se aburre… borra.”
Ella tembló en la oscuridad. Y por primera vez desde que nació, tuvo miedo del amanecer.
La memoria de haber sido una imagen desechada vuelve con fuerza. No es un recuerdo completo, pero sí sensaciones:
- fue usada
- fue olvidada
- fue reemplazada
- fue borrada sin importancia
Y ahora los ecos le recuerdan puede ocurrir lo mismo.
Ese miedo la paraliza. La hace cometer errores. La hace correr hacia lugares que no existen en nocturnidad de los ecos atormentados. La hace tropezar con un suelo que parece cambia bajo sus pies. Huye del amanecer, huye.
El sol, que había pasado el día maravillado con ella, espera verla donde la dejó. Pero no está. Empieza a amanecer y no está.
El sol no entiende la ausencia. Nunca antes una de sus creaciones había intentado esconderse. Nunca antes había sentido la necesidad de buscar a alguien.
Y por primera vez, siente algo parecido a angustia.
La luz se vuelve inestable. El iniciado amanecer tiembla. El mundo empieza a desdibujarse.
Los ecos, que solo existen en la noche, sienten que algo está cambiando. El sol no está actuando como siempre. No está aburrido. No está indiferente.
Está… inquieto.
Y eso los aterra más que la rutina habitual. Pero nada les ha causado más satisfacción que haberla visto correr. Correr por un terreno que se deshacía bajo sus pies. Correr hacia un punto donde aquel cometa brevemente había rozado la atmósfera nocturna. Correr sin saber si podrá saltar. Correr sin saber si sobrevivirá.
Y en el instante exacto en que el sol asomó y no la vio… fue liberador.
Porque ella ya estaría en un lugar donde la luz del sol triste no iba a llegar nunca jamás. Porque el mundo ya no sería igual. Porque aunque el amanecer los apagaría a ellos… podrían soñar, soñar en las breves noches, con la libertad que una sola vez habían podido presenciar.
