“La salida ordenada por el canciller semanas después de la “limpieza” estaba tomando forma esa mañana calurosa. Los dos soldados aguardaban la llegada de su superior a la salida del recinto amurallado. Su destino era ese reducto de criaturas que era el orfanato a las afueras, era la hora de ir a visitar como estaba el nuevo encargado y de reclutar al niño que el canciller le tenía echado el ojo.

Y allí puntual, apareció el majestuoso, imponente y cara de vinagre del canciller, que sin hablar, sin mirarles y sin perder la compostura, pasó por delante de los dos soldados que se pusieron firmes sobre el caballo. Eran dos resortes que aguardaban a que su mandatario fuese por delante para volver a una postura semi relajada y comenzar con su cometido. Ciertamente no era un lugar peligroso, nadie les atacaría ni detendría, pero era el cónsul y la costumbre dictaba así.

No estaba cerca, pero tampoco lejos, el orfanato. Era una construcción sencilla al lado de lo que era el recinto principal amurallado, no estaba custodiado por ningún soldado, de igual forma su pérdida no sería la gran cosa y no estaban para agotar recursos de ningún tipo más allá de lo necesario. Los dos soldados guardaban extremo silencio a distancia prudente del canciller, que seguía manteniendo su formación a pesar del caminar del caballo. Ni la gallina más apta mantenía la compostura como aquel hombre adulto que empezaba a entrar en la etapa de retiro, decían las malas lenguas que estaba ya para retirarse y andaba buscando a su sucesor, ¿quizás el crio que iban a retirar del orfanato era el elegido?

El majestuoso caballo que portaba al majestuoso cónsul se había detenido, habían llegado al orfanato y como cabía de esperar, el nuevo encargado, un alto y enclenque muchacho que había pasado la criba de la limpieza, estaba sacando por la puerta a la muchachada, doce críos en total, y los estaba formando como doce pasos por delante de la casita sencilla y amplia. Críos no más de cinco o siete años formaban una línea ante la ¿atenta mirada del cónsul? El buen hombre seguía impasible pero esta vez gesticuló un poco para seguir al muchacho que venía a retirar, había formado el segundo por la izquierda. Los soldados se mantenían menos tensos pero siempre con cautela, observando imposibles peligros a su alrededor.

Cuando todos los críos habían formado, el cónsul que seguía guardando la compostura, comenzó a avanzar a lomos de su caballo. El lánguido mozo fue a salir a su encuentro pero uno de los soldados echo un poco el paso adelante y le limitó el acercamiento. Todos los niños, el lánguido encargado y los soldados no dejaban de prestar atención a ese cónsul tan bien ataviado que podría pasar por la realeza. Todos los sentidos estaban puestos en que gesto iría hacer, que sonido iba a emitir o que palabra iría a decir, y con toda esa atención extenuante que cortaba el ambiente surgió de la nada el rugir de un oso.

Sin perder nada la compostura, pero si dando pasos para atrás, ese cónsul retrocedió puesto que un tremendo oso muy furioso surgió por la puerta del orfanato. Desde su mirada penetrante, pudo observar que le faltaba una mano desde poco más adelante del codo, pero aún así no dejaría de ser peligroso. Los niños entraron en pánico y rompieron la formación, y el lánguido encargado por patas salió, situándose detrás de uno de los guardas del canciller.

Una mueca de desaprobación, muy muy liera, se dibujó en el inmutable semblante del canciller, al ver que su elegido fue el primero de los críos que salió despavorido, había salido corriendo en su dirección, los demás críos habían salido corriendo en todas direcciones, los únicos que habían ido de la mano eran los mellizos, que en todo momento se habían mantenido unidos. Los soldados medían la distancia con respecto al oso, si a este se le ocurriera acercarse dos pasos más al canciller, estos sin dudarlo atacarían a ese oso que solo parecía preocupado en asustar a los críos.

El oso, que no había parado de hacer gestos para ahuyentar a los críos incluso cuando estos ya se habían marchado, no se había acercado a la zona peligrosa con respecto al cónsul, los dos guardas y el lánguido ser que temblaba agarrado a las patas del caballo del cónsul. Y al igual que debió haber salido por la puerta del orfanato, se volvió a meter y desapareció de la misma manera que apareció. Un silencio inundo el lugar, permitiendo que se escuchara con suma claridad un carraspeo que surgió de la garganta del cónsul. El caballo, molesto de que aquel enclenque le tuviera agarrado de las patas, zapateo ligerísimamente con sus manos, lográndose así darle un aviso al encargado para que le soltara. Uno de los guardas entendió con supina claridad la orden del cónsul y se aventuró al orfanato.

Si bien el orfanato era muy ancho, no tenía demasiado fondo ni tampoco excesivas habitaciones, por lo que le llevó poco tiempo revisar el lugar. Apareció por la puerta y con seria incredulidad informó que todo estaba en orden y que ningún elemento del ligar había sido alterado. El cónsul, por primera vez, rompió su estoica impasibilidad y miró hacia abajo donde el lánguido ser aún estaba, ya menos miedoso pero tenso por todo lo que estaba pasando. El cónsul carraspeo para aclarar su garganta y con voz de mando, ordenó a ese ser miedica que fuese a buscar a los críos y los volviera a formar. Este, sin ninguna otra opción, sin contestar y tratando de no mirar mucho a la cara a un cónsul que no le dejaba de observar con una mirada penetrante, empezó a recorrer el lugar en busca de los críos.

Un cónsul sin perder la compostura y sus dos guardias a caballo, estaban formados a la espera de que el encargado recuperara a los críos. Estaba siendo una tarea muy dura, ya que estos habían salido corriendo sin orden ni concierto, y le llevo tanto tiempo que la sombra que estaba emitiendo sus cuerpos sobre el suelo habían cambiado unos grados de orientación. Y como si no hubiese pasado nada, aquel lánguido y miedoso ser que estaba exhausto como si hubiera erigido él solo el orfanato en un solo día con sus propias manos, logro formar a los muchachos de la misma forma en que por la mañana lo había logrado.

El cónsul sin gesticular lo más mínimo llegó a contar diez en formación, faltaban dos de los muchachos, se trataban de los mellizos. El chico al que le había echado el ojo ahora estafa formando el cuarto por la derecha. Levantó el cónsul una ceja de desaprobación, tiró con un portento impresionante de las riendas del caballo, dio media vuelta y comenzó su retirada del lugar sin mediar gesto o palabra, llevándose únicamente a los dos soldados que le había acompañado esa mañana.”

proyecto-isann-2026

つづく。。。

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Avatar de LUGOILMER
ESCRITO POR:

Puede que no siempre hagamos lo correcto, pero seguro que tampoco estamos totalmente equivocados.

Somos la significancia insignificante en un mundo que es más pequeño de lo que parece y más grande de lo que es.